Noche Sobre Las Aguas
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:
Quizá debería esconderme otra vez, pensó.
El patrón se hallaba maniobrando la lancha, y el hidroavión continuaba amarrado al costado. Los dos gángsters deberían amarrar de nuevo la lancha al clipper, y no podrían hacerlo empuñando sus armas. Harry esperó ese momento.
El patrón gritó algo que Harry no entendió. Pocos momentos después, los gángsters guardaron las pistolas en los bolsillos y salieron a la plataforma.
Harry, con el corazón en un puño, bajó por la escalerilla y entró en el compartimento de proa.
Los hombres intentaban atrapar una cuerda que el patrón les lanzaba, completamente distraídos, y al principio no le vieron.
Se dirigió de puntillas al otro extremo del compartimento.
Cuando se encontraba a medio camino, el joven asió la cuerda. El pequeñajo se volvió un poco… y vio a Harry. Hundió la mano en el bolsillo y sacó la pistola justo cuando Harry se precipitaba contra él.
Harry se sintió seguro de que iba a morir. Desesperado, sin pensarlo dos veces, se agachó, asió al hombre por el tobillo y lo levantó.
El hombrecillo se tambaleó, a punto de caer, soltó la pistola y se agarró a su compañero para no perder el equilibrio.
El joven trastabilló y soltó la cuerda. Los dos oscilaron por un instante. Harry aún sujetaba el tobillo de Joe, y tiró de él.
Los dos hombres cayeron de la plataforma al revuelto mar. Harry lanzó un alarido de triunfo.
Se hundieron bajo las olas, emergieron y se debatieron en el oleaje. Harry adivinó que ninguno de los dos sabía nadar.
No esperó a ver cuál era su suerte. Debía saber lo que había ocurrido en la cubierta de pasajeros. Atravesó corriendo el compartimento de proa, subió por la escalerilla, desembocó en la cabina de vuelo y se dirigió de puntillas hacia la escalera.
Se detuvo al pie para escuchar.
Margaret podía oír los latidos de su corazón.
Resonaban en sus oídos como timbales, rítmicos e insistentes, con tal potencia que le parecía imposible que los demás pasajeros no los oyeran.
Estaba más asustada que en ningún otro momento de su vida, y avergonzada de ello.
La había asustado el amaraje de emergencia, la súbita aparición de las pistolas, la desconcertante forma con que personajes como Frankie Gordino, el señor Luther y el mecánico intercambiaban sus papeles, y la brutalidad indiferente de aquellos estúpidos matones, vestidos con sus espantosos trajes, y, sobre todo, porque el silencioso señor Membury yacía muerto en el suelo.
Estaba demasiado asustada para moverse, y esto también la avergonzaba.
Había hablado durante años de que quería luchar contra el fascismo, y ahora se había presentado su oportunidad. Delante de sus propias narices, un fascista estaba secuestrando a Carl Hartmann para devolverle a Alemania. Pero no podía hacer nada porque el terror la paralizaba.
En cualquier caso, tal vez no podía hacer nada; tal vez sólo lograría que la matasen. Pero debía intentarlo, y siempre había dicho que arriesgaría su vida por la causa y por la memoria de Ian.
Comprendió que su padre no se había equivocado al mofarse de sus pretensiones de valentía. Su heroísmo sólo residía en la imaginación. Su sueño de servir como correo motorizado en el campo de batalla era pura fantasía. Al oír el primer disparo se escondería debajo de un seto. En medio de un peligro real, no servía para nada. Se quedó sentada, absolutamente inmóvil, mientras el corazón aporreaba sus oídos.
No había pronunciado una palabra desde que el clipper se había posado sobre las aguas, los pistoleros subieron a bordo, y Nancy y el señor Lovesey llegaron en el hidroavión. No dijo nada cuando el llamado Kid vio que la lancha se alejaba, y el que se llamaba Vincini envió a Kid y a Joe a recuperarla.
Pero lanzó un chillido cuando vio que Kid y Joe se estaban ahogando.
Tenía la vista clavada en la ventana, sin ver otra cosa que olas, cuando los dos hombres aparecieron ante sus ojos. Kid intentaba mantenerse a flote, pero Joe se aferraba a la espalda de su amigo, empujándole hacia abajo mientras trataba de salvarse. Era una escena horrible.
Cuando gritó, el señor Luther corrió hacia la ventana. -¡Han caído al agua! -gritó como un histérico.
– ¿Quién? -preguntó Vincini-. ¿Kid y Joe?
– Sí.
El patrón de la lancha arrojó una cuerda, pero los hombres que se ahogaban no la vieron. Joe manoteaba como un poseso, presa del pánico, sumergiendo a Kid.
– ¡Haga algo! -dijo Luther, también muy asustado.
– ¿Qué? -preguntó Vincini-. No podemos hacer nada. ¡Esos bastardos chiflados ni siquiera saben cómo salvarse!
Los dos hombres se hallaban cerca del hidroestabilizador. Si hubieran mantenido la calma, habrían trepado a él, pero ni tan siquiera lo vieron.
La cabeza de Kid se hundió y no volvió a salir.
Joe perdió contacto con Kid y tragó una bocanada de agua. Margaret oyó un chillido ronco, amortiguado por las paredes a prueba de ruidos del clipper. La cabeza de Joe se hundió, emergió y desapareció por última vez.
Margaret se estremeció. Los dos habían muerto.
– ¿Cómo ha ocurrido esto? -preguntó Luther-. ¿Cómo han caído?
– Quizá les empujaron -insinuó Vincini.
– ¿Quién?
– Quizá haya alguien más en este jodido avión. ¡Harry!, pensó Margaret.
¿Era posible? ¿Seguiría Harry a bordo? ¿Se habría escondido en algún sitio, mientras la policía le buscaba, y salido tras el amaraje de emergencia? ¿Habría empujado Harry a dos gángsteres?
Después, pensó en su hermano. Percy había desaparecido después de que la lancha amarrara junto al clipper. Margaret había imaginado que estaría en el lavabo de caballeros y habría preferido quedarse donde no le vieran. Pero no era típico de él. Siempre se metía en líos. Sabía que había descubierto una manera extraoficial de subir al puente de vuelo. ¿Qué estaría planeando?
– ¡El plan se está yendo al carajo! -exclamó Luther-. ¿Qué vamos a hacer?
– Nos iremos en la barca, tal como habíamos planeado: usted, yo, el devorador de salchichas y el dinero -contestó Vincini-. Si alguien se entromete, métale una bala en el estómago. Tranquilícese y vámonos.
Margaret tenía el funesto presentimiento de que se toparían con Percy en la escalera, y sería él quien recibiría un tiro en el estómago.
Entonces, justo cuando los tres hombres salían del comedor, oyó la voz de Percy, procedente de la parte posterior del avión.
– ¡Quietos ahí! -gritó a pleno pulmón.
Margaret, asombrada, vio que empuñaba una pistola… y apuntaba directamente a Vincini.
Era un revólver de cañón corto, y Margaret adivinó al instante que debía ser el Colt confiscado al agente del FBI. Percy lo sostenía frente a él, con el brazo recto, como si estuviera apuntando a un blanco.
Vincini se volvió poco a poco.
Margaret se sentía orgullosa de Percy, aunque al mismo tiempo temía por su vida.
El comedor se encontraba abarrotado. Detrás de Vincini, muy cerca de donde Margaret estaba sentada, Luther apoyaba su pistola en la cabeza de Hartmann. Nancy, Mervyn y Diana Lovesey, el mecánico y el capitán se hallaban de pie al otro lado del compartimento. Y la mayoría de los asientos estaban ocupados.
Vincini contempló a Percy durante un largo momento.
– Lárgate de aquí, chaval -dijo por fin.
– Tire el arma -replicó Percy, con su voz aflautada de adolescente.
Vincini reaccionó con sorprendente celeridad. Se agachó a un lado y levantó la pistola. Se produjo un disparo. La detonación ensordeció a Margaret. Oyó un chillido lejano y comprendió que se trataba de su propia voz. Ignoraba quién había disparado a quién. Percy aparentaba estar ileso. Después, Vincini se tambaleó y cayó; un chorro de sangre brotaba de su pecho. Dejó caer la maleta y ésta se abrió, esparciendo su contenido. La sangre manchó los fajos de billetes.