La Provincia Del Hombre
- Автор: Канетти Элиас
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Provincia Del Hombre». Краткое содержание книги:
Creo que a Goethe le toca liberarme de este despotismo. Antes de leerle por segunda vez – para dar sólo este ejemplo – me había avergonzado siempre un poco de mi interés por los animales y de los conocimientos sobre ellos que poco a poco había ido adquiriendo. No me atrevía a confesarle a nadie que en estos momentos, en medio de esta guerra, las yemas de las plantas pueden fascinarme y estimularme tanto como un ser humano. Prefería leer mitos que cualquiera de los complicados productos de la Psicología moderna; y para justificar ante mí esta sed de mitos, convertía a éstos en una cuestión científica, fijaba toda mi atención en los pueblos de los que habían surgido y los ponía en conexión con la vida de estos pueblos. Pero lo único que me importaba eran los mitos mismos. Desde que leo a Goethe, todas mis empresas me parecen legítimas y naturales; no es que sean sus empresas, son otras, y es muy dudoso que puedan conducir a algún resultado concreto. Pero él me autoriza: ¡haz lo que tengas que hacer – dice -, aunque no sea nada arrebatado y ardiente, respira, observa, medita!
Uno necesita noticias sencillas, noticias escuetas que nos hablen de la vida de los hombres de nuestra misma condición, aunque sólo sea para quitarle su espina mortal al desengaño que ocasiona nuestro propio fracaso.
¡Oh animales, queridos, terribles, moribundos animales!; ¡pateáis, os comen, os digieren y os asimilan; animales de presa y despedazados entre sangre; animales huidos, reunidos, solitarios, avistados, acosados, destrozados!; ¡animales no creados, robados por Dios; expuestos a una vida de trampas, como niños expósitos!
La maldición del tener que morir debe ser transformada en bendición: que uno pueda morir cuando vivir es insoportable.
No hay que dejarse atemorizar por los melancólicos. Su enfermedad es una especie de preocupación heredada por la digestión. Se quejan como si hubieran sido devorados y estuvieran en el estómago de otro. Jonás sería más bien Jeremías. Por esto, en realidad, cuando hablan, lo que sale de su boca es lo que ellos tienen en el estómago; la voz de la presa asesinada alevosamente pinta la muerte con colores seductores. «Ven conmigo», dice, «donde yo estoy está la corrupción. ¿No ves cómo amo la corrupción?». Pero hasta la corrupción muere y el melancólico, curado de repente, sale de caza sin dificultad alguna y de un modo inesperado.
De todas las palabras de todas las lenguas que conozco, la que mayor concentración tiene es el «I» inglés.
¿No será que estás sobrevalorando las transformaciones de los otros? Hay tanta gente que lleva siempre la misma máscara y cuando queremos arrancársela, nos damos cuenta de que es su rostro.
La mayoría de los filósofos tienen una idea muy mezquina de la variabilidad de las costumbres y de las posibilidades de los hombres.
Lo más difícil será no odiarse a uno mismo, no sucumbir al odio a pesar de que todo está lleno de odio; no odiarse sin motivo, ser justo con uno mismo como con los demás.
He aquí que vives como un mendigo de los mendrugos de los griegos ¿Qué dice de esto tu orgullo? Si encuentras en ellos lo que has pensado por ti mismo, no olvides nunca que esto, de una manera u otra, ha encontrado el camino para llegar hasta ti. Es decir, que te viene de ellos. Tu espíritu es su juguete. Eres una caña en su viento. Hace tiempo que puedes conjurar las tormentas de los bárbaros: pensar, sólo puedes pensar en el viento claro, sano y vigorizante de los dioses.
Desde hace muchos años nada ha agitado y ocupado tanto mi espíritu como el pensamiento de la muerte. El fin concreto y preciso de mi vida, la meta que, de uno modo declarado y explícito, me he propuesto seriamente es conseguir la inmortalidad para los hombres. Hubo épocas en las que quise prestarle esta meta a un personaje central de una novela al que, para mí, puse el nombre de «Enemigo de la Muerte». Durante esta guerra me he dado cuenta de que las convicciones de este género, que propiamente son una religión, hay que expresarlas de un modo inmediato y sin disfraz. De este modo voy anotando todo lo que tiene que ver con la muerte de la forma como quiero comunicárselo a los demás, y al «Enemigo de la Muerte» lo he dejado completamente en segundo término. No quiero decir que la cosa vaya a quedar así; puede que en los años venideros este personaje resucite de un modo distinto a como yo me lo había imaginado antes. En la novela tenía que fracasar en su desmedida empresa; le estaba designada una muerte honrosa; debía matarle un meteoro. Es posible que lo que más me moleste hoy sea el hecho de que tenga que fracasar. No puede fracasar, no le está permitido. Pero tampoco puedo dejarle vencer mientras sigan muriendo los hombres por millones. En los dos casos acaba siendo una pura ironía lo que está pensado con amarga seriedad. Tengo que burlarme de mí mismo. Mandando cobardemente por delante a un personaje no se hace nada. En este campo del honor me está permitido caer aun cuando me arrastren como a un chucho anónimo, aunque me denigren llamándome loco furioso, aunque me eviten como a una plaga amarga, tenaz e incurable.
A cuántos les va a merecer la pena vivir aún, cuando la gente ya no muera.
No puedo ver más mapas. Los nombres de las ciudades apestan a carne quemada.
Seis personas de uniforme alrededor de una mesa, no son dioses; deciden qué ciudades van a desaparecer en una hora.
De cada bomba un trozo rebota y vuelve a los siete días de la creación.
La Biblia está hecha a la medida de la desgracia del hombre.
Uno no está nunca lo bastante triste para mejorar el mundo. Enseguida vuelve a tener hambre.
Es horrible ver de qué manera la revolución rusa desemboca en la guerra de la que salió.
Cada vez veo con mayor claridad que en Francis Bacon se da uno de aquellos poquísimos personajes, de aquellas figuras centrales, de quienes se puede aprender todo lo que uno quiere aprender de los hombres. No sólo sabe lo que se podía saber en su tiempo; continuamente está diciendo lo que piensa sobre esto que sabe, y con lo que dice persigue metas muy claras. Hay dos tipos de grandes espíritus; los abiertos y los cerrados. Él pertenecía a los últimos: ama los fines; sus intenciones son limitadas, siempre quiere algo y sabe lo que quiere. Instinto y conciencia coinciden totalmente esta clase de hombres. Lo que la gente ha llamado su enigma es el hecho de que sea tan poco enigmático. Tiene mucho en con Aristóteles, con quien se está midiendo continuamente; quiere terminar con el imperio de Aristóteles. Essex es su Alejandro. Por medio de él quiere conquistar el mundo; muchos de sus mejores años los dedica a este plan. Así se da cuenta que se está condenado al fracaso, abandona sin más. El poder en cualquiera de sus formas es lo que le interesa a Bacon. Es un hombre sistemáticamente enamorado del poder. No deja de investigar ninguno de sus escondrijos. Las coronas sólo no le bastan, por mucho que a sus ojos aparezcan como algo resplandeciente y maravilloso. Sabe hasta qué punto es posible gobernar en secreto. Lo que le fascina de un modo especial es que el hombre, después de su muerte, pueda seguir gobernando como legislador y filósofo. Las ingerencias de fuera, los milagros, los desprecia, a no ser que sean medios escogidos para gobernar a los crédulos. Para quitarles fuerza a los milagros del pasado tiene que intentar hacer él milagros. Su filosofía del experimento es un método de atacar a los milagros y robarlos.