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Электронная книга - «La Cruz Del Nilo». Краткое содержание книги:

Joa continúa buscando a sus padres, una forma de conectar con ellos, negándose a aceptar el silencio. Por fin, una llamada de Gonzalo Nieto, maestro y amigo de su padre, arqueólogo famoso como él, la pone sobre una nueva pista que la traslada a Egipto. Sin embargo, Gonzalo Nieto no llegará a acudir a su cita con ella en El Cairo. Es asesinado unas horas antes. Desde ese momento Joa tendrá que sumergirse en la resolución de una sucesión de enigmas partiendo de un jeroglífico egipcio, en una carrera a contra reloj perseguida por una secta de fanáticos dispuestos a todo por guardar el secreto que protegen.
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A veces era muy expresivo.

– Persona conflictiva -manifestó lleno de falso pesar.

– ¿Usted cree?

– Madre desaparece. Padre desaparece, reaparece, vuelve a desaparecer… No va nunca a Barcelona. Viaja de un lado a otro del mundo…

– ¿Eso me hace ser conflictiva?

– Tiene amigos poderosos.

– ¿Yo? -la sorpresa no tuvo límites.

– Usted sabe.

– No, no sé.

– ¿Conoce alguien embajada de Estados Unidos?

– No -abrió unos ojos como platos.

– Ellos a usted, sí.

Logró despertar toda su curiosidad.

– Oiga, ¿de qué me está hablando? -se plantó delante de él con los brazos cruzados.

Kafir Sharif tardó tres segundos en responder.

Primero sostuvo su mirada.

– Yo recibí hoy llamada embajada americana.

Los ojos de Joa se dilataron un poco más.

– ¿Sorprendida?

– ¿A usted qué le parece?

– Llamada dice usted es buena persona. Se interesa por investigación. Y por su estado. Yo digo que usted es libre y agregado feliz.

Ya no sólo era pasmo. Era inquietud.

Joa se estremeció.

– ¿No sabe nada, señorita Georgina Mir?

– No.

– Llama hombre de embajada y usted no sabe nada.

– ¡No, no sé nada! -lo expuso con energía y un atisbo de miedo.

– Yo no creo -lamentó el policía.

– ¿Sabe qué le digo?, que me da igual lo que usted crea. Hay cosas inexplicables y punto. ¿No es policía? Averigüe qué está pasando. Por ejemplo qué sucede con los Defensores de los Dioses.

Logró impactarle, aunque sólo le delató un destello en sus pupilas.

– ¿Defensores de los Dioses?

– Le mataron con su ritual, todo eso de las tres dagas, no se haga el despistado. Yo también sé investigar.

– Bien.

– ¿Bien, qué?

– Vieja leyenda cobra vida ahora. Yo investigo.

– ¿Y?

– Defensores de los Dioses no existen.

– Ya -su sarcasmo proyectó un aura de desparpajo a su alrededor.

– Alguien copia método -lo justificó él.

– Así que en lugar de hablar de unos fanáticos pasamos a hacerlo de unos burdos imitadores que saben algo de historia antigua.

Kafir Sharif no respondió.

Ya no.

Tampoco sonreía. Su largo bigotito parecía un trazo inmóvil en mitad de un rostro hierático. Los ojos flotaban ingrávidos, revestidos de inalterable calma.

– ¿Tiene algo más que decirme, inspector?

El hombre dio un paso atrás y se inclinó ligeramente.

– Buenas noches, señorita Georgina Mir -le deseó.

Empezaba a odiar la forma en que decía una y otra vez lo de «señorita Georgina Mir».

– Buenas noches, inspector -se rindió ella.

Caminó hasta la puerta del hotel notando la mirada del egipcio fija en su cuerpo. Se le antojó que tardaba una eternidad en cruzar hasta llegar al amparo del ascensor.

No soltó un grito de rabia hasta sentirse sola y a salvo en su suite.

11

Tenía que madrugar, levantarse temprano, pero lo que menos la dominaba era la sensación de sueño. Y encima todavía le pesaba el maldito jet lag, que no siempre se superaba en un par de días. Se desnudó, miró las luces de las pirámides desde la terraza exterior de su suite, la piscina iluminada del hotel, y acabó poniendo la televisión. Un barrido por los cien canales de que disponía no le ayudó demasiado. Todos los informativos se hacían eco de las reuniones de científicos, congresos y conferencias para hablar del cambio climático. De pronto todo era urgente. Años de desidia y permisividad y ahora… a correr. Cualquier experto más o menos reconocido opinaba sobre el tema y el futuro del planeta.

Cerró la conexión y entonces supo la verdad.

Necesitaba hablar con alguien.

David.

Calculó la diferencia horaria, unas horas menos en España, y marcó el número empleando su móvil. No quería dejar rastro y que Kafir Sharif hiciese más preguntas. Al otro lado de la línea la voz del hombre al que amaba inesperadamente desde hacía poco más de tres meses surgió igual que una bocanada de aire fresco.

– Joa.

– Buenas noches.

– ¿Dónde estás?

Siempre era la primera pregunta.

– En El Cairo.

– ¿Qué te ha dicho Gonzalo Nieto?

– Nada.

– ¿Cómo que…?

– Le mataron la misma noche que me llamó a Camboya.

El silencio no fue largo, pero sí dramático. Un silencio hecho de miedos y asombro. Joa se dio cuenta de que no estaba preparada para afrontarlo. Había llamado a David sin meditar antes lo que iba a decirle o a contarle, para que supiera la verdad pero no se inquietara en exceso.

Algo imposible.

0 difícil.

– Cuéntamelo, ¿quieres? -la voz reapareció envuelta en un suspiro.

Lo hizo, sin obviar detalles. Era inútil cambiar las cosas y aquello no era un juego de niños. Le habló del crimen, de las dagas, de su paso por comisaría de la mano de Kafir Sharif, de lo que ella misma había averiguado acerca de los Defensores de los Dioses y de su misteriosa cita con el hombre del museo. David mantuvo silencio en todo momento hasta el final.

– Ellos estuvieron aquí hace siglos, igual que en Yucatán -reflexionó.

– Es evidente, y cuando se marcharon se creó esa organización, secta, o lo que fuera entonces, para proteger su legado.

– ¿Y dónde está ese legado?

– Siempre se ha dudado de que las pirámides fueran hechas por manos humanas.

– Especulaciones…

– Puede que haya más, algo enterrado bajo las arenas del desierto.

– Y ese arqueólogo lo encontró.

– No estoy segura de eso. Lo único que dijo fue que había dado con algo y que sólo yo lo entendería. «Entender» no se parece en nada a «ver», así que tal vez no se trate de algo tangible. Me habló de una puerta, o una llave para abrirla. No pudo ser más ambiguo.

– ¿Por qué no le has contado esto a la policía?

– Porque ese inspector me pone los pelos de punta. Según él la secta no existe, es una leyenda del pasado. Dice que lo de matar al profesor con esas tres dagas es por imitación, algún fanático o algo así.

– No deja de tener lógica.

– Esto es Egipto, David. En ninguna parte circulan más leyendas acerca de sus tumbas, misterios, venganzas y demás historias que aquí. Puede que la mayoría sean ficticias, inventadas o sumas de casualidades. Pero algunas han de ser ciertas. Y pesan.

– ¿Qué vas a hacer ahora?

– Mañana me voy con el hijo de Gonzalo Nieto al Valle de los Reyes. Su padre trabajaba allí en la excavación de una de las nuevas tumbas, la TT 47.

– ¿Y si estás en peligro?

– Debo arriesgarme.

– Joa…

– Tendré cuidado. Si le mataron para que no me contara nada, ya está hecho. De momento yo no soy ninguna amenaza. Y si tenía algo…, es evidente que se lo quitaron. Quizá nunca sepa qué vio o encontró.

– Lo siento, cariño.

Se mordió el labio inferior antes de decir aquello.

– El inspector Sharif me dijo algo que sí me inquietó.

– ¿Qué es?

– Que le habían llamado de la embajada norteamericana interesándose por mí.

– ¿Qué?

– Están ahí fuera, en alguna parte, David -Joa cerró los ojos-. Quizá no se atrevan a ponerme la mano encima después de lo de Guantánamo, pero están ahí, al acecho, seguramente escuchándonos. Puede que me hayan seguido desde el primer día, todos estos meses, espiando lo que hago. Soy su única conexión con ellos.

Siempre decía «ellos». Ni siquiera tenían nombre.

– ¿Quién llamó a ese policía exactamente?

– Un agregado de la embajada, creo. Sólo eso.

– Voy a coger el primer avión.

– ¡No!

– ¡¿Por qué no?!

– ¡Te llamaré si te necesito, te lo prometo!

– Joa, estás jugando con demasiadas barajas.

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