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Factor de humanidad [Factoring Humanity - es]

Электронная книга - «Factor de humanidad [Factoring Humanity - es]». Краткое содержание книги:

En el año 2007 se detecta una señal procedente del espacio profundo. Misteriosos e ininteligibles flujos de datos son recibidos durante diez años. Entonces la señal se detiene.
Heather Davis, profesora de la Universidad de Toronto, ha dedicado toda su carrera a descifrar el mensaje. Mientras, su vida personal ha sucumbido: una hija suicida, un matrimonio destrozado. Pero es ella quien finalmente descifra el mensaje. Descubre una sorprendente tecnología nueva que puede abrirse paso a través de las barreras del espacio y el tiempo, con la promesa de una nueva etapa en la evolución humana. Parecen cercanos una capacidad de exploración ilimitada... o el final de la raza humana.
Factor de humanidad es una novela de implicaciones morales, técnicas y sociológicas. Describe una forma de comuni-cación con una civilización que supera hasta límites insospecha-dos a la nuestra, pero también es la historia de cómo se puede destruir una pareja por una mentira, y lo difícil que puede ser reconstruirla.
El canadiense Robert J. Sawyer ganador del Premio Nebula y nominado al Premio Hugo por Factor de humanidad, habiendo sido finalista los cuatro últimos años, es uno de los autores más aclamados y respetados del momento en Estados Unidos.
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—Bueno, sé con seguridad que los recuerdos de Becky son falsos. Pero lo que no comprendo es de dónde pueden venir esos recuerdos.

—La teoría más común es que son implantados.

—¿Implantados? —lo dijo como si no hubiera oído la palabra nunca antes.

Heather asintió.

—En terapia. Yo misma he visto el principio básico en acción, con niños. Haces que un niño te visite todos los días durante una semana. El primer día, le preguntas cómo le fueron las cosas en el hospital después de que se cortara el dedo. Él dice: “Nunca he estado en el hospital”. Y es cierto. Pero se lo vuelves a preguntar mañana, y al día siguiente, y al otro. Y al final de la semana, el niño está convencido de que fue de verdad al hospital. Te podrá contar una historia detallada y consistente sobre su visita… y creerá que sucedió de verdad.

—Más o menos como Biff Loman.

—¿Quién?

Muerte de un viajante. Biff no era un niño, pero cuando le dice a su padre, “Me limaste tanto la bola que nunca pude soportar tener que aceptar órdenes de nadie”, llegó a estar convencido por su padre de que realmente había tenido un puesto mucho mejor en la compañía que el bajo lugar que ocupaba ahora.

—Bueno, eso puede pasar. Los recuerdos pueden implantarse, incluso a través de sugestiones y repeticiones constantes. Y si un psiquiatra lo aumenta con hipnosis, pueden crearse recuerdos falsos realmente inamovibles.

—¿Pero por qué demonios iba a hacer un psiquiatra eso?

Heather se entristeció.

—Citando un viejo chiste del departamento de psicología, hay muchos caminos hacia la salud mental, pero ninguno tan lucrativo como el análisis freudiano.

Kyle frunció el ceño. Guardó silencio durante unos segundos, como si decidiera si hacer o no otra pregunta. Y por fin la hizo.

—No intento llevarte la contraria, pero la declaración de inocencia por mi parte no ha sido para tirar cohetes. ¿Por qué crees que los recuerdos de Becky podrían ser falsos?

—Porque su psiquiatra sugirió que mi padre podría haberme molestado también.

—Oh —dijo Kyle. Y luego añadió—: Oh.

Capítulo 8

Después de que Kyle se marchara a casa, Heather permaneció sentada en el salón a oscuras, pensando. Hacía tiempo que tendría que haberse metido ya en la cama: mañana tenía una reunión a las nueve.

Maldición, tal vez el imsomnio de Kyle era contagioso. Estaba agotada, pero demasiado nerviosa para dormir.

Le había dicho algo a Kyle, palabras murmuradas sin pensar, y ahora estaba intentando decidir si las creía o no.

Pero esas cosas: una guerra, la explosión de un coche, incluso la muerte de un hijo, son cosas comunes. No son impensables: de hecho, no hay un solo padre vivo que no tema que le ocurra algo a uno de sus hijos.

Pero no era un «algo» indefinido lo que le había sucedido a Mary. No, Mary se había quitado la vida, cortándose las venas. Heather no se lo esperaba, ni se lo temía. Había sido tan sorprendente para ella como… como… bueno, como lo que supuestamente había visto Eileen Franklin, la violación y el asesinato de su amiga de la infancia a manos de su propio padre.

Pero Heather no había aislado los recuerdos de lo que le había sucedido a Mary.

Porque…

Porque, tal vez, el suicido no era impensable.

No se trataba, naturalmente, de que Heather hubiera pensado nunca en quitarse la vida… no en serio, al menos.

No, no, no era eso. Pero el suicidio había tocado su vida una vez ya, en el pasado.

No solía pensar en ello.

De hecho, no había pensado en ello durante años.

¿Habían sido reprimidos los recuerdos? ¿Los había sacado a la luz la tensión reciente?

No. Seguro que no. Seguro que podría haberlo recordado todo en cualquier momento y había decidido no hacerlo.

Heather tenía dieciocho años, recién salida del instituto, y salía de la pequeña ciudad de Vegreville, Alberta, por primera vez, para cruzar medio continente hasta el gigantesco y metropolitano Toronto. Había probado muchas cosas nuevas aquel primer año salvaje. Y había emprendido un curso de iniciación a la astronomía: siempre le habían encantado las estrellas, aquellas puntas de cristal sobre la llana pradera del cielo.

Heather se enamoró como una tonta del ayudante del profesor, Josh Huneker. Josh era seis años mayor, estudiante postgraduado, delgado, con delicadas manos de cirujano, tristes ojos azul claro, y los modales más amables y educados que había conocido jamás.

Naturalmente, no fue amor… no realmente. Pero eso pareció entonces. Ella quería ser amada, estar con un hombre, experimentar, hacer acopio de experiencias.

Josh pareció… no indiferente, pero sí tal vez ambivalente hacia las claras atenciones de Heather. Se conocieron al principio del año académico, en septiembre. El día de Acción de Gracias canadiense, cinco semanas más tarde, ya eran amantes.

Y eso fue todo lo que ella pudo esperar. Josh era sensible y simpático y amable, y después, conversaba con ella durante horas: sobre la humanidad, sobre ecología, sobre las ballenas, sobre las selvas tropicales, y sobre el futuro.

Salieron intermitentemente durante gran parte de aquel curso. Sin compromisos: Josh no parecía querer ninguno, y, la verdad fuera dicha, tampoco Heather. Pretendía ensanchar sus experiencias, no sentar la cabeza.

En febrero, Josh tuvo que marcharse. El Consejo de Investigación Nacional de Canadá instaló un radiotelescopio de cuarenta y seis metros en el Lago Traverse, en Parque Algonquino, una enorme zona de bosque salvaje y placas precámbricas en el norte de Ontario. Josh tenía que pasar una semana allí, ayudando a controlar el equipo.

Y se marchó. Pero el otro astrónomo que lo acompañaba enfermó de apendicitis. Una ambulancia aérea lo llevó desde el edificio del telescopio hasta un hospital en Hunstville.

Josh se quedó, pero entonces las tormentas de nieve impidieron que nadie fuera a reunirse con él. Se quedó solo con el telescopio gigante durante una semana, cubierto de nieve.

No tendría que haber habido ningún problema; había suficiente comida y agua para atender a dos personas durante toda la estancia prevista. Pero cuando las carreteras finalmente se despejaron y alguien pudo llegar al observatorio desde Toronto, encontraron muerto a Josh.

Se había suicidado.

Heather no tenía ninguna relación especial con él; la policía nunca se lo notificó directamente. Se enteró por un artículo en The Toronto Star.

Decía que se había suicidado después de discutir con su amante.

Heather sabía que Josh tenía un compañero de habitación. Había visto a Barry (estudiante de filosofía con la barba muy bien recortada) varias veces.

Pero no se había dado cuenta de lo íntimos que eran Josh y Barry, ni de hasta qué punto ella había sido… bueno, si no un peón, sí un factor que complicaba la problemática relación que tenían.

No, no solía pensar a menudo en eso.

Pero sin duda había hecho mella. Tal vez se sorprendió menos que la mayoría de las madres cuando resultó que su hija tenía demonios ocultos y asuntos por resolver… cuando su propia hija se quitó la vida.

Y si no hubiera sido un shock grande e impensable, entonces no podría haber reprimido los recuerdos de la muerte de Mary… no importaba cuánto hubiera querido hacerlo.

A varios kilómetros de distancia, Kyle estaba acostado en su cama, en su apartamento de una sola habitación, tratando de dormir.

Recuerdos falsos.

O recuerdos reprimidos.

¿Había algo en su vida que hubiera sido tan traumático, tan doloroso que, si pudiera, lo hubiera borrado de su memoria?

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