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Электронная книга - «Casi Un Caballero». Краткое содержание книги:

A instancias de su padre, Lady Victoria Wexhall se ve forzada a viajar de Londres a la finca rural del vizconde Sutton, en Cornualles, donde no se interesa tanto por el noble como por su hermano menor, el doctor Nathan Oliver, un antiguo espía. El destino ha vuelto a unir a Victoria con el primer hombre a quien besó, hace tres años, antes de que desapareciera del mapa tras el fin turbio de una de sus misiones. Espoleada por la búsqueda de unas joyas robadas y la persecución del ladrón, la relación entre Victoria y Nathan avanza a fogonazos por una novela donde abundan los pretendientes de alcurnia, los diálogos incisivos y la sensualidad de la Regencia.
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Un lacayo le llenó la copa de vino y él tomó un agradecido sorbo, apenas conteniendo las ganas de beberse la copa entera en una sucesión de largos sorbos. Se atrevió a echar una mirada a su alrededor y notó aliviado que, por vez primera desde que había tomado asiento, había dejado de ser blanco de todas las miradas. Lady Delia, que estaba sentada a su derecha, se hallaba sumida en una animada discusión con su padre, que a su vez ocupaba la silla colocada a la derecha de la dama, a la cabecera de la mesa.

La mirada de Nathan se posó en el trío sentado delante de éclass="underline" Colin, lady Victoria y Gordon Remming, quien había heredado su título desde la última vez que Nathan le había visto en el curso de aquella fatídica noche, tres años antes, y que se había convertido en el barón de Alwyck. La cabeza de resplandecientes cabellos dorados de Gordon estaba inclinada muy próxima a lady Victoria, como si la joven estuviera mostrando alguna perla de sabiduría que Gordon no soportara perderse. Lady Victoria, sentada entre Gordon y Colin, parecía estar disfrutando inmensamente, sonriendo, charlando y riendo. Sin duda gracias a que ambos hombres la colmaban de cumplidos y atenciones. Maldición, cualquiera diría que ninguno de los dos había visto en su vida a una mujer atractiva. Y todo eso por la mujer de la que supuestamente él debía cuidar. Bien, en cuanto hubiera cumplido con el compromiso adquirido con el padre de la muchacha, Colin y Gordon podían muy bien quedarse con ella.

La mirada de Nathan se fijó entonces en Gordon, y la culpa y el arrepentimiento que tanto se había empeñado en enterrar fueron catapultados a la superficie. A pesar de que el saludo que Gordon le había dispensado había sido reservado, cuando Nathan le había tendido la mano, Gordon había aceptado el gesto, sí bien tras una breve vacilación. Y aunque Nathan leyó con claridad la sospecha que aún asomaba a los ojos de su amigo, lo cierto es que no había esperado menos.

– He visto el corral que has construido -dijo su padre, desviando su atención del trío que seguía riéndose al otro lado de la mesa-. Una obra francamente impresionante.

– Gracias -respondió Nathan, sorprendido y complacido por el halago.

– Ni que decir tiene que no necesitarías ensuciarte las manos de ese modo si te pagaran adecuadamente por tus servicios.

Nathan se limitó a hacer caso omiso de la indirecta que acompañaba el cumplido de su padre.

– Me encanta trabajar con las manos. Me mantiene los dedos ágiles.

– No creo que aguanten ágiles mucho tiempo si te los aplastas con un martillo -dijo su padre-, o si una de esas bestias te muerde.

– ¿Un corral? -canturreó lady Delia con los ojos iluminados por la curiosidad-. ¿Bestias?

– Desde que me instalé en Little Longstone, he ido acumulando una pequeña colección de animales -explicó Nathan. La conversación que tenía lugar en el otro extremo de la mesa cesó y de nuevo Nathan volvió a sentir el peso de todas las miradas. Sobre todo fue especialmente consciente de la de unos vividos ojos azules.

– ¿Gatos y perros? -preguntó lady Delia.

– Más bien cerdos y gallinas, aunque tengo también un perro…

– Del tamaño de un poni -interrumpió Colin.

– Y un gato…

– Un cachorro al que ya hemos tenido que rescatar de un árbol -añadió Colin-. Por no mencionar una vaca, una oveja y un par de patos. No estoy seguro de cuántas ocas hay, y tiene también una incorregible cabra aficionada a comer botones. La mayoría de ellos tienen nombres de flores. Son ruidosos, malolientes, y sienten especial predilección por perseguir a la gente por el jardín… cuando no se dedican a comerse nuestros botones o a mutilar los parterres de flores… y Nathan los adora como si fueran sus propios hijos.

– Gracias por tu edificante descripción… tío Colin.

Colin negó con la cabeza.

– Me niego a ser el tío de esa cabra atroz.

– Petunia te tiene mucho cariño.

Colin saludó el comentario con una mirada glacial.

– Se me comió un botón. Y también mi correspondencia personal.

– Eso es solo porque te quiere -dijo Nathan muy seño-. Y no te he oído quejarte esta mañana cuando te has dado un buen festín a base de los huevos cortesía de Narciso, Tulipán y Ginebra.

Colin arqueó una ceja.

– ¿Ginebra? ¿Debo suponer que tienes también un gallo llamado Lancelot?

– No, pero me parece una excelente sugerencia que pienso seguir en cuanto vuelva a Little Longstone y así aumentar mi rebaño. Tres gallinas producirán una media de dos huevos diarios. Eso significa que para obtener seis huevos al día, necesitaría…

– Dieciocho gallinas -dijo lady Victoria. Todos se volvieron a mirarla pero ella, que pareció totalmente ajena a sus miradas de sorpresa, siguió con los ojos fijos en Nathan-. Deben de gustarle mucho los huevos, doctor Oliver.

¿Era sarcasmo lo que adornaba su voz? Nathan le devolvió una mirada igualmente firme.

– Lo cierto es que sí, aunque ni siquiera yo podría soñar con consumir la cantidad de huevos que produciría en un año.

Lady Victoria parpadeó dos veces y dijo:

– Cuatro mil trescientos ochenta.

Todos se rieron entre dientes ante el ingenio del que había hecho gala Victoria lanzando una cifra al azar… todos salvo tía Delia, quien, como Nathan no tardó en ver por el rabillo del ojo, asentía con gesto aprobador. Hizo un rápido cálculo y cuál fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que lady Victoria había acertado en su cálculo.

– Al ritmo en que Nathan colecciona animales, lo más probable es que reúna todas esas gallinas antes de que termine el año -dijo Colin, negando con la cabeza.

– ¿Y para qué podría usted querer tantos huevos, doctor Oliver? -preguntó lady Victoria.

– Sin duda, para tirarlos desde la ventana a inocentes transeúntes -intervino secamente Colin-. Yo mismo fui víctima suya en un par de ocasiones cuando éramos unos chiquillos.

– Qué excelente noticia -dijo Gordon, sonriente.

– Todavía…

– Vaya… -Gordon chasqueó los dedos-. La noticia no resulta tan excelente. Díganos, pues, ¿quién es el afortunado caballero con el que no está usted comprometida… todavía?

– Lord Branripple o lord Dravensby.

La ceja de Nathan se arqueó.

– Dios mío. ¿Branripple y Dravensby? Pero ¿siguen vivos?

Lady Victoria le lanzó una mirada asesina.

– Debe de referirse usted a sus padres, pues creo que lord Branripple es de hecho un año menor que usted, doctor Oliver. Y lord Dravensby solo unos años mayor.

– Ah. De modo que ambos le han expresado su interés por usted, ¿me equivoco?

– Ambos se han dirigido a mi padre al respecto, sí.

– Bien, por muy dignos que puedan ser ambos caballeros, puesto que no está usted prometida -dijo Gordon- debería considerar que hay aquí mismo, en Cornwall, nobles perfectamente elegibles.

Nathan apenas logró reprimir las ganas de poner los ojos en blanco. Maldición, Gordon podría muy bien haber dicho: «Hay nobles perfectamente elegibles aquí mismo, en Cornwall; aquí mismo, en esta habitación, sentados a su lado». Un favorecedor acaloramiento tiñó de color las mejillas de lady Victoria, y Nathan decidió que sabía precisamente cómo se sentía un gato cuando se le acariciaba de forma equivocada. Justo después de que le hubieran metido en una bañera llena de agua.

– Sí -añadió Colin, con un inconfundible destello en la mirada-, hay aquí mismo, en Cornwall, hombres perfectamente elegibles.

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