El Puente Sobre El Río Kwai
- Автор: Буль Пьер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Puente Sobre El Río Kwai». Краткое содержание книги:
– ¿Quién ha plantado esta línea de estacas? -preguntó el coronel, haciendo un alto en el camino.
– Él, sir -dijo un cabo inglés, poniéndose firme ante su jefe, al tiempo que apuntaba con el dedo al ingeniero-. Él, pero yo le he ayudado un poco. Introduje una pequeña rectificación después de que se fuera. Nuestras ideas no siempre son coincidentes, sir.
Aprovechando que el centinela se había alejado un poco, le lanzó un guiño silencioso. El coronel Nicholson, aún cariacontecido, no respondió a esa señal de connivencia.
– Comprendo -replicó en un tono glacial.
Continuó su camino sin otro comentario y, poco después, volvió a detenerse ante otro cabo. Éste, ayudado por algunos hombres, se empleaba a fondo limpiando el terreno de unas raíces enormes, izándolas a la cima de una pendiente en vez de dejar que rodaran hasta el fondo de la hondonada, bajo la mirada inexpresiva de otro soldado japonés.
– ¿Cuántos hombres participan en el equipo de trabajo, esta mañana? -inquirió imperiosamente el coronel.
El guardia le observó fijamente con sus ojos redondos, preguntándose si en las órdenes recibidas entraba el permitir interpelar a los prisioneros, pero el tono del coronel era tan autoritario que permaneció inmóvil. El cabo se incorporó rápidamente y respondió vacilante:
– Veinte o veinticinco, sir, no lo sé muy bien. Uno de los hombres se ha sentido indispuesto al llegar a la obra. Un desfallecimiento repentino… e incomprensible, sir. Su estado de salud era bueno esta mañana. Tres o cuatro de sus compañeros han sido «obligados» a llevarlo al hospital, sir, puesto que era incapaz de caminar. Aún no han vuelto. Era el hombre más corpulento y robusto del equipo, sir. En las condiciones actuales, nos será imposible cumplir con nuestra cuota, sir. Este ferrocarril parece atraer todas las desgracias.
– Todos los cabos -replicó el coronel- tienen la obligación de conocer el número exacto de hombres bajo sus órdenes… ¿Cuál es la cuota?
– Un metro cúbico de tierra que cavar y transportar, por hombre y día. Con estas malditas raíces, sir, tengo la impresión de que esa tarea, insisto, esta fuera de nuestro alcance.
– Comprendo -dijo el coronel, en un tono aún más seco.
El coronel Nicholson se alejó murmurando entre dientes algunas palabras incomprensibles. Hughes y Reeves le siguieron.
Luego, ascendió con su comitiva sobre un montículo, desde el que se divisaba perfectamente el río y el conjunto de la obra. El Kwai tenía una anchura, en ese tramo, de más de cien metros, con unas orillas elevadas considerablemente sobre el nivel del agua. El coronel inspeccionó el terreno en todas las direcciones y, a continuación, se dirigió a sus subordinados. Enunció algunos tópicos, pero en un tono de voz restituido de todo su vigor:
– Estos tipos, quiero decir, los japoneses, acaban de salir de su estado de salvajismo, y lo han hecho con demasiada rapidez. Han intentado copiar nuestros métodos, sin asimilarlos. Los dejan sin modelos y, ahí los tienen, desorientados. Son incapaces, en este valle en el que nos encontramos, de conducir una empresa que sólo requiere un poco de inteligencia. Ignoran que se gana tiempo reflexionando un poco de antemano, en lugar de revolverse en el desorden. ¿Qué opina usted, Reeves? Las vías férreas y los puentes son lo suyo.
– Ciertamente, sir -respondió el capitán con su vivacidad instintiva-. He construido en India más de diez obras de este tipo. Con el material que hay en esta selva y la mano de obra de la que disponemos, un ingeniero cualificado levantaría el puente en menos de seis meses… Hay momentos, he de confesarlo, en los que la incompetencia de los japoneses me hace hervir la sangre…
– A mí también -reconoció Hughes-. Tengo que admitir que el espectáculo de anarquía al que asistimos me exaspera a veces. Con lo simple que es…
– Y a mí -interrumpió el coronel-, ¿creen ustedes que este escándalo me llena de júbilo? Lo que he visto esta mañana me ha conmocionado profundamente.
– En cualquier caso, podemos estar tranquilos en lo que respecta a la invasión del subcontinente indio, sir -dijo entre risas el capitán Reeves-, si, como pretenden, esta línea de comunicación ha de contribuir a ello… El puente sobre el río Kwai aún no está listo para cargar con sus trenes.
El coronel Nicholson seguía adentrándose en sus propios pensamientos, con sus ojos azules clavados en los colaboradores.
– Gentlemen -exclamó-, creo que a todos nos va a hacer falta mucha firmeza para recuperar el control sobre nuestros hombres. Con esos bárbaros han adquirido el hábito de la negligencia y la pereza, lo cual es incompatible con su condición de soldados ingleses. Ello va a requerir también mucha paciencia, y tacto, puesto que no podemos hacerlos responsables de la situación. Necesitan una autoridad, algo de lo que han carecido hasta ahora. Los golpes no pueden remplazaría. Lo que hemos visto es una prueba… de convulsión desordenada. En definitiva, nada positivo. Estos asiáticos han demostrado solos su incompetencia en materia de mando.
Se produjo un silencio, en el que los dos oficiales se preguntaron en su fuero interno sobre el significado real de estas palabras. El lenguaje era claro, no ocultaba ningún doble sentido. El coronel Nicholson hablaba con su habitual franqueza. Tras otro momento de honda reflexión, añadió:
– Les recomiendo, por lo tanto, y así se lo haré saber a todos los oficiales, un esfuerzo inicial de comprensión. Ahora bien, nuestra paciencia bajo ningún concepto deberá caer en la debilidad. De proceder así, pronto nos hundiríamos al mismo nivel que esos seres primitivos. Yo me encargaré personalmente de hablar con los hombres. A partir de hoy, hemos de corregir las faltas más graves. Naturalmente, nuestros soldados no podrán ausentarse de la obra con el más mínimo pretexto. Los cabos responderán con resolución a las preguntas que se les haga. Huelga insistir sobre la necesidad de reprimir con firmeza todo intento de sabotaje o cualquier otra ocurrencia. El trazado de un ferrocarril debe ser horizontal, no una montaña rusa, como muy bien ha indicado usted, Reeves…
SEGUNDA PARTE
I
En Calcuta, el coronel Green, jefe de la Unidad 316, releía con atención un informe que había llegado a sus manos, tras un enrevesado recorrido, enriquecido de comentarios escritos por media docena de servicios secretos, militares o adjuntos. La Unidad 316 («Explosivos Plásticos y Destrucciones S.L.», como la denominaban los iniciados) no había alcanzado aún el desarrollo que habría de adquirir en Extremo Oriente, en la fase final de la guerra, pero ya se hacía cargo con brío, cariño y una meta precisa, de las instalaciones japonesas en varios países ocupados: Malasia, Birmania, Tailandia y China. Trataba de suplir la exigüidad de sus medios con la audacia de sus ejecutores.
– Es la primera vez que veo a todos de acuerdo -dijo en voz baja el coronel Green-. Tenemos que intentar algo.
La primera parte de dicha observación hacía referencia a los numerosos servicios secretos con los que la Unidad 316 no tenía más remedio que colaborar, los cuales, separados por un muro de hermetismo, en su celo por conservar el monopolio de sus métodos, desembocaban a menudo en conclusiones contradictorias. Ello provocaba profundo enojo al coronel Green, encargado de establecer un plan de acción a partir de las informaciones recibidas. La acción era el dominio de la Unidad 316.