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El lector de cadáveres

Электронная книга - «El lector de cadáveres». Краткое содержание книги:

En la antigua China, sólo los jueces más sagaces alcanzaban el codiciado título de «lectores de cadáveres», una élite de forenses que, aun a riesgo de su propia vida, tenían el mandato de que ningún crimen, por irresoluble que pareciera, quedara impune.
Cí Song fue el primero de ellos.
Inspirada en un personaje real, El lector de cadáveres narra la extraordinaria historia de un joven de origen humilde cuya pasión y determinación le condujeron desde su cargo como enterrador en los Campos de la Muerte de Lin’an a aventajado discípulo en la prestigiosa Academia Ming. Allí, envidiado por sus pioneros métodos y perseguido por la justicia, despertará la curiosidad del mismísimo emperador, quien le convocará para rastrear los atroces crímenes que, uno tras otro, amenazan con aniquilar a la corte imperial.
Un thriller absorbente en el que la ambición y el odio van de la mano con el amor y la muerte en la exótica y majestuosa Corte Imperial de la China del siglo XII.
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Cí sonrió ufano, consciente de haber proporcionado el argumento definitivo. Sin embargo, el emperador alzó una ceja y lo miró con desdén.

– Tú no me revelaste nada -le recriminó Ningzong-. Quien desveló el asesinato del consejero fue Astucia Gris.

Cí balbuceó mientras intentaba comprender por qué razón el emperador le negaba la autoría de sus descubrimientos. Aquélla era su baza más importante. Si la perdía, nada ni nadie podría defenderle. Entonces, la sonrisa hipócrita de Feng respondió a su pregunta: Feng no había trasladado sus descubrimientos al emperador. Se los había confesado a Astucia Gris.

* * *

La interrupción del juicio proporcionó a Cí el respiro necesario para superar la animadversión que le producían Feng y Astucia Gris. Los ritos vespertinos reclamaban la presencia del emperador, así que éste decretó el aplazamiento hasta la mañana del día siguiente.

De camino a las mazmorras, Cí distinguió la figura de Feng. El juez aguardaba encorvado, sentado sobre el único taburete que presidía el centro de la celda. Feng hizo un gesto al centinela para que aguardara tras el enrejado de hierro mientras él conversaba con el reo. Junto a sus pies descansaba un plato de sopa. Cí no había probado bocado en todo el día ni tenía intención de hacerlo. El centinela encadenó a Cí al muro y esperó en el exterior.

– Ten. Estarás hambriento -dijo Feng sin levantar la vista. Le acercó el plato hasta sus pies.

Cí pateó el plato, que voló hasta desparramarse sobre la toga del juez. Feng dio un respingo y se levantó. Mientras se limpiaba los restos de comida, miró a Cí como un padre resignado ante el vómito de su recién nacido.

– Deberías tranquilizarte -le dijo condescendiente-. Entiendo que estés indignado, pero aún podemos arreglar todo esto. -Volvió a sentarse junto a Cí-. Las cosas han ido demasiado lejos.

Cí ni siquiera le miró. ¿Cómo había podido considerar alguna vez a aquel traidor como a un padre? De no haber estado encadenado, le habría estrangulado con sus propias manos.

– Comprendo que no quieras hablar -continuó Feng-. Yo, en tu lugar, haría lo mismo, pero ahora no es momento para estúpidos orgullos. Puedes continuar mudo esperando a que Astucia Gris te despedace o escuchar mi propuesta y salvar la piel. -Pidió otro plato de sopa al centinela, pero Cí se lo impidió.

– Bebéosla vos, maldito bastardo -le espetó.

– ¡Oh! ¡Parece que aún conservas la lengua! -Se hizo el sorprendido-. ¡Por el viejo Confucio, Cí, escúchame! Hay cosas que aún no comprendes, cuestiones que no llegarás a vislumbrar jamás. Todo este juicio no es asunto tuyo. Olvídalo. Confía en mí y te protegeré. Kan ya está muerto. ¿Qué importa si fue asesinado o se suicidó? Sólo tienes que mantener la boca cerrada. Desacreditaré a Astucia Gris y te salvaré el pellejo.

– ¿Que no es asunto mío? ¿Acaso han detenido a otro o le han reventado las costillas a alguien distinto a mí? ¿Es ése el tipo de confianza al que os referís?

– ¡Maldita sea! Yo sólo quería apartarte de este asunto para que Astucia Gris se hiciese cargo de la investigación. Con él al mando, todo habría resultado más fácil, pero le pudo la envidia y te acusó.

– ¿De veras? ¿Por qué será que no os creo? Si realmente hubierais pretendido ayudarme, lo habríais hecho en el Salón de los Litigios, cuando tuvisteis la oportunidad de confirmar que quien descubrió el asesinato de Kan no fue Astucia Gris, sino que fui yo.

– Y lo habría atestiguado de haber servido para algo, te lo aseguro, pero confesar en ese momento sólo me habría hecho quedar en evidencia ante el emperador. Ningzong confía en mí. Y necesito que siga confiando si pretendes que te salve.

Cí clavó los ojos en el rostro de Feng.

– ¿Igual que salvasteis a mi padre? -le escupió.

– No entiendo. ¿Qué quieres decir? -El rostro de Feng cambió.

Por toda respuesta, Cí sacó la misiva que había hallado oculta en la librería de Feng. La desdobló y la arrojó a sus pies.

– ¿Reconocéis la letra?

Feng recogió el pliego, extrañado. Al leerla, sus manos temblaron.

– ¿De… de dónde has sacado esto…? Yo… -balbuceó.

– ¿Por eso no permitisteis que regresara mi padre? ¿Para seguir robando partidas de sal? ¿Por eso acabasteis con el eunuco? ¿Porque también lo descubrió? -bramó Cí.

Feng retrocedió con los ojos desencajados, como si de repente contemplase un espectro.

– ¿Cómo te atreves, desagradecido? ¡Después de todo lo que he hecho por ti!

– ¡Engañasteis a mi padre! ¡Nos engañasteis a todos! ¿Y aún osáis pedirme agradecimiento? -Cí tiró de las cadenas intentando librarse de ellas.

– ¿Tu padre? ¡Tu padre debería haberme besado los pies! -El rostro de Feng permanecía demudado-. ¡Lo saqué de la indigencia! ¡Te traté como a un hijo! -aseguró.

– No ensuciéis el nombre de mi padre o… -Estiró de nuevo las cadenas, que vibraron al sacudirse contra la pared.

– ¿Pero es que no te das cuenta? ¡Te enseñé y te eduqué como al vástago que nunca tuve! -Sus ojos parecían iluminados por la locura-. Siempre te he protegido. ¡Incluso te permití continuar con vida después de la explosión! ¿Por qué crees que sólo murieron ellos? Podría haber esperado a que regresaras… -Alargó la mano trémula para acariciar el rostro de Cí.

Al escucharlo, Cí sintió como si lo partieran en dos.

– ¿Qué explosión…? ¿Qué queréis decir? -balbució y retrocedió como si el mundo se derrumbara a su alrededor-. ¿Cómo que sólo murieron ellos? ¿Cómo que sólo murieron ellos? -bramó mientras se estiraba hasta descoyuntarse intentando alcanzar a Feng.

Feng permaneció cerca de Cí, con los brazos estirados, como si pretendiera abrazarle. Su mirada era la de un perturbado.

– Hijo -sollozó.

Justo en ese instante, Cí logró aferrarle una manga y lo atrajo hacia sí. Pasó las cadenas por su cuello y comenzó a estrangularle mientras Feng se debatía atolondradamente, incapaz de comprender lo que sucedía. Cí oprimió su cuello con toda su alma mientras el rostro de Feng se azulaba. El joven continuó apretando cada vez más. Una espuma blanquecina comenzaba a brotar de la boca de Feng cuando el centinela se abalanzó sobre Cí.

Lo último que Cí vio antes de perder el conocimiento fue a Feng tosiendo y amenazándole con el peor de los tormentos.

Capítulo 35

El centinela pensó que no merecería la pena reanimarle para la ejecución. Sin embargo, obedeció a su superior y derramó varios cubos de agua sobre el rostro ensangrentado de Cí.

Al poco, una figura difusa se agachó junto al cuerpo apaleado. Cí gimió mientras intentaba abrir los párpados inflamados, pero apenas lo consiguió.

– Deberías cuidarte más -escuchó decir a Feng-. Ten. Límpiate. -El juez le ofreció un paño de algodón que Cí rechazó.

Poco a poco, la figura fue perdiendo su vaguedad hasta grabarse con nitidez en su retina. Feng permanecía acuclillado junto a él, como quien observa un insecto reventado después de haberlo pisoteado. Intentó moverse, pero las cadenas le retuvieron contra la pared.

– Siento la brutalidad de estos centinelas. A veces no distinguen a las personas de las bestias. Pero es su trabajo y nadie puede reprochárselo. ¿Quieres un poco de agua?

Aunque le supo a veneno, Cí la aceptó porque le quemaban las entrañas.

– ¿Sabes? He de reconocer que siempre admiré tu agudeza, pero hoy has superado todas mis expectativas -continuó Feng-. Y es una lástima, porque, a menos que recapacites, esa misma astucia va a conducirte al cadalso.

Cí logró abrir los párpados. A su lado, Feng sonreía con el cinismo de una hiena.

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