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Juego De Espejos

Электронная книга - «Juego De Espejos». Краткое содержание книги:

Novella d’espionatge amb dues virtuts importants: no és de John Le Carré (algun dia escriuré la ressenya dels llibres que he llegit d’ell, però aviso que no sortirà massa ben parat) i que està ambientada en uns fets reals: la Segona Guerra Mundial i la necessitat dels aliats d’evitar que, de la manera que sigui, el punt del desembarcament a les costes franceses sigui conegut pels alemanys o, millor encara, aquests creguin que serà per un lloc diferent del planificat.
El protagonista és el director del contra-espionatge anglès (si no ho recordo malament), un acadèmic convertit a espia si us plau per força com suggereix el títol original. Al bàndol contrari hi ha una xarxa clandestina d’espies alemanys infiltrats a Anglaterra. L’autor juga amb ambigüetats calculades per tal d’induir el lector a sospitar que diferents pesonatges són traïdors i revelaran el secret del lloc real del desembarcament.
És una novella d’acció continuada, que fa pensar fins i tot en la necessitat d’informació que tenim -i l’efecte que ens pot causar tenir informació parcial sobre les coses que fem. Fins al final no es desvetllen alguns punts foscos de la trama, i just aleshores vénen ganes de rellegir la novel·la per veure fins a quin punt l’acció dels diferents personatges és coherent amb aquesta realitat.
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Llegar a la Sala de Rastreo de Submarinos -para lo cual había que descender por una laberíntica serie de estrechas escaleras de caracol- no era tarea fácil para un hombre con una pierna deforme. Cruzó el Negociado Central de Gráficos y entró en la Sala de Rastreo por una puerta custodiada.

La energía y agitación que reinaban allí se apoderaron de su ánimo al instante, como le ocurría a diario. Las paredes sin ventanas tenían el color de la crema coagulada y estaban cubiertas de mapas, cartas de mareas y fotografías de submarinos y sus tripulaciones. Varias docenas de oficiales y mecanógrafas trabajaban en las mesas que bordeaban la sala. En el centro se encontraba la principal mesa trazadora del Atlántico Norte, donde alfileres con cabezas de colores señalaban la situación de todos los buques de guerra, cargueros y submarinos, desde el mar Báltico hasta el cabo Cod.

Desde una de las paredes, una enorme fotografía del almirante Karl Doenitz, comandante en jefe de la marina de guerra alemana, los contemplaba con aire furibundo. Al igual que hacía todas las madrugadas, Braithwaite le dedicó un guiño, con el saludo de:

– Muy buenas, herr almirante.

Luego empujó la puerta de su cubículo de cristal, se quitó el abrigo y tomó asiento detrás de su escritorio.

Mientras alargaba la mano hacia el montón de mensajes codificados que, como siempre, le aguardaban allí, Braithwaite pensó: «Cómo han cambiado las cosas desde 1939, hijo».

En 1939 tenía sus licenciaturas en derecho y psicología por Cambridge y Yale y trataba de descubrir qué hacer con ellas. Cuando estalló la guerra intentó sacar provecho a su dominio de la lengua alemana mediante el procedimiento de ofrecerse voluntario para interrogar a prisioneros de guerra germanos. Sus superiores se impresionaron de tal modo al comprobar sus aptitudes que recomendaron su traslado a la Ciudadela, donde se le destinó a la Sala de Rastreo de Submarinos como voluntario civil en plena batalla del Atlántico. La inteligencia y empuje dinámico de Braithwaite pronto le hicieron destacar. Se entregó al trabajo en cuerpo y alma, se brindó a encargarse de labores extra y leyó cuantos libros se pusieron a su alcance sobre táctica e historia naval alemana. Dotado de una retentiva prácticamente insuperable, se aprendió de memoria la biografía de todos los comandantes de Ubootewaffe. En cuestión de meses adquirió una destreza increíble para predecir los movimientos de los submarinos. Ninguna de esas virtudes pasaron inadvertidas. Se le concedió la jerarquía de comandante interino y se le puso al mando de la sección de rastreo de sumergibles, un ascenso asombroso para alguien que no había visitado la Escuela Naval de Darmouth.

Su ayudante llamó con los nudillos a la puerta de cristal, esperó a que Braithwaite asintiera con la cabeza y entró.

– Buenas, señor -dijo, segundos antes de dejar la bandeja con la tetera y las galletas.

– Muy buenas, Patrick.

– La meteorología ha mantenido las cosas bastante tranquilas esta noche, señor. No se han observado submarinos en superficie por ninguna parte. La tormenta disuadió aproximaciones occidentales. Ahora son las zonas del este las que soportan la mayor partedel tráfico, desde Yorkshire hasta Suffolk.

Braithwaite inclinó la cabeza y el ayudante se retiró. Los primeros mensajes eran materia convencional, comunicados rutinarios entre submarinos y el BdU, interceptados por los servicios de escucha. El quinto despertó su atención. Era una alerta emitida por un tal comandante Alfred Vicary de la Oficina de Guerra. Decía que las autoridades buscaban a dos individuos, un hombre y una mujer, que era muy posible estuvieran intentando abandonar el país. Braithwaite sonrió ante el estilo cauteloso al que recurría Vicary. Evidentemente, Vicary pertenecía al MI-5. Y resultaba obvio que el hombre y la mujer eran agentes alemanes de alguna clase y, hubiesen hecho lo que hubiesen hecho, la cuestión era condenadamente importante, porque, de no serlo, la alerta no habría llegado hasta su mesa. La puso a un lado y continuó leyendo.

Tras unos cuantos asuntos rutinarios, Braithwaite tropezó con algo que también captó su atención. Una muchacha del Servicio Femenino de la Armada en Scarborough había interceptado lo que consideraba una comunicación entre un submarino y una radio situada tierra adentro. El Uf Puf había localizado el emisor en algún punto a lo largo de la costa oriental… en alguna parte desde Lincolnshire hasta Suffolk. Braithwaite apartó el mensaje, lo sacó del – montón y lo puso junto a la alerta de Vicary.

Se levantó, salió cojeando de su despacho rumbo a la sala principal y se detuvo ante la mesa trazadora del Atlántico Norte. Dos miembros de su equipo de personal cambiaban la posición de los alfileres de colores para reflejar los movimientos realizados durante la noche. Braithwaite no pareció fijarse en ellos. Grave la expresión de su rostro, clavó la mirada en las aguas próximas a la costa oriental de Gran Bretaña.

Al cabo de un momento, dijo en tono sosegado:

– Patrick, traeme la carpeta del U-509.

55

Hampton Sands (Norfolk)

Jenny llegó al bosquecillo de pinos de la base de las dunas y se dejó caer, agotada. El instinto la había impulsado a correr desesperadamente, como un animal asustado. Se mantuvo a distancia de la carretera, por los prados y marjales inundados por la lluvia. Le era imposible recordar la cantidad de veces que se cayó durante la carrera. Estaba cubierta de barro, olía a mantillo y a mar. El aguacero y el viento batían su rostro de tal modo que Jenny tenía la impresiónde que se lo abofeteaban. Y tenía frío, más frío del que jamás sintiera en toda su vida. Era como si el impermeable pesara cuatrocientos kilos. Las botas estaban llenas de agua y los pies helados. Se dio cuenta entonces de que había salido de casa sin ponerse calcetines. Cayó sobre las rodillas y las manos, jadeó tratando de llevar aire a los pulmones. Le ardía la garganta y el sabor a óxido le llenaba la boca.

Permaneció quieta unos instantes hasta que recobró el aliento y luego hizo un esfuerzo ímprobo para ponerse en pie y adentrarse por el pinar. Estaba oscuro, tan oscuro que tuvo que avanzar con los brazos extendidos ante sí, como un ciego que caminase a tientas por un sitio que no le era familiar. Se indignó consigo misma por no habérsele ocurrido coger la linterna.

Llenaban el aire el ruido del viento, el batir de las olas al romper en la playa y los chillidos de las aves marinas. Los árboles empezaron a adoptar formas conocidas. Jenny caminaba de memoria, como una persona que anduviera a oscuras por su propia casa.

Los pinos quedaron atrás; el escondite secreto apareció frente a ella.

Descendió por la pendiente y se sentó con la espalda apoyada en una peña. Por encima de ella, los pinos se agitaban a impulsos del viento, pero Jenny estaba al abrigo de sus ráfagas más violentas. Le hubiera gustado encender un fuego, pero el humo sería visible desde bastante distancia. Sacó la caja de debajo del montón de agujas de pino que la cubrían, cogió la vieja manta de lana y se envolvió en ella, bien ajustada en torno al cuerpo.

Empezó a entrar en calor. Luego rompió a llorar. Se preguntó cuánto tendría que esperar antes de ir en busca de ayuda. ¿Diez minutos? ¿Veinte minutos? ¿Media hora? También se preguntó si Mary estaría aún en la casa cuando ella volviese. Y si le habrían hecho daño. Ante sus ojos destelló una rápida visión del cuerpo sin vida de su padre. Sacudió la cabeza e intentó alejar de su recuerdo aquella imagen. Se estremeció y se acurrucó bajo la manta ciñéndola con más fuerza en torno a sí.

Treinta minutos. Esperaría media hora. Entonces no habría ya peligro y podría volver tranquilamente.

Neumann aparcó el final del camino, cogió la linterna del asiento contiguo y se apeó. Encendió la linterna y echó a andar con paso vivo entre los árboles. Subió por las dunas y bajó por el otro lado. Apagó la linterna cuando cruzaba la playa en dirección a la orilla del mar. Al llegar a la franja llana y sólida donde las olas rompían contra la arena emprendió un paso ligero, agachada la cabeza para ofrecer menos resistencia al viento.

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