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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Se los merece todos los insultos. No me gusta ese hombre Sayuri. Y no contribuye a que me guste más el hecho de que estoy en deuda con él.

– Ya veo -dije-. De modo que iba a ser entregada al consejero porque…

– Nadie te iba a entregar a él. No hubiera podido nunca pagárselo. Le hice creer que Iwamura correría con todos los gastos, lo que, por supuesto, no iba a ser el caso. Yo ya sabía de antemano la respuesta de la propietaria, o no lo hubiera preguntado. El consejero se ha quedado muy decepcionado, ya sabes. Por un momento casi me da pena.

No tenía nada de divertido lo que contaba Nobu. Y, sin embargo, no pude dejar de reírme, porque de pronto me imaginé que el consejero era mi danna y se aproximaba a mí con esa barbilla suya tan prominente y yo sentía su aliento subiéndome por la nariz.

– Conque te parece divertido, ¿eh? -me dijo Nobu.

– La verdad, Nobu-san… Lo siento, pero sólo imaginarme al consejero…

– ¡Yo no quiero imaginarme al consejero! Ya ha sido bastante horroroso haber tenido que sentarme con él a parlamentar con la propietaria de la casa de té.

Le serví otro whisky con agua a Nobu, y preparé otro para mí. No me apetecía nada. Ya bastante nebulosa me parecía la habitación. Pero Nobu alzó su vaso, y no me quedó más remedio que beber con él. Luego se limpió la boca con una servilleta y dijo:

– Qué tiempos más malos para estar vivo, Sayuri.

– Nobu-san, creí que estábamos bebiendo para matar las penas.

– Hace mucho que nos conocemos, Sayuri. Tal vez… ¡quince años! ¿No? -dijo-. No, no contestes. Quiero decirte algo, y tú te vas a quedar ahí sentada escuchándome. Hacía tiempo que quería decírtelo, y ahora ha llegado el momento. Supongo que me estarás escuchando atentamente, porque sólo lo voy a decir una vez. Esto es lo que tengo que decirte: No me gustan mucho las geishas; ya lo sabes, probablemente. Pero siempre he sentido que tú, Sayuri, no eres como las demás.

Esperé un momento a que Nobu continuara, pero no lo hizo.

– ¿Es eso todo lo que Nobu quería decirme? -le pregunté.

– Bueno, ¿no significa eso que habría debido hacer toda suerte de cosas por ti? Por ejemplo… ¡ah!, por ejemplo, te debería haber regalado joyas.

– Nobu-san me ha regalado joyas. De hecho, siempre ha sido demasiado amable. Conmigo, quiero decir; desde luego no lo es con todo el mundo.

– Bueno, pues habría debido regalarte más. Da igual; no es de eso de lo que estoy hablando. Me está costando trabajo explicarme. Lo que quiero decir es que he llegado a comprender lo estúpido que he sido. Hace un momento te reías ante la idea de que el consejero pudiera convertirse en tu danna. Pero mírame a mí: un manco con una piel de… ¿Cómo me llaman? ¿El lagarto?

– ¡Ay, Nobu-san! No debe hablar así…

– Por fin ha llegado el momento. Llevaba años esperándolo. Tuve que esperar todo ese tiempo estúpido que estuviste con el general. Cada vez que me lo imaginaba contigo…, bueno, no quiero pensar en ello ahora. ¡Y la sola idea de este estúpido consejero! ¿Te había dicho lo que me contó esta noche? Eso es lo peor de todo. Cuando se enteró de que no podía ser tu danna, se quedó sentado como un montón de estiércol y luego finalmente dijo: «Pensé que me había dicho que podría ser el danna de Sayuri». ¡Yo no había dicho nada en ese sentido! «Hicimos lo que pudimos, consejero, y no ha funcionado», le dije yo. Y entonces él me respondió: «¿No podría arreglar las cosas aunque sólo fuera para una vez?». Y yo dije: «¿Una vez, qué? ¿Para que seas el danna de Sayuri por una noche?». Y él asintió con la cabeza. Bueno, pues entonces yo le digo: «Escuche, consejero. Ya ha sido bastante horroroso ir a proponerle de danna de una mujer como Sayuri. Sólo lo hice porque sabía que no sucedería. Pero si cree…».

– ¡No puede haberle dicho semejante cosa!

– ¡Pues claro que se lo dije! Exactamente le dije: «Pero si se cree que voy a conseguirle ni siquiera un cuarto de hora a solas con ella… ¿Por qué iba a tenerla usted? Además, no es mía; no puedo ir por ahí ofreciéndola. ¡Pensar en preguntarle semejante cosa!».

– Nobu-san, sólo espero que el consejero no se haya tomado a mal todo esto, teniendo en cuenta todo lo que ha hecho por la compañía.

– Espera un momento. No dejaré que pienses que soy un desagradecido. El consejero nos ayudó porque ésa era su obligación. Lo he tratado bien durante estos últimos meses, y no voy a dejar de hacerlo ahora. Pero eso no significa que tenga que renunciar a aquello que llevo más de diez años esperando y dárselo a él. ¿Qué habría pasado si hubiera venido a pedirte lo que él quería que te pidiera? ¿Habrías dicho «está bien, Nobu-san, lo haré por usted»?

– Por favor… ¿Qué puedo responder a eso?

– Es muy fácil. Sencillamente dime que nunca habrías hecho tal cosa.

– Pero Nobu-san, yo tengo una inmensa deuda con usted… Si me pidiera un favor, no me lo tomaría a la ligera.

– ¡Esto es nuevo! ¿Has cambiado, Sayuri, o siempre ha habido una parte de ti que yo no conocía?

– A menudo pienso en qué alta consideración Nobu-san me…

– Yo no juzgo mal a la gente. Si tú no eres la mujer que yo creo que eres, éste no es el mundo que yo creía que era. ¿Me estás queriendo decir que te entregarías a un hombre como el consejero? ¿Acaso no crees que en este mundo existe el bien y el mal, lo bueno y lo malo? ¿O es que has pasado demasiado de tu vida en Gion?

– ¡Qué barbaridad, Nobu-san! Hacía años que no lo veía tan enfadado.

Esto debió de ser lo menos acertado que pude decir, porque de pronto la cara de Nobu llameó de rabia. Agarró el vaso con su única mano y golpeó la mesa con tal fuerza que lo rajó, derramando los cubitos de hielo por el mantel. Nobu volvió la mano y observó un reguerito de sangre en la palma.

– ¡Oh, Nobu-san!

– ¡Contesta!

– Ahora mismo no puedo ni pensar en la pregunta… Por favor, déjeme que vaya a buscar algo para curarle la mano…

– ¿Te entregarías al consejero independientemente de quién te lo pidiera? Si eres una mujer que haría tal cosa, quiero que salgas ahora mismo de esta habitación y no vuelvas a hablarme.

No entendía por qué había tomado un cariz tan peligroso aquella velada; pero yo tenía bastante claro que sólo podía dar una respuesta. Tenía que encontrar algo inmediatamente para vendarle la mano a Nobu y detener la sangre, que ya había empezado a gotear en la mesa, pero él me estaba mirando con tal intensidad que no me atreví a moverme.

– Nunca haría tal cosa -dije.

Pensé que esto lo calmaría, pero durante un largo y espantoso momento continuó mirándome furioso. Por fin respiró profundamente.

– La próxima vez, habla antes de que yo tenga que cortarme esperando una respuesta.

Me precipité fuera en busca de la dueña. Esta acudió con varias camareras y una palangana y toallas. Nobu no la dejó llamar a un médico; y a decir verdad, el corte no era tan profundo como yo había creído en un principio. Cuando la dueña se fue, Nobu se quedó en silencio. Yo intenté empezar una conversación, pero él parecía totalmente desinteresado.

– Primero no puedo calmarle -dije yo por fin- y ahora no puedo hacerle hablar. No sé si hacerle beber más o si el problema es el propio alcohol.

– Ya hemos bebido bastante, Sayuri. Ha llegado el momento de que vayas y traigas aquella piedra.

– ¿Qué piedra?

– La que te di el otoño pasado. El trozo de hormigón de la fábrica. Vete a buscarlo.

Me quedé helada al oírlo, porque sabía exactamente qué significaba lo que decía. Había llegado el momento en el que Nobu se ofrecería para ser mi danna.

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