Torres de medianoche
- Автор: Джордан Роберт, Сандерсон Брендон
- Серия: La Rueda del Tiempo #13
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:
¡El secretario de Sylvase! Tras él había dos mujeres: Temaile y Eldrith, ambas del Ajah Negro. Ambas abrazando la Fuente. ¡Luz!
Elayne silenció su sorpresa y les sostuvo la mirada, sin ceder terreno. Si había sido capaz de convencer a una hermana Negra de que era una de las Renegadas, entonces quizá podría convencer a tres. Temaile abrió los ojos de par en par y se arrodilló, al igual que hizo el secretario. Por el contrario, Eldrith vaciló. Elayne no sabía si era por su postura, el disfraz o su reacción al ver a los tres recién llegados. O quizás era por cualquier otra cosa. Fuera por el motivo que fuera, el caso es que Eldrith no se dejó engañar. La mujer de cara redonda empezó a encauzar.
Elayne se maldijo para sus adentros mientras creaba sus propios tejidos— Lanzó un escudo sobre Eldrith justo cuando notaba que uno le caía encima. Por suerte, llevaba consigo el ter’angreal de Mat. El tejido se deshizo y el medallón, sujeto en la mano, se puso gélido. Por otro lado, su tejido se deslizó entre Eldrith y la Fuente, y la escudó. El brillo del Poder que envolvía a la Negra se apagó.
—¡Qué haces, estúpida! —chilló Chesmal—. ¿Es que intentas derrotar a una Elegida? ¡Conseguirás que nos mate a todos!
—Esa no es una Elegida —gritó a su vez Eldrith.
Elayne pensó con retraso en tejer una mordaza de Aire.
—¡Te ha engañado! Se…
Elayne metió la mordaza en la boca de la Negra y la hizo callar, pero ya era demasiado tarde. Temaile —que siempre había dado la impresión de ser demasiado delicada para pertenecer al Ajah Negro— abrazó la Fuente y alzó los ojos. La expresión de Chesmal pasó de ser aterrada a iracunda.
Elayne se apresuró a atar el escudo de Eldrith y empezó a tejer otro. Un tejido de Aire la golpeó. El medallón de la cabeza de zorro se enfrió y —bendito Mat por su préstamo temporal— Elayne interpuso un escudo entre Chesmal y la Fuente.
Temaile se quedó mirándola boquiabierta, estupefacta al ver que su tejido no surtía efecto. El secretario de Sylvase no era tan lento, por desgracia. Se arrojó hacia adelante de forma inesperada y dio un empellón a Elayne que la lanzó contra la pared con mucha fuerza.
El dolor fue intenso en el hombro, y sintió un chasquido. ¿Se le habría roto el hueso? «¡Los bebés!», fue su pensamiento inmediato, una sacudida de terror primario que desafió toda idea sobre Min y sus visiones. La sorpresa hizo que soltara el tejido del acceso que conducía de vuelta a sus aposentos, arriba. El acceso parpadeó y desapareció.
—Tiene un ter’angreal de alguna clase que hace que los tejidos resbalen sobre ella —chilló Temaile.
Elayne se esforzó en incorporarse, empujó al secretario y creó un tejido de Aire para echarlo hacia atrás. Mas, mientras lo hacía, el tipo le asió la mano, tal vez al notar un destello metálico. El secretario metió los largos dedos alrededor del medallón justo cuando el tejido de Aire de Elayne lo golpeaba.
El hombre salió lanzado hacia atrás, aferrado al medallón. Elayne gruñó, todavía rabiosa. Temaile esbozó una sonrisa maliciosa y unos tejidos de Aire se crearon a su alrededor; la Negra los lanzó hacia adelante, pero Elayne los recibió con los suyos propios.
Los dos tejidos de Aire chocaron entre sí y provocaron que el aire se sacudiera en la pequeña celda. Fragmentos de paja salieron volando en un remolino, y a Elayne le dolieron los oídos por la presión. El secretario de cabello oscuro gateó alejándose de la lucha, sin soltar el ter’angreal. Elayne lanzó un tejido hacia él, pero sin resultado.
Elayne gritó de rabia; el dolor del hombro donde se había golpeado contra la pared era intenso. La pequeña celda estaba atiborrada con tanta gente, y Temaile se había quedado en la puerta, cerrando de forma impremeditada el paso al secretario, que quería salir. O tal vez fuera a propósito; seguramente querría ese medallón. Las otras dos hermanas Negras se agacharon, envueltas en las ráfagas de aire, todavía escudadas.
A través del angreal, Elayne absorbió tanto Poder Único como se atrevió y empujó hacia adelante su tejido de Aire, apartando el que Temaile utilizaba para empujar. Los dos aguantaron un instante; después, el de Elayne se abrió paso y chocó contra Temaile de forma que la sacó de la celda y la estampó contra la pared de fuera. Elayne creó un escudo, aunque parecía que Temaile se había quedado sin sentido por el golpetazo.
El secretario salió disparado hacia la puerta. Elayne tuvo un momento de pánico al verlo e hizo lo único que se le ocurrió: levantó a Chesmal con un tejido de Aire y la arrojó contra el secretario.
Los dos rodaron en un revoltijo de brazos y piernas. Un tintineo metálico sonó en el aire cuando el medallón de cabeza de zorro cayó al suelo, libre de la mano del hombre, y rodó a través de la puerta.
Elayne respiró hondo y sintió un intenso dolor en el pecho; el brazo le colgó, fláccido. Ya no conseguía sujetarlo como era debido. Se lo sujetó con el otro brazo, furiosa, aferrándose a la Fuente. La dulzura del Saidar era reconfortante. Tejió Aire y ató a Chesmal, al secretario y a Eldrith, que intentaba arrastrarse hacia ella a hurtadillas.
Respirando para sosegarse, Elayne se abrió paso entre ellos y salió de la pequeña celda para comprobar el estado de Temaile, tirada en el pasillo. La mujer respiraba, pero estaba inconsciente, como había supuesto. También la ató con Aire, para mayor seguridad, y luego recogió con tranquilidad el medallón de cabeza de zorro. Hizo una mueca de dolor por el otro brazo. Sí, era evidente que se había roto el hueso.
El oscuro pasillo se encontraba vacío, con las cuatro puertas de las celdas a los lados e iluminado por una única lámpara de pie. ¿Dónde estaban los guardias y las Allegadas? De mala gana, deshizo los tejidos del disfraz; no querría que unos soldados llegaran y la tomaran por una de las Amigas Siniestras. ¡Desde luego, alguien tenía que haber oído aquel jaleo! En el fondo de la mente percibía la preocupación que por ella sentía Birgitte, la cual se encontraba cada vez más cerca. Sin duda, su Guardiana había sentido la herida que había recibido.
Elayne casi prefería el dolor del hombro a la charla que le iba a dar Birgitte. Hizo otra mueca al pensarlo mientras se daba la vuelta y echaba una ojeada a sus cautivas. Tendría que comprobar las otras celdas.
Sus bebés estarían bien, desde luego. Y ella también. Había tenido una facción fuerte por el dolor; en realidad no se había asustado. Aun así, lo mejor sería…
—Hola, mi reina —le susurró la voz de un hombre al oído un instante antes de que un dolor nuevo le estallara en el costado.
Dio un respingo y se tambaleó hacia adelante. Una mano le arrebató de un tirón la cabeza de zorro.
Elayne giró sobre sí misma y el pasillo empezó a hacerse borroso. Algo cálido le resbalaba por el costado. ¡Estaba sangrando! La impresión fue tal que perdió contacto con la Fuente.
Doilin Mellar se encontraba detrás de ella en el pasillo; sostenía un cuchillo ensangrentado en la mano derecha y sujetaba el medallón en la izquierda. El rostro enjuto del hombre exhibía una amplia sonrisa, casi una mueca lasciva. Aunque vestía con harapos, se advertía en él tanta seguridad en sí mismo como la que mostraría un rey en su trono.
Elayne siseó y buscó la Fuente. No ocurrió nada. Oyó una risita a su espalda. ¡No había atado el escudo de Chesmal! Tan pronto como había soltado la Fuente, los tejidos se habrían deshecho. Como era de esperar, al mirar encontró tejidos que la aislaban del Poder Único.
Chesmal, con la bonita cara encendida de placer, le sonrió. ¡Luz! Había un charco de sangre a sus pies. Tanta.
Trastabilló hacia atrás, contra la pared del pasillo, con Mellar a un lado y Chesmal al otro.
No podía morir. Min había dicho…
«Quizá lo estamos malinterpretando», pensó. Hay muchas cosas que todavía pueden salir mal. La advertencia de Birgitte le vino a la mente.
—Cúrala —dijo Mellar.
—¿Qué? —demandó Chesmal.
A su espalda, Eldrith se sacudía el polvo del vestido dentro de la celda. Había caído al suelo cuando los tejidos de Aire de Elayne se disiparon, pero el escudo seguía en su sitio. Ése sí lo había atado.
«Piensa —se exhortó mientras la sangre le corría entre los dedos—. Tiene que haber un modo de salir de ésta. ¡Tiene que haberlo! ¡Oh, Luz! ¡Birgitte, date prisa!»
—Cúrala —repitió Mellar—. La herida del cuchillo era para hacer que te soltara.
—Necio —espetó Chesmal—. ¡Si los tejidos hubieran estado atados, una herida no nos habría liberado!
—En ese caso, habría muerto —dijo él, encogiéndose de hombros. Miró a Elayne; los bonitos ojos del hombre brillaron de deseo—. Y habría sido una lástima, porque se me prometió que la tendría, Aes Sedai. No quiero que muera aquí, en estas mazmorras. No morirá hasta que yo haya tenido tiempo de… disfrutar de ella. —Miró a la hermana Negra—. Además, ¿crees que a quienes servimos les agradaría que dejáramos morir a la reina de Andor sin antes sacarle sus secretos?
Chesmal parecía contrariada, pero por lo visto comprendió lo acertado de las palabras del hombre. Tras ellos, el secretario salió de la celda y después de mirar a un lado y a otro— echó a andar pasillo adelante hacia la escalera, deprisa. Chesmal cruzó el corredor para acercarse a Elayne. Por suerte, pues se sentía ya muy mareada. Apoyó la espalda en la pared, casi sin notar el dolor del hombro roto, y se deslizó pared abajo hasta quedarse sentada.
—Muchacha idiota —masculló Chesmal—. Me di cuenta de tu engaño desde el principio, por supuesto. Sólo te seguía la corriente para ganar tiempo hasta que llegara la ayuda que sabía que estaba en camino.
Las palabras sonaban con eco; Elayne yacía tendida en el suelo. La Curación. Necesitaba… esa… Curación. La mente se le embotaba más y más, y la visión se volvía borrosa. Mantuvo la mano contra el costado, aterrada por sí misma, por sus hijos.
La mano se deslizó al suelo. Sintió algo a través de la tela de la escarcela: la copia del medallón de la cabeza de zorro.
Chesmal le puso las manos en la cabeza y realizó el tejido de Curación. A Elayne le dio la impresión de que por las venas le fluía agua helada; una oleada de Poder le asaltó el cuerpo. Hizo una profunda inhalación, desaparecido el dolor del costado y del hombro.
—Ya está —dijo Chesmal—. Ahora, deprisa, tenemos que…
Elayne sacó el falso medallón y lo sostuvo en alto. En un acto reflejo, Chesmal lo aferró. Y quedó incapacitada para encauzar. Sus tejidos desaparecieron, incluido el escudo de Elayne.
Chesmal maldijo y tiró el medallón, que cayó al suelo y rodó mientras la mujer tejía un escudo.
Elayne ni se molestó en hacer otro para la Negra. Esta vez tejió Fuego. Sencillo, directo, peligroso. Las llamas le prendieron la ropa antes de que la Negra tuviera tiempo de acabar el tejido. Chesmal soltó un aullido.
Elayne se puso de pie. El pasillo osciló y dio vueltas —la Curación la había dejado agotada—; pero, antes de que todo dejara de girar, tejió otro hilo de Fuego y lo lanzó contra Mellar. ¡Ese hombre había puesto en peligro la vida de sus hijos! ¡La había acuchillado! Él…
El tejido se deshizo en el momento en que lo tocó. Mellar le sonrió mientras paraba algo con el pie: el segundo medallón.
Vaya, vaya —dijo mientras lo recogía—. ¿Otro? ¿Y si te sacudo caerá un tercero?
Elayne masculló. Chesmal seguía gritando, envuelta en fuego; cayó al suelo, pataleando, y el pasillo empezó a llenarse del acre olor a carne quemada. ¡Luz! Su intención no había sido matarla. Pero no había tiempo que perder. Tejió Aire y volvió a levantar en el aire a Eldrith antes de que La mujer tuviera ocasión de escapar. La empujó hacia adelante, entre Mellar y ella, por si acaso. Él observaba la escena con sagacidad y avanzaba poco a poco, sosteniendo los dos medallones en una mano y la daga en la otra. El arma todavía brillaba con la sangre de Elayne.
—Aún no hemos acabado, mi reina —dijo con voz suave—. A estas otras se les prometió poder, pero mi recompensa siempre fuiste tú. Y yo siempre cobro lo que se me debe.
La observaba con atención, esperando alguna treta. ¡Ojalá la tuviera! Pero lo cierto era que apenas conseguía sostenerse en pie. Mantener la conexión con la Fuente no era nada fácil. Retrocedió, manteniendo a Eldrith entre los dos en todo momento. Los ojos del hombre se desviaron un instante hacia la escultural Negra, que tenía los brazos sujetos con Aire contra los costados y flotaba una pulgada por encima del suelo. Con un movimiento brusco, saltó hacia Eldrith y la degolló.
Elayne dio un respingo y retrocedió a trompicones.
—Lo siento —dijo Mellar, y Elayne tardó un instante en darse cuenta de que el hombre le hablaba a Eldrith—. Pero órdenes son órdenes.
Dicho lo cual, se agachó y hundió el cuchillo en la inconsciente Temaile.
¡No podía escapar con los medallones! Con una repentina descarga de energía, Elayne absorbió Poder Único y tejió Tierra. Tiró del techo, por encima de donde se encontraba Mellar. Las piedras se rompieron y los sillares se precipitaron al pasillo; el hombre chilló y se cubrió la cabeza al mismo tiempo que hacía un quiebro. Algo sonó en el aire; metal sobre piedra.
El pasillo tembló y se levantó una polvareda. El desprendimiento de las piedras ahuyentó a Mellar, pero impidió que ella lo persiguiera. El hombre desapareció por el hueco de escalera que había a la derecha. Elayne se dejó caer de rodillas, exhausta. Pero entonces vio algo que brillaba entre los cascotes del techo. Algo de metal plateado. Uno de los medallones.
Conteniendo la respiración, lo recogió. Gracias a la Luz, no perdió contacto con la Fuente. Por lo visto Mellar había escapado con la copia, pero ella aún tenía el original.
Suspiró y se permitió sentarse y recostar la espalda en la fría pared de piedra. Habría querido dejarse llevar y sumirse en la inconsciencia, pero hizo un esfuerzo para guardar el medallón y permanecer despierta hasta que Birgitte apareció en el pasillo. La Guardiana jadeaba con fuerza por la carrera; la chaqueta roja y la trenza dorada estaban mojadas por la lluvia.
Mat entró en el pasillo a continuación, con un pañuelo que le cubría la parte inferior de la cara y el cabello castaño tan mojado que se le pegaba a la cabeza. Los ojos fueron con rapidez de un lado a otro mientras sostenía el bastón de combate en actitud defensiva. Birgitte se arrodilló al lado de Elayne.
—¿Te encuentras bien? —preguntó en tono urgente.
Elayne asintió con la cabeza, desmadejada.
Salí de ésta por mí misma —dijo luego. «Hasta cierto punto», añadió para sus adentros—. ¿Por casualidad no habréis hecho al mundo el favor de matar a Mellar de camino aquí?
—¿Mellar? —preguntó Birgitte, alarmada—. No. ¡Elayne, tienes sangre en el vestido!
—Estoy bien, de verdad. Me han Curado —explicó. Así que Mellar había huido—. Deprisa, buscad por los pasillos. Los hombres de la guardia y las Allegadas que vigilaban aquí…
—Los hemos encontrado —contestó Birgitte—. Amontonados al fondo del hueco de la escalera. Muertos. Elayne, ¿qué ha ocurrido?
A un lado, Mat empujó con la punta del dedo a Temaile y reparó en la herida de arma blanca que tenía en el pecho.
Elayne se llevó las manos al abdomen. Los bebés estarían bien, ¿verdad que sí?
—Hice algo temerario, Birgitte, y sé que me vas a gritar por ello. Pero antes, ¿te importaría llevarme a mis aposentos? Creo que deberíamos pedir a Melfane que me explore. Sólo por si acaso.