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No te escondas

Электронная книга - «No te escondas». Краткое содержание книги:

Una mujer se suicida una gélida noche en Chicago.
Sin embargo, cuando el detective Aidan Reagan entra en el apartamento de la víctima, todas las evidencias muestran que ha sido un homicidio y apuntan a una sola persona: la psiquiatra Tess Ciccotelli.
Tess no puede evitar que Aidan la juzgue culpable antes siquiera de escucharla. Pero ella no puede facilitarle la información que la exculparía. Alguien ha atrapado a Tess en una red de desconfianza, engaños y traiciones. Y el cerco sobre ella se estrecha cada vez más.
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Murphy asintió, excitado.

– En el edificio de enfrente. Pero hay veinte pisos que dan a la calle. ¿Podrías saber cuál es a partir del ángulo de la foto?

– Es posible -dijo Rick-. La resolución no es nada buena, pero puedo intentarlo.

Spinnelli dio un golpe en la mesa para captar su atención.

– Necesitamos saber seguro qué piso es para conseguir una orden de registro. No me sirven las conjeturas.

Aidan llamó por teléfono.

– Lori, ¿tienes ya la lista de inmuebles que son propiedad de Deering?

Al cabo de dos minutos Lori aparecía con el listado y Aidan lo repasó de arriba abajo.

– Hay veinte pisos, pero solo uno queda enfrente del de Tess. Vamos.

Viernes, 17 de marzo, 20.45 horas.

– Detente -ordenó Tess, y Amy la obedeció con una sonrisa burlona en el rostro.

– ¿Y si no lo hago?

Tess disparó el arma y una bala pasó casi rozando la cabeza de Amy.

– Te pegaré un tiro.

El rostro de Amy enrojeció.

– Eres una bruja, siempre lo has tenido todo.

– Y ahora tendré el placer de verte en la cárcel, adónde tú querías mandarme.

– Y te habría mandado de no ser por los putos policías.

– Pareces uno de los malos de Scooby-Doo -dijo Tess, y el ceño de Amy se acentuó-. Demasiado cine clásico. -Miró alrededor, pero para su desgracia no vio ningún teléfono.

– No hay ningún teléfono -dijo Amy con suficiencia-. Solo hay internet. ¿Y ahora qué?

– Ven conmigo. Llamaremos a unas cuantas puertas, seguro que algún vecino tiene teléfono. -Hizo una señal a Amy para que siguiera avanzando hacia la puerta-. En marcha.

Pero Amy la atacó. Tess retrocedió y se quedó atrapada contra el cristal de la puerta del patio y Amy le arrebató la pistola. Sangrando y magullada, Amy apuntó a Tess en el corazón.

– Ahora muévete tú. Sal a la terraza. Cerraré el círculo con tu padre, y también contigo. Todo esto empezó cuando tu paciente se tiró por el balcón. Ahora en los titulares también saldrás tú. Abre la puerta.

– No. -Tess sabía que en el momento en que saliera a la terraza estaba muerta.

Amy quitó el cierre de seguridad y abrió la puerta, y el frío aire nocturno se coló por ella. Con una mano agarró a Tess por el pelo y con la otra apretó la pistola contra su sien.

– He dicho que te muevas. Muévete ya. -Arrastró a Tess hasta la terraza y le empujó hasta que quedó inclinada sobre la barandilla. Tess gritó al notar la culata de la pistola contra la región lumbar. Instintivamente, se adelantó para evitar el dolor y perdió el equilibrio. Amy aprovechó para empujarle.

Y Tess cayó.

– ¡Policía! -Aidan se hizo a un lado y el cuerpo especial de intervención echó abajo la puerta del piso. A Aidan se le cayó el alma a los pies. En la terraza estaba Amy, sola. Apenas consiguió divisar dos manos que se aferraban desesperadamente al alféizar. «Tess.» Aidan echó a correr, pero Amy Miller se volvió con expresión violenta y perturbada.

– Si no os vais todos, le dispararé a las manos -amenazó con total tranquilidad-. Y si se cae, son doce pisos. O muere o deseará haber muerto, y vosotros también.

Murphy se situó detrás de Aidan.

– A la de tres, Aidan -dijo en voz baja-. Una, dos…

«Tres.» Murphy y Aidan dispararon a la vez y la fuerza combinada de sus armas sobre el torso de Amy arrojó a esta por encima de la barandilla. Aidan no se molestó en comprobar dónde había caído; corrió a la terraza y entre él y Murphy tiraron de Tess hasta que estuvo a salvo. Estaba pálida y jadeante, demasiado afectada para pronunciar palabra.

Aidan la meció entre sus brazos y la llevó al salón.

– Ha caído a la calle -anunció Murphy desde el balcón-. Está muerta.

– Círculo cerrado -susurró Tess-. Como Cynthia.

En ese momento Aidan supo que no abandonaría a Tess jamás. El hecho de ver sus dos pequeñas manos aferradas al borde del balcón había sido como perder veinte años de vida.

Tess se esforzó por tenerse en pie.

– Mi padre. Llama al 911. Necesita oxígeno.

Y ella también, pensó Aidan. La sostuvo mientras ella corría hacia la habitación donde Michael Ciccotelli permanecía tendido, todavía atado y pálido. Levantó la vista y, al verlos, cerró los ojos en señal de alivio.

– Estás viva. He oído los disparos.

Tess se dejó caer de rodillas y buscó la navaja para cortar las cuerdas. Lloraba pero a Aidan le pareció que ella ni siquiera se daba cuenta. Tenía las manos temblorosas y la navaja representaba un peligro.

– Está muerta, papá. Amy está muerta.

– Tess. -Aidan se acuclilló a su lado y le quitó la navaja de las manos-. Siéntate y respira. -Con rapidez, cortó las cuerdas que ataban a Michael y ayudó al anciano a estirar las extremidades-. Os voy a llevar a los dos al hospital y no protestaréis, ¿de acuerdo?

Michael miró a Tess.

– Si tú vas, yo también.

Ella asintió; se cubría la boca con la mano.

– De acuerdo.

– ¿Tess? ¿Papá? -Vito se deslizó velozmente hasta la puerta abierta y se detuvo en seco-. Santo Dios, Tess. -Se dejó caer de rodillas junto a ella y la estrechó entre sus brazos-. Spinnelli me ha llamado y he llegado cuando aún estabas colgando del alféizar. Creía que ibas a caer. -La estrechó más fuerte y la meció.

Michael abrió los ojos como platos.

– ¿Estabas colgando del alféizar? Santo Dios.

– Pensaba que iba a darme un ataque -dijo Vito con vehemencia-. Mamá y yo estábamos ahí plantados; nos hemos quedado sin respiración. Entonces Amy se ha caído y Reagan te ha ayudado a subir. -Levantó la cabeza con gesto trémulo y miró a Aidan a los ojos-. Gracias.

Aidan consiguió asentir con la cabeza.

– De nada. Yo tampoco tengo claro que pueda volver a respirar con normalidad. -Exhaló un suspiro e hizo una tentativa de inspirar-. Sí, me parece que sí que puedo.

Tess se apartó de Vito poco a poco, se volvió hacia Aidan y apoyó la cabeza en su hombro.

– Me parece que nunca me había alegrado tanto de ver a alguien como cuando te has asomado por el balcón. -Le dio un suave beso en los labios-. Gracias.

Aidan enterró la cabeza en el lateral de su cuello y se estremeció. Todo había terminado. Por fin.

– De nada. Vamos a comprobar que estés bien y nos iremos a casa.

Ella le ladeó la cabeza y lo miró a los ojos, sonriente.

– Esta noche no hay comidita que valga, detective.

La carcajada de Aidan sonó entrecortada.

– Me parece bien. No sería capaz de tragar ni un bocado aunque lo hicieras. Tal vez mañana.

– Eso, mañana.

Sábado, 18 de marzo, 8.30 horas.

Tess, con el corazón acelerado, salió del ascensor a la planta donde se encontraba el despacho de Aidan. Se detuvo un momento y respiró hondo.

– ¿Aún detestas los ascensores, Tess?

Ella levantó la cabeza y vio que Marc Spinnelli la escrutaba con una amable sonrisa en el rostro y una taza de café en la mano.

– Sí, pero creo que ahora detesto más las alturas.

Él hizo una mueca.

– Me parece que es de lo más normal que tengas esa fobia, doctora. -Le pasó el brazo por los hombros-. Anoche no tuve oportunidad de hablar contigo. ¿Estás bien?

– Sí, un poco dolorida nada más. -Se había despertado en la cama de Aidan hacía una hora. Él ya se había marchado y le había dejado una nota en la almohada. «Duerme», le decía. Pero esa mañana necesitaba respuestas. Necesitaba estar con él-. ¿Está Aidan?

Él asintió al comprenderlo.

– Está en la sala de reuniones. Te acompañaré.

Cuando entró, cinco pares de ojos se posaron en ella. Estaban Jack, Rick, Patrick y Murphy. Y también Aidan, que se puso en pie con el entrecejo fruncido.

– Te había dicho que durmieras.

– No podía. -Le mostró el Bulletin de esa mañana-. ¿Habéis visto esto?

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