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La Dama del Lago

Электронная книга - «La Dama del Lago». Краткое содержание книги:

Fin de la saga. La guerra resuena aún con fuerza sus tambores, y parece que con más virulencia después de un cambio inesperado en el acostumbrado dominio bélico de Nilfgaard. Las tramas políticas y las venganzas personales se cruzan y suceden por las páginas, y permean nuestra historia. Sin embargo, parte de la excepcionalidad del mundo de Rivia está en que su lucha, siendo aún más transcendental que aquella política, aunque menos evidente, acontece no en los campos de batalla y las trincheras, si no en la multidimensionalidad del espacio y el tiempo.
La incerteza está en su mayor apogeo tanto en la trama como entre nuestros tres personales principales. Yennefer, Geralt y Ciri se mantienen distantes e ignorantes el uno respecto a los demás. Los tres pivotan de forma independiente, con su propio círculo de perfectos personajes secundarios y dentro de sus propias tramas, en historias con entidad propia. Sin embargo, este es el tomo en el que se percibe más claramente la mutua necesidad… y lo inevitable de su reencuentro. Se refuerzan los lazos alrededor del esquema familiar. Geralt y Ciri ganan todavía más peso e identidad, quizás de forma algo redundante en un Geralt bastante consolidado, pero no así en el caso de una Ciri en pleno proceso de madurez y autonomía personales.
Sapkowski destila en La dama del lago una imaginación desbordante. Construye reflexiones de calado en la distancia de una frase. Yergue ideas con la velocidad de una imagen. Deja en el lector un sentimiento de amor y cariño por los demás, si bien bañado con el pesimismo de quién, habiendo visto con sus propios ojos lo ilimitado de la crueldad y la estupidez humanas, desconfía de la capacidad de reacción de aquellos capaces de albergar y desplegar tanto mal.
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Fue la jovencita, precisamente, la que se dirigió primero a él.

– ¿Eres de aquí?

– ¡Inocente soy! -Al Cojo le castañeteaban los dientes-. ¡Nomás colmenillas ando cogiendo! ¡Por compasión, no hagáis mal a un tullido!

– ¿Eres de aquí? -repitió su pregunta, pero sus verdes ojos brillaron de un modo amenazante. El Cojo se contrajo.

– Sí, sí, noble señora -balbuceó-. De aquí, por éstas. Y aquí mismo naciera, en Birka, o sea, en Los Celos. Y raro será que no me toque aquí diñarla…

– El año pasado, en verano y otoño, ¿estabas por aquí?

– ¿Y dónde iba a estar si no?

– Responde a lo que te pregunto.

– Aquí estaba, noble señora.

La yegua mora sacudió la cabeza, aguzó las orejas. El Cojo sintió encima de él las miradas punzantes como espinas de erizo de los otros dos jinetes: la morena y el albino. El albino era el que más miedo le daba.

– El año pasado -le contó la muchacha de la cicatriz-, en el mes de septiembre, más concretamente el nueve de septiembre, durante el primer cuarto de la luna, aquí asesinaron a seis jóvenes. Cuatro muchachos… y dos chicas. ¿Te acuerdas?

El Cojo tragó saliva. Ya hacía un rato que lo sospechaba, ahora ya sabía, ahora estaba seguro.

La chica había cambiado. Y no se trataba tan sólo de aquella cicatriz en la cara. No era la misma que entonces, cuando chilló prendida al atadero de los caballos, viendo cómo Bonhart les cortaba la cabeza a los Ratas muertos. Nada que ver con la de entonces, cuando el cazador, en la posada La Cabeza de la Quimera, la desnudó y la golpeó. Solo esos ojos… esos ojos no habían cambiado.

– Responde -le apremió con rudeza la otra mujer, la morena-. Te han hecho una pregunta.

– Claro que me acuerdo, nobles señores -aseguró el Cojo-. Y cómo no me iba a acordar. Mataron a seis mozuelos. Cierto, el año pasado fue. En setiembre.

La chica estuvo un buen rato callada. No le miraba a él, miraba hacia algún punto en la distancia, por encima de sus hombros.

– Entonces, seguro que sabes… -dijo por fin, haciendo un esfuerzo-. Seguro que sabes dónde están enterrados esos jóvenes. Al pie de qué empalizada… En qué basurero o en qué estercolero… O si quemaron sus cuerpos… Si los llevaron al bosque, dejándoselos a los zorros y a los lobos… Me vas a enseñar ese lugar. Me vas a conducir hasta allí. ¿Entendido?

– Sí, noble señora. Seguirme, hacer la merced. Además, cerca está.

Fue cojeando levemente, sintiendo en el cogote el cálido aliento de los caballos. No se volvió a mirarles. Algo le decía que no era buena idea.

– Es ahí -dijo por fin, haciendo una señal-. El camposanto de los Celos, en la arbolea. Y aquéllos por los que preguntasteis, noble señora Falka, ahí mismo andan enterrados.

La muchacha suspiró ruidosamente. El Cojo miró a hurtadillas y vio cómo le cambiaba la cara. El del pelo blanco y la morena no decían nada, esperaban con el rostro impertérrito.

La chica estuvo un buen rato mirando el pequeño túmulo, hermoso, recto, hecho con esmero, construido con bloques de arenisca y losas de espato y de pizarra. El abeto que había adornado el túmulo en su momento estaba descolorido. Las flores que alguien había depositado hacía tiempo estaban ahora secas y amarillentas.

La muchacha bajó del caballo.

– ¿Quién…? -preguntó en voz baja, sin dejar de mirar, sin volver la cabeza.

– Pues -el Cojo se aclaró la voz- mucha gente de Los Celos contribuyó. Pero la que más la viuda Goulue. Y el joven Nycklar. La viuda mujer de gran corazón fue siempre… Y Nycklar… Sus pesadillas le traían mártir. No le dejaban en paz. Hasta que no enterraron como es debido a los muertos…

– ¿Dónde puedo encontrar a la viuda y a ese tal Nycklar?

El Cojo estuvo un largo rato callado.

– La viuda anda acá enterrada, tras de ese abedul torcido -dijo finalmente, mirando sin temor a los verdes ojos de la chica-. Murió de neumonía este invierno. En cuanto a Nycklar, se alistó y marchó por ahí, a otras tierras… Dicen que ha caído en la guerra.

– Ya casi se me había olvidado -susurró la chica-. Ya casi se me había olvidado que su suerte había quedado ligada a la mía.

Se acercó al túmulo y se arrodilló o, más bien, se tiró al suelo de rodillas. Se inclinó mucho, casi hasta tocar las piedras de la base con la frente. El Cojo vio cómo el peliblanco hacía un movimiento, como queriendo desmontar del caballo, pero la mujer morena le sujetó del brazo, deteniéndole con el gesto y con la mirada.

Los caballos resoplaron, sacudieron la cabeza, haciendo tintinear los anillos de los bocados.

La muchacha estuvo mucho, muchísimo tiempo arrodillada al pie del túmulo, con la cabeza muy baja, moviendo los labios en una especie de muda letanía.

Titubeó al ponerse de pie. Con un movimiento reflejo, el Cojo la agarró. De una fuerte sacudida, ella se soltó el codo, le dirigió una mirada hostil a través de las lágrimas. Pero no dijo ni palabra. Incluso, cuando el hombre le sujetó el estribo, le dio las gracias con una leve inclinación de la cabeza.

– Sí, noble doncella Falka -dijo, venciendo sus temores-. Qué extraña revuelta del destino. Sufristeis entonces una opresión espantosa, durante aquel aprendizaje tan cruel… Muy poca gente, aquí en Los Celos, creía que saldríais viva… Mas aquí estáis, sana y salva, mientras que Goulue y Nycklar se fueron al otro barrio… No me tenéis siquiera a quién darle las gracias, ¿eh? A quién poder expresarle vuestra gratitud por lo del túmulo…

– No me llamo Falka -dijo bruscamente-. Me llamo Ciri. Y en lo tocante a nuestra gratitud…

– Honrados sentios con ella -intervino con frialdad la morena. Había algo en su voz que hizo estremecerse al Cojo-. Por este pequeño túmulo -siguió diciendo, marcando mucho las palabras-. Por vuestra humanidad, por vuestra dignidad y decencia humanas, todos los vecinos de este poblado podéis contar con nuestro favor, gratitud y benevolencia. No os podéis imaginar hasta qué punto.

*****

El nueve de abril, poco después de medianoche, a los primeros habítantes de Claremont les despertó una claridad repentina, un resplandor rojo que golpeó las ventanas e irrumpió en sus casas. Al resto de lugareños les sacaron de la cama los alaridos, el alboroto y los toques furibundos de la campana tocando a rebato. Solo estaba ardiendo un edificio. Una gran construcción de madera en otros tiempos había sido un templo, consagrado a una divinidad cuyo nombre apenas recordaban ya las más ancianas. Un templo se había convertido después en un anfiteatro, donde se celebraban de vez en cuando espectáculos circenses, combates y otras diversiones capaces de sacar al pueblo de Claremont del tedio, la melancolía y la modorra.

Ese anfiteatro era ahora pasto de las llamas y sufría las sacudidas de las explosiones. Por todas las ventanas salían despedidas deshiladas lenguas de fuego de varios codos de largo.

– jAuxiiiliooo! -chillaba el propietario del anfiteatro, el mercader Houvenaghel, que no paraba de correr, agitando los brazos y sacudiendo su enorme panza. Llevaba un gorro de dormir y una pesada delia echada por encima del camisón. Iba amasando con los pies descalzos el estiércol y el barro de la calle-. ¡Auxiliooo! ¡Vecinooos! ¡Aguaaa!

– Castigo divino -sentenció con tono autoritario una de las más viejas del lugar-. Por tanto escándalo como han dado en ese templo…

– Bien decís, señora. ¡Tenía que ocurrir!

El calor se dejaba sentir entre el rugido de las llamas del teatro, apestaba a orines de caballo evaporados de los charcos, silbaban las chispas. De pronto saltó el viento, no se sabía en qué dirección.

– ¡Auxiiiliooo! -bramaba Houvenaghel como un salvaje, viendo que el luego pasaba a la fábrica de cerveza y al granero-. ¡Vecinooos! ¡Traed ubos! ¡Cubooos!

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