El Amante Albanés
- Автор: Фортес Сусана
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Amante Albanés». Краткое содержание книги:
La presencia constante de la duda hace que los protagonistas estén tocados por una fuerte inquietud. Son personajes silenciosos. La narración comienza cuando sobre ese silencio suena la detonación de un disparo que quiebra de pronto la madrugada. La tensión de la trama aumenta a través de las confesiones de la niñera húngara, que ponen de manifiesto que ningún secreto puede ser guardado eternamente. Al menos tiene que ser revelado una vez. Aunque sea una sola y única vez. Tarde o temprano.
No era la primera vez que Ismaíl hacía ese recorrido, aunque habían pasado ya algunos años desde la última vez que había ido a visitar a Hanna.
Cuando el ómnibus se detuvo a la entrada de la pequeña aldea de Ndroq, junto a un tablón claveteado con horarios y avisos oficiales, Ismaíl tuvo la sensación de haber llegado al final de algo que no era-sólo el camino. Estaba mareado y pálido.
Vio parpadear la bombilla en la esquina de la estafeta de correos. A pesar de que era mediodía, el cielo permanecía cerrado y el viento movía el cable del tendido, haciendo temblar la luz eléctrica como si fuera la llama de una vela. Olía a frío de noviembre y a humo de leña mojada que se elevaba por encima de los tejados hacia las nubes cargadas de humedad. Mientras se dirigía a la casa de su antigua niñera se cruzó con algunas mujeres que regresaban del campo con capazos de esparto llenos de castañas. Caminaban inclinadas contra el viento, abrigadas con tocas negras de lana que les cubrían la cabeza y parte de la cara, figuras onduladas -deslumbradas como a través del cristal anieblado del tiempo. Exactamente igual que hacía cien años, pensó Ismaíl al observar que ninguna respondía a su saludo, el mismo recelo hacia los forasteros.
Atravesó una placita de tierra y luego se encaminó por un callejón hacía una de las casas con el portón pintado de verde. Golpeó dos veces la aldaba en forma de argolla y esperó conteniendo la respiración. Hanna salió al umbral, con el andar un poco renqueante, secándose las manos rojas en el delantal. Cuando reconoció a Ismaíl dio un grito que enseguida ahogó con una mano. Era su modo supersticioso de contener la alegría, de ahogarla dentro de sí misma corno si fuera una culpa. Hanna creía que cualquier manifestación de dicha podía llevara la desventura, lo mismo que ciertos alardes de salud podían atraer la enfermedad. No se trataba de algo consciente, sino de una mentalidad muy extendida en el campo que la impulsaba a esconder el mínimo regocijo por temor a que los espíritus envidiosos castigasen su alborozo con cualquier forma de desgracia.
– Mi niño -dijo cuando se repuso de la sorpresa, en voz baja, extendiendo la mano para tocarle la cara y reconocer con el tacto el rostro infantil que se ocultaba bajo el áspero mentón de hombre. Movió la cabeza hacia los lados, corno si no acabara de creerse que él estuviera allí, y después lo abrazó muy fuerte contra su pecho. Ismaíl no supo calcular su edad. Tenía el cabello completamente blanco. Lo llevaba recogido en un moño y su rostro había adquirido un tono oliváceo, pero el cuerpo todavía parecía fuerte y compacto, como si hubiese ido apretando los secretos de la vida y los escondiese dentro de los huesos. La gente en el campo envejece de un modo distinto.
También Hanna observaba a Ismaíl con emoción, entornando los ojos orillados por profundas arrugas, con esa actitud que suelen adoptar las mujeres mayores al examinar los cambios físicos en los muchachos a los que han cambiado los pañales, sin disimular su admiración. «Y pensar que de pequeño estabas siempre enfermo, creímos que no sobrevivirías, te ponías morado sólo de llorar… y mírate ahora», exclamó sin dejar de mirarlos arrobada de orgullo. Estaban sentados el uno frente al otro, en medio de los olores de la cocina, junto a un montón de cebollas de largo tiempo que retoñaban en una cesta. Había un puchero al fuego y por encima de los hornillos pendía un alambre tendido de un extremo a otro del que colgaban algunos paños de limpiar. Ya más tranquilos, estuvieron examinándose en silencio. Después, Hanna llenó dos cuencos del caldo que hervía al fuego.
– ¿Cómo está tu padre? -preguntó mientras le acercaba uno a Ismaíl.
– Igual que siempre. Más viejo.
– ¿Y Viktor? Me he enterado de que se ha casado con una muchacha del Rrafsh. Son muy guapas las montañesas, dicen.
– Ella sí que lo es. Mucho -respondió Ismaíl mientras saboreaba el primer trago demasiado caliente y dejaba de nuevo el cuenco sobre la mesa-. Se llama Helena.
Hanna lo observó, achicando las pupilas, como hacía siempre que deseaba ver más de lo que le permitía su vista ya cansada, quizá buscando en el rostro de Ismaíl otro rostro semejante; las personas mayores se conmueven con los parecidos físicos. Sus ojos pequeños y adivinadores centellearon con los lacrimales enrojecidos momentáneamente.
Pero en seguida se recuperó y volvió a la conversación.
– También tú deberías casarte, hijo. No es bueno para un hombre estar solo. -Tenía las manos temblorosas sobre el regazo y sus palabras le parecieron a Ismaíl más nacidas de la pesadumbre que del hábito anciano de dar consejos-. Los hombres no sabéis estar solos. Tú eres joven y muy apuesto, te pareces tanto a él… -dijo soñadoramente, mientras en sus ojos se dibujaban ahora escenas de otro tiempo, quizá imágenes del jardín de la mansión, cuando el agua que manaba de la fuente de los delfines sonaba como una música transparente y los caminos entre los árboles estaban salpicados de guijarros blancos y ella iba andando por esos senderos con su delantal almidonado, con dos niños de la mano. Hanna hablaba con la voz cada vez más envolvente e hipnótica, como es la voz del recuerdo-. La primera vez que lo vi no era mucho mayor que tú, debía de tener entonces veinticinco o veintiséis años…
Ismaíl no pudo esconder la expresión de desconcierto.
– Nadie me había dicho nunca que me pareciese a mi padre -objetó.
– Es que no te estoy hablando de Zanum, hijo -puntualizó Hanna escuetamente.
Ahora sí que Ismaíl miró a su antigua niñera extrañado, y también con cierta preocupación, es decir, la miró compasivamente, como se mira a las personas a las que se ha querido mucho y a las que a veces la vejez somete a confusiones y extravíos involuntarios. Observó las arrugas verticales que nacían de su boca, la lentitud de sus gestos, una especie de encorvamiento que le iba ladeando la cabeza sobre el lado derecho, y pensó que quizá en la mente de Hanna se habían roto ya los hilos del tiempo. Pero aplazó estos pensamientos y tan sólo levantó las cejas con aire interrogativo, sin interrumpirla.
– Yo había abierto el balcón del primer piso para airear la biblioteca -continuó Hanna-, y desde arriba me pareció un buhonero. Llamó a la puerta varias veces, y cuando bajé a abrir, allí estaba, golpeando los pies contra el escalón del portal para quitarse el frío. Era tan alto como tú y tenía algo en los ojos, no sé bien qué… algo que predisponía a su favor, que despertaba simpatía. Algunas personas poseen esa facultad, no se trata de nada que tenga que ver con su valor o sus virtudes, sino más bien con su naturaleza, creo. Es un don. Calzaba unas botas altas con el pantalón metido por dentro de la caña y llevaba echado encima un capote largo de fieltro más parecido a una manta grande que a un abrigo. Casi me asustó, nunca había visto a nadie ataviado con una bourka. Venía del Cáucaso, con su maletín de cuero en una mano, y todavía traía en los ojos el horror de la lepra de las montañas.