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Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
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Después de haber caminado mucho tiempo en medio de la noche, al-Afdal sintió que el terreno cambiaba bajo sus pies. De mullido, se fue convirtiendo en cada vez más duro. Estaban en unos subterráneos. Los sonidos resonaban de un modo diferente, el aire no tenía la misma textura, el espacio vibraba a su alrededor devolviendo ecos misteriosos. A veces oía un ruido extraño, venido de un lugar situado más abajo, en las entrañas de la tierra: como el sonido de una flauta de Pan o de otro instrumento. Tuvo la sensación de que debía de ser muy antiguo, y se preguntó si los otros lo habían oído. ¿Adonde lo llevaban? Tratando de mirar por entre las mallas de la rejilla que le tapaba la cara, al-Afdal distinguió sobre los muros semblantes monstruosos. Muchos expresaban sufrimiento, remordimientos. Solo los ojos parecían humanos; el resto estaba deformado, torturado. En la agonía.

Por el ruido de los pasos y las conversaciones, al-Afdal calculó que había tres o cuatro soldados, no más. Como de costumbre, los mamelucos que se rebelaban eran pocos para poder llevar a cabo un auténtico golpe de Estado. Algún día, tal vez… De momento, dos de ellos debían de guiar a Sohrawardi. El otro, o los otros, se encargaban de vigilarlo. No era mucho, y al-Afdal se preguntó si debía alegrarse o, al contrario, ofenderse.

«Si consigo escabullirme -pensó-, tendré una oportunidad de escapar…»

El problema eran aquellas ropas, que le impedían correr, y sus ligaduras, que le sujetaban las manos. Llegaron a un cruce y los mamelucos se detuvieron. Parecían perdidos.

– ¿Y bien? -chilló Sohrawardi-. ¿No hay nadie?

– No, señoría -respondió Malek-. Nadie todavía. ¿Hay que esperar?

– Vosotros dos, id a ver por allá si Chátillon ha llegado…

Al-Afdal oyó cómo dos hombres se alejaban y sus pasos se perdían en un dédalo de galerías. Entonces, en un arranque de valor, se lanzó como mejor pudo contra el guardia que quedaba para tratar de derribarlo. Sorprendido, el mameluco se tambaleó hacia atrás y soltó la antorcha, cuyo resplandor rojizo vaciló, sumergiéndolos en la oscuridad.

Sohrawardi lanzó un gruñido y el mameluco se levantó. El hombre trató de sujetar a al-Afdal, pero este ya había salido disparado. El niño había huido por una galería que había distinguido un poco antes, dejando su suerte en manos de Alá. Corriendo tan deprisa como podía, al-Afdal siguió con el hombro una pared que lo hizo girar varias veces, conduciéndolo lejos de sus perseguidores, cuyos pasos se perdían tras él. Agotado, asustado, se detuvo un momento para recuperar el aliento, y luego volvió a seguir adelante, a ciegas, en otra dirección. En aquel momento el suelo desapareció bajo sus pies y al-Afdal se deslizó en una noche más negra que la precedente.

Morgennes y Taqi se separaron a la entrada de las minas cavadas por los zapadores bajo las murallas, al este de Jerusalén. Por encima de, ellos se elevaban las altas formas de la Puerta Dorada, que daba, hacia el interior, a la explanada del Templo, al que Taqi llamaba el Haram al-Sharif. Por allí entraría un día el Mesías esperado por los judíos, algo que parecía absurdo, dado que la venida de Cristo ya había tenido lugar. En cualquier caso, la puerta permanecía habitualmente cerrada, ya que solo daba a un barranco; durante el día los zapadores de Saladino se habían esforzado en profundizar aún más el barranco con el fin de que las murallas acabaran por derrumbarse en él.

A una palabra de Taqi, prenderían fuego a los numerosos toneles de azufre y de salitre colocados en puntos estratégicos bajo los cimientos. La estratagema, si daba resultado, permitiría abrir la ciudad al este y ofrecería una vía de acceso a las tropas de Saladino, ya que los hombres podrían pasar sobre los restos de las murallas, que habrían rellenado la hondonada situada por debajo.

– Espera que volvamos antes de hacerlo saltar todo -propuso Morgennes.

Taqi rió de buena gana.

– ¡La paz sea contigo, hermano! ¡Espero que triunfes en tu expedición!

– Gracias, hermano.

Los dos amigos se despidieron con un abrazo, y a continuación Morgennes y Simón penetraron bajo la ciudad. A la entrada de la mina, dos guardias muertos mientras patrullaban daban testimonio del reciente paso de los mamelucos de Sohrawardi. Taqi y los suyos los habían colocado uno junto a otro contra la pared de la galería cavada en el subsuelo de Jerusalén, que sería su tumba.

Simón tenía en las manos la cabeza de Rufino, que, al enterarse de sus proyectos, había insistido en acompañarlos: «¡Yo séeee adóooonde van los subterráaaaneos que han encontraaaado!».

En efecto, mientras los zapadores cavaban trincheras profundas y las apuntalaban con contrafuertes a los que prenderían fuego llegado el momento, habían sacado a la luz corredores muy antiguos con las paredes decoradas con dibujos de épocas remotas. Muchos parecían bastante anteriores a la venida de Cristo e ilustraban escenas en las que los héroes eran dioses antiguos: hipopótamos con manos humanas llevando antorchas, enanos con crines a modo de cabellos, mujeres dotadas de brazos en forma de serpientes, caballos sin cabeza de pie sobre dos patas, cabras cuyas ubres habían sido reemplazadas por manos, esfinges que sonreían burlonamente… A su vista, los zapadores se habían apresurado a besar la mano de Fátima que llevaban en un medallón colgado al cuello y habían vuelto a salir manteniendo la máxima reverencia, es decir, a toda velocidad.

– ¡Los subterráaaaneos de Mooooria no tienen secreeeeetos para mí! -añadió Rufino.

Moria. Así se llamaba la colina sobre la que habían construido la Cúpula de la Roca y, hacía mucho tiempo, el Templo del rey Salomón, donde ahora vivían los templarios. La leyenda decía que allí habían descubierto los más sagrados tesoros de la humanidad, entre ellos el Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley. Se afirmaba también que el monte estaba recorrido por centenares de pozos y galerías que se entrecruzaban a distintos niveles, de manera que se necesitaban hasta siete días para atravesarlo de lado a lado, y una vida entera apenas era suficiente para penetrar sus misterios.

– Es el mejooor meeedio de entrar en la ciudaaaad, síiii -farfulló Rufino-. Pero es tambiéeen el más peligrooooso, seguuuuro… Está lleno de traaaampas. Poooozos sin foooondo, estaaacas envenenaaaadas, malefiiiicios, tooooda claaase de cooosas maaaalas…

Ya se marchaban, cuando Masada se acercó cojeando a Morgennes. Tenía un regalo para él.

– Es un mechón de pelos de Carabas que había guardado… Espero que te traiga suerte -dijo con una voz impregnada de tristeza.

Simón saludó a Masada de lejos, mientras Morgennes cogía el mechón de pelos y lo metía en su limosnera.

– Gracias, Masada.

De forma absolutamente inesperada, Morgennes apretó al hombrecillo contra su pecho, y añadió:

– Me traicionaste, hiciste muchas cosas innobles, pero hoy ya has pagado… Ve en paz, si puedes…

Luego se fue. Masada miró cómo se alejaba, con los ojos llenos de lágrimas. Entonces ejecutó un gesto irreprimible, del que no fue consciente en el mismo momento: la señal de la cruz.

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