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El Comisario Va En Coche Al Muere

Электронная книга - «El Comisario Va En Coche Al Muere». Краткое содержание книги:

Este libro puese der leído como una novela: del género tiene el ritmo, elementos de suspenso y aun de misterio y una acción que jamás decae. Todo cuanto se relata, sin embargo, es minuciosamente histórico. Auténticos son los personajes, auténticos los hechos, auténtico el entorno en que ellos suceden. Apoyado en una profunda documentación, el autor reconstruye una época muy particular y unos personajes que perduran todavía en la memoria colectiva de los uruguayos: los anarquistas expropiadores, el comisario Pardeiro, el terrible Faccia Brutta. Y con ellos, los episodios en los que estuvieron involucrados: el sangriento asalto al Cambio Messina; el asesinato del pagador del Frigorífico Nacional; la célebre fuga por el túnel que iba del Penal de Punta Carretas a la Carbonería del Buen Trato.
La muerte del comisario Pardeiro en el cruce de Monte Caseros y Bulevar Artigas, que cierra la historia en el mejor estilo de una tragedia griega, está memorablemente narrada. Como lo está la reconstrucción histórica de ese Montevideo todavía eufórica en medio de los fastos de los dos Centenarios, de las victorias deportivas, de una prosperidad que muchos creían inagotable.
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Paz, conocido por el seudónimo de El Capitán, evadido de la cárcel de La Plata, no es tampoco aquel hombre que, desde el fondo del cuarto de prisión de la seccional dieciséis, parecía desafiar altivamente aquella mañana la curiosidad del público con su clara mirada fija e imperturbable, que en la penumbra daba la impresión de la de un felino en acecho. Jovial y dicharachero, se coloca a nuestro lado y comienza a hablarnos de sus ideas y parece desesperarse porque ellas no sean comprendidas por todo el mundo, lo que atribuye a la deficiente prédica de los órganos anarquistas, que no explican con claridad cuál es su modo de pensar.

“Nosotros no somos asesinos, luchamos -nos dice- porque creemos que en la humanidad existe el mal y el bien. Nuestra lucha no es sólo contra quienes aprovechan el trabajo de los hombres para conseguir privilegios inmerecidos de la vida: la fortuna, el bienestar mal ganado; sino para tratar de sustraer a los hombres de trabajo que contribuyen a que el mal prospere coadyuvando a la acción de los poderosos… En fin, son ideas que es necesario explicar y que no es extraño que no sean comprendidas. Entre nosotros, los compañeros, he notado, muchas veces, que no existe coordinación”.

En el modo de pensar, Paz nos expresa el deseo de que hagamos pública, si es posible, la sustancia de los ideales que lo han guiado a las filas del anarquismo, sosteniendo que todos los pasos de su vida no tienden sino a lograr la realización del bien, tal cual ellos lo entienden.

Moretti conversa animadamente con su cantaradas, cambiando impresiones sobre la sorpresa policial y sobre su estancia en la comisaría, en investigaciones y en la cárcel. Está lleno de anécdotas que refiere con todo calor y premura a su oyente, Malvicini, que a su vez le trasmite las suyas.

Dassori está a nuestro lado, escuchando con toda atención las palabras de nuestros interlocutores y observando cómo tomamos los apuntes. Está serio, retraído, se dijera que preocupado.

Parece que Roscigno se diera cuenta de esa actitud, porque de pronto nos dice: “En primer término le pido que desmienta la versión que han dado algunos diarios de que nosotros desconfiamos de que Dassori haya podido ser el que dio la dirección del refugio a la policía. Nunca lo creí, ni lo dije. Tenemos absoluta confianza en él y puede repetir que nos recibió creyendo que recibía a tres deportados argentinos y que yo me llamaba Manuel…, el apellido no importa”.

Las relaciones entre ellos y Dassori no deben ser en realidad tan íntimas, pues más tarde tenemos oportunidad de comprobar que mientras Roscigno tutea en el transcurso de las conversaciones a los demás, trata de usted al inquilino principal de la calle Curupy y General Flores.

Se nos acerca Paz para solicitarnos -antes de entrar en materia- que digamos que es falso el papel de director, inspirador o jefe de ellos que se le atribuye a Roscigno, pero el aludido toma de inmediato la palabra para expresarnos -en un lenguaje que por su corrección, dicho al dictado, nos llama la atención en todo el transcurso del largo reportaje- lo siguiente:

“Nosotros no admitimos director o jefe. Somos anarquistas a secas. Somos enemigos de cualquier clase de autoridad, y no admitimos que los hombres se junten y haya quien los mande. El mismo modo de pensar tenemos con respecto a nuestra vida íntima. Pues no creemos que haya más autoridad que la moral, pero buenamente aceptada. Así creemos que el hombre que es amigo de la mujer, debe considerarla una compañera y no una esclava; que los hijos son los amigos más pequeños a los que debemos tratar de amparar y orientar por el camino del bien. En sus hogares nuestros compañeros siguen esas mismas orientaciones morales”.

Roscigno, -decimos entonces- tendríamos interés en ofrecer a nuestros lectores un relato de los episodios de la evasión. Nuestras preguntas serán muchas y el tiempo es corto: ¿quiere darnos algunos detalles sobre eso?

“El trabajo del túnel lo hemos hecho de muy perfecto acuerdo y muy a gusto -nos responde Paz y agrega-: Empezamos por decir que estamos satisfechos con la obra, que concuerda perfectamente con nuestro modo de pensar”.

Y podría agregarse -nos apunta Roscigno- que lamentamos no haber podido hacer totalmente el cambio de nuestra libertad por la de los compañeros a quienes procuramos hacer evadir, pues uno de ellos, Moretti, ha vuelto a la cárcel”.

Entrando en materia y habiendo ya accedido a las distintas solicitudes de los reporteados, procuramos obtener de Roscigno y de López -el carbonero Don Luis- algún detalle sobre la misteriosa personalidad de Gino Gatti, pero como viéramos que todos cambiaban entre sí una expresiva sonrisa, aprestándose a darnos respuesta inventada, nos negamos a tomar nota de la filiación, advirtiéndoles que no era nuestro objeto desorientar la investigación con datos falsos, sino trasmitir solamente las referencias que quisieran facilitarnos sobre la actuación que les cupo en el asunto. Don Luis, que ahora luce los mismos lentes de aro de carey que tanto conocieran los vecinos de la calle Solano García, empieza su relato de esta forma:

“Habíamos adquirido otro terreno más atrás del que actualmente ocupaba la carbonería, porque nuestra intención era hacer el túnel con salida al lavadero, pero después compramos el otro que enfrentaba mejor el celdario.

Inmediatamente se construyó el galpón y la barraquita, viniendo Gino Gatti con su señora y su hijita. El galpón se terminó a principios de agosto (de 1930). Entonces aparecí yo que ya había llegado a Montevideo, pero que todavía no había aparecido por la carbonería, hasta esa misma fecha. Recién entonces se compró el reparto a otro carbonero (Benjamín Donsinsky), instalándonos definitivamente. En esa época comenzó el trabajo del túnel”.

“La fecha precisa -interrumpe Roscigno- fue a principios de setiembre. Entre Luis y yo comenzamos la obra”.

“Lo más dificultoso -apunta Don Luis- fue la orientación y la profundidad Pero para eso nos valimos de una falsa escuadra que construimos de esta forma: tomamos por punto de dirección el codo o el ángulo del edificio interno, junto al cual estaba el cuarto de baño. Tirada la visual en recta hacia esa dirección, medimos el ángulo que aquella hacía con la otra recta que corría en dirección a las tablas del piso de la carbonería.

¿Fue ese el compás de tabla que hallamos nosotros abandonado en la trastienda del comercio?”

“Precisamente -explica Roscigno- ese compás fue el que nos sirvió para ir exactamente al punto que nos interesaba. La segunda complicación fue más dificultosa de resolver; se trataba de establecer la profundidad a que debíamos excavar. Nos valimos de una regla de dos metros de largo que contraloreada por un nivel, pusimos en perfecta vertical. Por medio de dos clavos que habíamos colocado en aquella y que nos servía de punto de referencia, obtuvimos el ángulo de latitud, adoptando como punto de observación una de las rayas que cubren el muro exterior de la cárcel y que hacen la imitación a piedra. Ese ángulo marcó dos rayas y media. Una buena tarde, Luis cruzó disimuladamente junto al muro y tomó con su persona la altura a que se hallaban dichas rayas. Medimos sencillamente la altura de Luis, y con un simple cálculo, sin llamar la atención, obtuvimos que era un metro ochenta y cinco. Un paseo por los alrededores del muro que da a la calle García Cortinas nos dio la grata sorpresa de observar que allí el cimiento estaba completamente al descubierto. Lo medimos y supimos así que el cimiento de la cárcel está a dos metros de profundidad. Hecha la suma teníamos que desde el piso de nuestra casa hasta la base de los cimientos de la cárcel, había tres metros ochenta y cinco de profundidad. Pero tropezamos todavía con un grave inconveniente: el patio interior del penal está a un nivel inferior de la calzada exterior ¿Cuánto medía ese desnivel? Eso nos dio mucho trabajo, pero el carbonero Luis se ingenió de modo que algunos visitantes de los presos contaran cuantos escalones habían bajado para llegar hasta el patio carcelario. Esos escalones fueron, también, disimuladamente medidos. Nos completaron la cuenta, de modo que el túnel que tenía una exacta orientación, tenía también una exacta profundidad”.

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