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Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
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La duquesa lo interrumpió justo cuando se percataba de que alguien abría la puerta.

– Pero solo son helechos -la oyó decir con voz desdeñosa-. Puedo ver helechos en cualquier camino de Inglaterra. Quiero ver las orquídeas. Lléveme a verlas, señor Huxtable.

– Será un placer, duquesa -replicó al tiempo que ella se cogía de su brazo.

– Y después puede llevarme a tomar el té en la terraza superior -continuó ella antes de intercambiar los saludos de rigor con el grupo de invitados que entraba en ese momento en el invernadero.

– Las orquídeas están en el tercer invernadero, excelencia -informó la señorita Gorman.

– Ah, gracias. Muy amable. -La duquesa le sonrió-. Hemos empezado por el extremo equivocado.

Y así fue como cerraron el trato, pensó Con mientras salían al sol primaveral en busca de las orquídeas. Tenía una amante para esa temporada social. Un acuerdo muy satisfactorio en muchos aspectos, sobre todo porque la relación se consumaría esa misma noche. Llevaba célibe demasiado tiempo.

Pero… ¿no en todos los aspectos?

¿A pesar de que la duquesa era una criatura hermosa, atractiva y fascinante que al parecer lo deseaba tanto como él la deseaba a ella?

No sabía por qué ese año le parecía distinto a los demás.

«Siempre debes contar con el poder de lo inesperado, amor mío», le dijo el duque en una ocasión a Hannah. «También debes tener en cuenta que no se debe usar con demasiada frecuencia, o de lo contrario ya no será inesperado.»

– Las esmeraldas, por supuesto, Adele -le dijo Hannah a su doncella.

Tenía ropa y joyas de todos los colores alegres imaginables, aunque rara vez se ponía algo que no fuera blanco. Era lo que esperaba la gente de ella: ropa blanca y diamantes. Y, por supuesto, el blanco, incluidas todas las tonalidades posibles, siempre era más llamativo entre la multitud que cualquier color fuerte que los demás llevaran para lucirse. El duque también le había enseñado eso.

Esa noche, sin embargo, no estaría en medio de una multitud.

Y esa noche haría algo inesperado que desequilibraría al siempre seguro Constantine Huxtable.

Esa noche llevaría un vestido de satén verde esmeralda. Tenía un escote muy pronunciado y escandaloso, y brillaba a la luz de las velas a cada movimiento, creando un halo reluciente a su alrededor. Y esa noche iba a ponerse esmeraldas en vez de diamantes.

Y esa noche, lo que era todavía más inesperado, no se había recogido el pelo en la coronilla como acostumbraba, y como acostumbraban la mayoría de las damas. Se lo había recogido en la nuca con un pasador de esmeraldas. Por debajo del pasador, su pelo caía suelto por la espalda, en una desordenada cascada de rizos y ondas.

– No me esperes despierta, Adele -dijo mientras se levantaba del taburete que ocupaba frente al tocador, una vez que comprobó que todas las joyas estaban tal como ella quería-. Volveré muy tarde. Y recuerda que debes darle mi nota a la señorita Leavensworth en mano cuando regrese de la ópera.

– Eso haré, excelencia. -La doncella le hizo una reverencia y salió del vestidor.

Hannah se estudió con ojo crítico en el espejo de pie. Irguió la espalda, cuadró los hombros, levantó la barbilla y esbozó una sonrisa.

Hasta entonces el peinado no acababa de convencerla. Pero en ese momento pensó que había acertado. Aunque de no haberlo hecho, tampoco importaba. Así era como escogía presentarse ante su amante. De modo que era lo acertado.

Su amante. Su sonrisa adquirió un matiz casi burlón.

Constantine Huxtable no la miraría con su habitual expresión inescrutable cuando la viera esa noche. En sus ojos vería el deseo que sabía que sentía.

El demonio estaba a punto de ser domesticado.

Una idea espantosa si se detenía a considerarla. Si lo domesticaba, ¿qué interés podría tener para ella? Un demonio domesticado sería la criatura más patética y miserable del mundo.

Quería un amante. Lo quería todo. Quería todo lo que podía ofrecerle ese mundo de placeres sensuales, aunque para conseguirlo tuviera que descender a los infiernos en busca del mismísimo demonio.

Tenía treinta años. ¿Por qué le parecían muchísimo peor que los veintinueve?

¿Qué le diría Barbara si la viera en ese momento?, se preguntó mientras le daba la espalda al espejo y recogía su capa de color blanco, que estaba doblada sobre el respaldo de un sillón. Se la puso y se la abrochó al cuello antes de cubrirse la cabeza con la capucha. A continuación cogió su ridículo. No llevaría abanico esa noche. No lo iba a necesitar.

Probablemente Barbara no le habría dicho nada. No le habría hecho falta. La miraría con expresión recriminatoria y ligeramente dolida. Seguro que tildaba de inmoralidad lo que estaba a punto de hacer. Aunque ella no era de la misma opinión. Ya no era una mujer casada. Además, su amiga pensaba que estaba a punto de emprender un camino que le partiría el corazón. Una opinión que tampoco compartía. Solo iba a acostarse con un hombre atractivo, muy atractivo, y también muy experimentado. Involucraría todo su cuerpo, salvo el corazón.

Y su cuerpo se alegraría mucho.

No estaba a punto de cometer un error. Cierto que estaba ocurriendo más deprisa de lo que había planeado. Tal vez no debiera haber capitulado tan pronto esa tarde. Su amenaza de no volver a relacionarse con ella si no iba a verlo esa noche seguro que no era real. Además, si lo fuera, ¿qué importaba? Había otros hombres. Sin embargo, había capitulado. Porque al fin y al cabo quería a un hombre dominante, no a un perrito faldero, como Barbara le había dicho.

No, no estaba a punto de cometer un error.

Contempló de nuevo su reflejo. Sí. Cubierta con la capa, volvía a ir toda de blanco.

El carruaje que le había enviado ya la esperaba en la puerta cuando Adele salió en busca de las esmeraldas. Había llegado muy puntual.

Lo que quería decir que ella iba unos quince minutos tarde. Como debía ser.

Salió del vestidor y bajó las escaleras hasta el vestíbulo, donde un criado ataviado con su elegante librea esperaba para abrirle la puerta.

CAPÍTULO 05

Al contrario de lo que hacían muchos caballeros cuando pasaban temporadas en Londres, Constantine Huxtable no tenía por costumbre alojarse en la zona de Saint James, donde se encontraban los clubes más selectos. Lo que hacía era alquilar todos los años la misma casa en una zona respetable de la ciudad, acorde a su posición social, pero no demasiado en boga, a fin de evitar que su intimidad se viera resentida.

O eso supuso Hannah una vez que el cochero la ayudó a apearse frente a la puerta de su casa, mientras observaba la calle con curiosidad. Aún era de día. Iban a cenar relativamente temprano.

Un criado había abierto la puerta de la casa. Hannah se levantó los bajos de la capa y del vestido, subió los escalones y pasó al lado de dicho criado. En el interior descubrió un vestíbulo de planta cuadrada muy espacioso, con el suelo ajedrezado y paisajes con recargados marcos dorados en las paredes.

Constantine Huxtable la esperaba en el centro de la estancia, vestido de negro como siempre y con una apariencia realmente demoníaca.

– ¿Duquesa? -La saludó mientras hacía una elegante reverencia-. Bienvenida a mi hogar.

– Espero que su chef se haya esmerado. No he probado bocado desde el almuerzo al aire libre y estoy famélica.

– Si no lo ha hecho, lo despediré mañana mismo sin referencias -replicó él al tiempo que se acercaba para quitarle la capa.

– Es un hombre cruel -comentó sin moverse del lugar que ocupaba, a unos pasos de la puerta.

El señor Huxtable frunció ligeramente los labios y se acercó un poco más para bajarle la capucha y soltar el broche que mantenía la capa cerrada. Una vez que le quitó la prenda, se la tendió al silencioso criado sin apartar los ojos de ella. Unos ojos que en ese momento la recorrieron de forma deliberada de arriba abajo y de abajo arriba hasta volver a posarse en los suyos.

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