La vida te despeina: Historias de mujeres en busca de la felicidad
- Автор: Montero Rosa, Серрано Марсела
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La vida te despeina: Historias de mujeres en busca de la felicidad». Краткое содержание книги:
En medio de una propuesta previsible, es interesante el acceso a textos de narradoras de primer nivel de América Latina y de Europa. Textos conocidos, otros inéditos, relatos que forman parte de libros ya publicados y exitosos, nuevas tramas preparadas exclusivamente para este libro, forman parte de La vida te despeina.
Desde las argentinas María Fasce, Luisa Valenzuela o Ana María Shua, entre otras; hasta la nicaragüense Gioconda Belli o la uruguaya Claudia Amengual; o Rosa Montero y Susanna Tamaro, las únicas no latinoamericanas, hay 15 relatos para hurgar con la levedad del pelo recién lavado y espumoso en cierta literatura hecha por mujeres.
– No, no deberías tener auto -ratificó Tato-. Te hace demasiado independiente, demasiado inalcanzable. Si tenés auto sos vos la que lleva a los otros hasta su casa y después se vuelve sola.
¿Se vuelve sola? Dios mío.
– Vos sos una mujer, tendrías que estar más disponible, más vulnerable, más… accesible. Este auto te protege tanto que no hay manera de llegar.
Se hizo un silencio. Rebeca había abandonado sus intentos de arrancar el auto. Unas personas salieron del edificio, pero ninguna era Gwyneth Paltrow.
– Bueno -dijo entonces Rebeca-, abandonémoslo.
Salieron del auto y se tomaron un taxi.
Rebeca miró la hora con alguna impaciencia y venció la tentación de abrir el diario. Tenía su filosofía con respecto a la conducta en los taxis:
a. Nunca leas nada en un taxi: el chofer se va a pasar “porque estaba distraído” y el viaje va a salir más caro y más largo.
b. Si el chofer es extremadamente simpático y conversador, vigila el reloj, seguro que está acelerado.
El taxi avanzaba penosamente por Viamonte y se detenía en cada luz amarilla como si tuviéramos la vida por delante. Por fin llegaron a la peluquería. Piero estaba apenas comenzando un brushing: media hora por lo menos y no había forma de eludir la cosa. Hoy su jefe, Memelsdorff, le iba a presentar al Dr. H., el jefe de todos los jefes. Acá Rebeca podía leer tranquila el diario, pero antes estaba el Para Ti, lo primero es lo primero.
– ¿Me permite el diario? -Era un hombre, que al parecer esperaba su turno también. Perfecto traje y corbata, parecía un poco fuera de lugar en la peluquería.
– Bueno, no -dijo Rebeca-. Sabe qué pasa, todavía no lo leí.
– Entiendo -dijo el hombre, pero se quedó mirándola.
– Es una debilidad que tengo -Rebeca se sintió en la obligación de agregar-: No me gusta que nadie abra el diario antes que yo. Me ha costado un par de novios y una mucama.
– Tiene razón -dijo el hombre con toda seriedad-. Hay que tener claras las prioridades en la vida.
Rebeca apartó la mirada del Para Ti (Un jardín de invierno ganado al balcón) y lo miró con los ojos entrecerrados por la suspicacia. Después de un momento y sin decir palabra le alcanzó el diario y volvió a la revista.
Ese fue el comienzo de una bella amistad. El hombre, llamado Villa, se dedicaba a la compraventa de autos usados.
– No me diga. Yo tengo un auto abandonado por ahí. ¿No quiere venderlo?
– ¿Un auto abandonado? ¿Qué quiere decir?
Villa no podía creer que Rebeca hubiera dejado un Clio nuevo abandonado en una calle de Palermo hacía ¿dos, tres meses? Algo así. ¿Tenía algún problema? No arrancaba. ¿Eso es todo? Bueno, es una larga historia. Villa miró a su alrededor como si buscara una respuesta en alguna parte. Nadie le prestó atención. Va a haber que cambiarle la batería, eso es seguro. ¿Estás segura de querer venderlo? Ya se tuteaban, la situación lo merecía. Debo tener las llaves por aquí en alguna parte, dijo Rebeca mientras metía la mano en su cartera abismal.
Veintidós días más tarde Villa la llamó por teléfono e hicieron una cita en el bar contiguo a la peluquería, tal vez por cábala. Rebeca apenas prestó atención al relato del hombre y los papeles que le daba. Después de descontar gastos y comisiones, le entregó una buena cantidad de dinero y una fuerte recomendación de hacer el trámite de la transferencia, que ella por supuesto olvidó al instante. Rebeca estaba feliz e invitó el café.
Poco después de aquellas navidades Tato Welsh se fue a Seattle a un congreso de arquitectos y no volvió nunca más. Rebeca pensaba en él cada vez que buscaba un taxi. Extrañaba su auto con desesperación. Ahora era una chica accesible y vulnerable que no conseguía taxi. Marzo tórrido en Buenos Aires: la gente loca y el pavimento derretido por el sol. Rebeca fue a la oficina en colectivo.
Donato, su jefe, la esperaba con buenas y malas noticias. La mala noticia era que esa tarde tendría que hacer sola la presentación de Furmann (cliente principal de la agencia) porque él tenía que ir a Madrid por diez días.
¿Esa es la mala noticia? Rebeca puso una cara neutra y se reservó su comentario.
La buena noticia era que le dejaba el auto. Memelsdorff viajaba con su mujer y no quería dejar el auto al alcance de su hijo de diecisiete años.
Rebeca se dejó puesta su cara neutra. Tenía muchas leyes para su vida de trabajo, pero en este caso sólo pensó en una:
a. No beses a tu jefe en la boca no importa lo que pase.
Furmann aprobó todo (por supuesto) y prácticamente no discutió las condiciones. Si había un momento para celebrar, era éste.
El auto de Donato la esperaba en el estacionamiento de la empresa, majestuoso y solitario. Era un Audi A4 azul profundo, con el tapizado de un gris sutil sutil. Oh Dios.
Rebeca accionó el aparatito a dos metros de distancia, pliqui, y las cuatro perillas de seguridad se abrieron al mismo tiempo. Oh Dios.
Entró al auto, oh Dios, y dejó que el cuero suave de ese gris sutil sutil la envolviera. Cerró los ojos, hacía rato que no sentía tanto placer. El asiento de ese auto era como el abrazo de una madre, como el pecho de un hombre, como un edredón de plumas sobre unas sábanas muy suaves, muy tirantes. El olor de la tecnología, el arrullo del futuro. Oh Dios.
Rebeca encendió el motor, un ronroneo, y salió del estacionamiento. Con infinita cautela, el auto era enorme.
En dos minutos exactos se sintió como si toda la vida hubiese manejado autos de ese tamaño. Tomó el bajo, Figueroa Alcorta, el río. Puso música, aire acondicionado, se dejó, se dejó. Nunca se sintió más vulnerable, más disponible.
Si no miraba el tablero ni se daba cuenta de que iba a ciento sesenta kilómetros por hora. Cómo pudo vivir dependiendo de los taxistas con sus radios estridentes. Con su olor a tabaco y desinfectante.
Se sintió protagonista de todos los avisos publicitarios. Alta y bella. Ay, Tato, existen tantas formas de ser accesible.
Los diez días pasaron también a toda velocidad. Rebeca devolvió el auto perfectamente lavado y con el tanque lleno. Rebeca es un caballero.
Más tarde, en su escritorio, tomó el teléfono y pensó un instante. ¿Un minicooper? ¿Soportaría tanta sensualidad? No. Esto no era una aventura sino matrimonio. Llamó a la agencia de siempre y preguntó cuáles eran los colores nuevos del Megane.
Rosa Montero
Los besos de un amigo
ROSA MONTERO nació en Madrid en 1951. Es narradora y periodista. Publicó las novelas Crónica del desamor, La función delta, Te trataré como a una reina, Bella y oscura, y La hija del caníbal (Premio Primavera de Novela 1997). Es autora además de los libros Amantes y enemigos, Pasiones e Historias de mujeres. “Los besos de un amigo” pertenece a su libro de cuentos Amantes y enemigos (1998).
Se llamaba Ruggiero y era vecino de Ana: ella vivía en el segundo y él en el sexto. Ruggiero era italiano, periodista, corresponsal en España del Corriere della Sera. Tenía treinta y cinco años, una esposa llamada Johanna y tres niños pequeños, lindos y rubísimos. Cuando salían juntos y te los encontrabas en el portal, tan guapos y educados, parecían un anuncio publicitario. Toda esa opulencia familiar, en fin, colocó a Ana desde el mismo principio en desventaja.
Y no es que la vida de ella estuviera desprovista de cosas, ni mucho menos. En su profesión estaba atravesando momentos muy dulces. Era restauradora, y había conseguido convertirse, pese a ser mujer, en un chef de prestigio (no hay un ejemplo más despiadado de machismo que el hecho de que las mujeres sean siempre las cocineras de tropa, mientras que el generalato de los chefs es ocupado por los varones); había conquistado una estrella Michelin, un puñado de premios, estupendas críticas. Además le gustaba escribir y publicaba una sección no de recetas, sino de artículos sobre gastronomía, en uno de los diarios nacionales. Era lo que la gente entiende por una persona triunfadora. Ahora bien, el éxito profesional no es un talismán; aunque endulza la vida, no te garantiza una protección total contra la pena negra. El mejor cocinero del mundo, por ejemplo, puede ser un maníaco depresivo que desee morir tres veces cada noche.