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El Juguete Rabioso

Электронная книга - «El Juguete Rabioso». Краткое содержание книги:

El juguete rabioso es la m?s autobiogr?fica de sus novelas. Est? dividida en cuatro partes que muestran a su protagonista Silvio Astier en diferentes situaciones en las que fracasa sistem?ticamente. En el primer cap?tulo `Los ladrones`, Silvio forma un club con el objetivo de efectuar robos en el barrio, los intentos son frustrados y el club se disuelve. En el segundo, `Los trabajos y los d?as` el protagonista es dependiente de una librer?a pero luego de intentar un incendio, fracasa y debe huir. En el tercero, `El juguete rabioso` Astier ingresa en la Escuela de Aviaci?n como aprendiz, pero lo expulsan. El cap?tulo culmina cuando intenta suicidarse y fracasa. En la parte final, llamadas `Judas Iscariote`, Silvio, ya mayor, entabla amistad con un rengo que es un cuidador de carros, muy humilde, en Flores. El Rengo le cuenta que quiere robar la casa del ingeniero Vitri. El protagonista lo delata y comenta que desea irse al sur.
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El odio que fermentaba en el pecho de la mujer terminaba por estallar.

Bastaba un movimiento insignificante, una nimiedad cualquiera.

Súbitamente la mujer envarada de un furor sombrío abandonaba el mostrador, y arrastrando las chancletas por el mosaico, las manos arrebujadas en su pañoleta, los labios apretados y los párpados inmóviles, buscaba al marido.

Recuerdo la escena de ese día: Como de costumbre, esa mañana don Gaetano fingió no verla, aunque se encontraba a tres pasos de él. Yo vi que el hombre inclinó la cabeza hacia cierto libro simulando leer el título.

Detenida, la mujer blanca permanecía inmóvil. Sólo sus labios temblaban como tiemblan las hojas.

Después dijo con una voz que hacía grave cierta monotonía terrible.

– Yo era linda. ¿Qué has hecho de mi vida?

Sobre su frente temblaron los cabellos como si pasara el viento.

Un sobresalto sacudió el cuerpo de don Gaetano.

Con desesperación que le hinchaba la garganta, ella le arrojó estas palabras pesadas, salitrosas:

– Yo te levanté… ¿Quién era tu madre… sino una bagazza que andaba con todos los hombres? ¿Qué has hecho de mi vida vos…?

– ¡María, callate! -respondió con voz cavernosa don Gaetano.

– Sí, ¿quién te sacó el hambre y te vistió…? Yo, strunzo… yo te di de comer -y la mano de la mujer se levantó como si quisiera castigar la mejilla del hombre.

Don Gaetano retrocedió tembloroso.

Ella dijo con amargura en que temblaba un sollozo, un sollozo pesado de salitre:

– ¿Qué has hecho de mi vida… puerco? Estaba en mi casa como clavel en la maceta, y no tenía necesidad de casarme con vos, strunzo…

Los labios de la mujer se torcieron convulsivamente, como si masticara un odio pegajoso, terrible.

Yo salí para echar a los curiosos del dintel del comercio.

– Dejalos, Silvio -me gritó imperativa-, que oigan quién es este sinverüenza -y redondos los ojos verdes, dando la sensación de que su rostro se aproximaba, como en el fondo de una pantalla, prosiguió más pálida:

– Si yo fuera diferente, si anduviera por ahí vagando, viviría mejor… estaría lejos de un marrano como vos.

Callóse y reposó.

Ahora don Gaetano atendía a un señor de sobretodo, con grandes lentes de oro cabalgando en la fina nariz enrojecida por el frío.

Exaltada por su indiferencia, pues el hombre debía de estar habituado a esas escenas y prefería ser insultado a perder sus beneficios, la mujer vociferó:

– No le haga caso, señor, ¿no ve que es un napolitano ladrón?

El señor anciano volvióse asombrado a mirar a la furia, y ella:

– Le pide veinte pesos por un libro que costó cuatro -y como don Gaetano no volvía las espaldas, gritó, hasta que el rostro se le congestionó:

– ¡Sí, sos un ladrón, un ladrón! -y le escupió su despecho, su asco.

El señor anciano dijo, calándose los lentes:

– Volveré otro día -y salió indignado. Entonces doña María tomó un libro y bruscamente lo arrojó a la cabeza de don Gaetano, después otro y otro.

Don Gaetano pareció ahogarse de furor. De pronto arrancóse el cuello, la corbata negra y arrojóla al rostro de su mujer; luego se detuvo un momento como si hubiera recibido un golpe en las sienes y después echó a correr, salió hasta la calle, los ojos saltándole de las órbitas, y parándose en medio de la vereda, moviendo la rapada cabeza desnuda, señalándola como un loco a los transeúntes, los brazos extendidos, le gritó con voz desnaturalizada por el coraje:

– ¡Bestia… bestia… bestión…!

Satisfecha, ella se allegó a mí:

– ¿Has visto cómo es? No vale… ¡canalla! Te aseguro que a veces me dan ganas de dejarlo -y tornando al mostrador se cruzó de brazos, permaneciendo abstraída, la cruel mirada fija en la calle.

De pronto:

– Silvio.

– Señora.

– ¿Cuántos días te debe?

– Tres, contando hoy, señora.

– Tomá -y, alcanzándome el dinero, agregó-: No le tengas fe, porque es un estafador… Estafó a una compañía de seguros; si yo quisiera, estaría en la cárcel.

Me dirigí a la cocina.

– ¿Qué te parece esto, Miguel…?

– El infierno, don Silvio. ¡Qué vida! ¡Dío Fetente! Y el viejo, amenazando la altura con el puño, exhaló un largo suspiro, después inclinó la cabeza sobre el fuentón y siguió mondando patatas.

– ¿Pero a qué vienen esos burdeles?

– Yo no sé… no tienen hijos… él no sirve…

– Miguel.

– Diga, señora.

La voz estridente ordenó:

– No hagas comida; hoy no se come. A quien no le guste, que se mande a mudar.

Fue el golpe de gracia. Algunas lágrimas corrieron por el ruinoso semblante del viejo famélico.

Pasaron unos instantes.

– Silvio.

– Señora.

– Tomá, son cincuenta centavos. Te vas a comer por ahí.

Y arropándose los brazos en los repliegues de la pañoleta verde, recobró su fiera posición habitual. En las mejillas lívidas dos lágrimas blancas resbalaban lentamente hacia la comisura de su boca.

Conmovido, murmure:

– Señora…

Ella me miró, y sin mover el rostro, sonriendo con una sonrisa convulsiva por lo extraña, dijo:

– Andá, y te volvés a las cinco.

Aprovechando la tarde libre resolví ir a verlo al señor Vicente Timoteo Souza, a quien había sido recomendado por un desconocido, que se dedicaba a las ciencias ocultas y demás artes teosóficas.

Presioné el llamador del timbre y permanecí mirando la escalera de mármol, cuya alfombra roja retenida por caños de bronce mojaba el sol a través de los cristales de la pesada puerta de hierro.

Reposadamente descendió el portero, trajeado de negro.

– ¿Qué quiere?

– ¿El señor Souza está?

– ¿Quién es usted?

– Astier.

– As…

– Sí, Astier. Silvio Astier.

– Aguarde, voy a ver -y después de examinarme de pies a cabeza desapareció tras la puerta del recibimiento, cubierta de luengas cortinas blancoamarillas.

Esperaba afanado, con angustia, sabedor que una resolución de aquel gran señor llamado Vicente Timoteo Souza podía cambiar el destino de mi mocedad infortunada.

Nuevamente la pesada puerta se entreabrió y, solemne, me comunicó el portero:

– El señor Souza dice que se allegue dentro de media hora.

– Gracias… gracias… hasta luego -y me retiré pálido. Entré en una lechería próxima a la casa y, sentándome junto a una mesa, pedí al mozo un café.

"Indudablemente -pensé-, si el señor Souza me recibe es para darme el empleo prometido.

"No -continué-, no tenía razón para pensar mal de Souza… Vaya a saber todas las ocupaciones que tenía para no recibirme…"

¡Ah, el señor Timoteo Souza!

Fui presentado a él una mañana de invierno por el teósofo Demetrio, que trataba de remediar mi situación.

Sentados en el hall, alrededor de una mesa tallada, de ondulantes contornos, el señor Souza, brillantes las descañonadas mejillas y las vivaces pupilas tras de los espejuelos de sus quevedos, conversaba. Recuerdo que vestía un velludo déshabillé con alamares de madreperla y bocamangas de nutria, especializando su cromo del rastaquouère, que por distraerse puede permitirse la libertad de conversar con un pobre diablo.

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