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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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El cuarto par del Imperio. Cabeza de cocodrilo, cortas y recias piernas velludas como las de un animal. Una horca en la mano.

El quinto. Alas de murciélago, colmillos, una antorcha humeando en su negra mano de largas garras.

Monstruos y demonios. ¿Son ésos los pares del Imperio?

Una mujer pez, escamas y pechos. Un hombre chivo, bufando y pavoneándose. Uno con un gran pico de pájaro y brillante plumaje que resplandece con luz propia.

Una cabeza de león. Una cabeza de sapo.

Nueve monstruos de pesadilla alineados en semicírculo delante de mí. ¡Qué inmóviles están! ¿Y ahora qué? ¿Saltarán sobre mí, me devorarán vivo mientras me siento en mi trono?

Una señal. Cabeza de alce se adelanta unos pasos. Se arrodilla. Toca mi pie.

—Majestad —dice.

¿Qué? ¿Qué? La voz, retumbando desde las profundidades de la pesada máscara, es profunda, ronca.

—Majestad —dice cabeza de león, avanzando también unos pasos.

—Majestad —dice la mujer pez.

Uno a uno. Es como un sueño. Es como un momento fantasmal fuera del espacio y del tiempo. El universo ha terminado; los espíritus flotan libres por todas partes.

—Majestad. —Y —: Majestad. —Y —: Majestad.

Ahora rebuscan algo en sus ropajes, y extraen pequeños objetos, y los depositan delante de mí: una esfera, una varilla, una cadena de bolas doradas entrecruzadas. ¿No es una mascarada, pues, sino un sueño? ¿Qué se supone que debo hacer, resolver el rompecabezas de esos juguetes? ¿Debo ponerme yo también una máscara?

¿Por qué me llaman Majestad? Ése no es un título para mí. El rom baro está más allá de ese tipo de pompa. Mi pueblo me llama Yakoub. Esos lores podrían hacer lo mismo.

Cabeza de cocodrilo extrae de las profundidades de sus ropas algo que parece como un espadín metido en una funda. Polarca se tensa y se prepara para saltar hacia delante. Le indico que se mantenga en su sitio con un pequeño movimiento de mi dedo. Cabeza de cocodrilo coloca el espadín delante de mi: espléndido terciopelo púrpura, intenso, lustroso. Coloca una velluda mano sobre la empuñadura del arma que hay dentro y empieza a sacarla lentamente. No es un arma.

Sé lo que es. Lo he visto antes, muchas veces, en mis visitas a la Capital. Es el cetro del cargo que el emperador lleva consigo cuando ocupa la plataforma del trono en la parte superior de la escalinata cristalina.

¿Qué significa eso? ¿Qué significa?

—¿Aceptaréis esto, Majestad? —pregunta cabeza de cocodrilo.

—Ese cetro no me pertenece.

—Será vuestro en el momento que toque vuestra mano —dice. Yo había creído que después de ver la Estrella Romani me hallaría más allá de toda maravilla; pero ahora me siento maravillado hasta mis raíces. ¿Qué están haciendo esos locos gaje, vestidos con aquellos disfraces de pesadilla y arrastrándose a mis pies? ¿Qué extraño rito es éste, que ningún rom ha visto nunca o del que nunca ha oído hablar siquiera, esta procesión de fantasmas, esta presentación del cetro?

¿Me están nombrando emperador? ¿A mí?

—Os habéis vuelto locos —digo.

—Majestad… —dice cabeza de cocodrilo.

—Majestad… —cabeza de alce.

—Os lo suplicamos, Majestad… —ahora es cabeza de sapo, arrastrándose a mis pies.

—¡Arriba, todos! —Les miro, alucinado —. ¡De pie! ¡Quitaos estas horribles máscaras!

—Majestad…

—¡Todas ellas fuera! ¡Desenmascaraos! ¡De inmediato! —Agarro su cetro gaje y lo agito a mi alrededor —. ¡No quiero pesadillas aquí! ¡Libraos de esas máscaras!

Se miran los unos a los otros, haciendo pequeños gestos de asombro con sus garras y patas y aletas. Consternación. Incertidumbre. Luego cabeza de león alza su máscara, y el rostro de un hombre de Vietoris, desconocido para mí, aparece. Cabeza de sapo revela un rostro de Copperfield, tostado, curtido por el viento. Cabeza de alce tiene la piel clara y el pelo rubio de un hombre de Ragnarok. Nueve mundos del Imperio han proporcionado aquellos nueve pares. Sin sus máscaras, parecen absurdos en sus trajes, atrapados a medio disfrazarse, infantiles, estúpidos, embarazados.

—¿Qué es esto? —pregunto, blandiendo el cetro —. ¿Por qué habéis venido aquí con estos disfraces? ¿Qué es lo que intentáis hacer?

—Es la tradición —susurra uno —. Sólo un poco de escenografía, Majestad. Para dar un toque de espectacularidad al antiguo rito secreto…

—¿Qué rito?

—El nombramiento del emperador, Majestad.

Sí, yo tenía razón. Pura locura.

—¿Habéis perdido todos la cabeza? ¡Yo soy rom! ¿Qué pretendéis, acudiendo a un rom de esta forma?

—El trono está vacío. Los tres grandes lores han muerto. Las naves permanecen en los astro-puertos. Los mundos se sienten impotentes —dice el hombre de Ragnarok.

—Ha llegado el momento de unir todos los pueblos —dice el de Copperfield —. Vos sois el indicado. No hay nadie más. Ésta fue la voluntad del Decimoquinto, sellada en el momento de su muerte, revelada a nosotros ahora, tras la destrucción de la Capital. Él os eligió a vos. Esta terrible guerra fue la consecuencia de ignorar esa elección. Ahorradnos más dolor. Estamos segures de que no rechazaréis la voluntad del Decimoquinto.

La voluntad del Decimoquinto…

—¡Majestad! —exclaman de nuevo. Miro al otro lado de la habitación. Polarca está riendo o llorando, no estoy seguro. Damiano está de rodillas, temblando y rezando. Chorian parece como si hubiera sido golpeado por la espalda por una estrella errante. Sólo Julien de Gramont permanece totalmente tranquilo: parece transfigurado, extático, como si la propia Francia acabara de renacer delante de sus ojos.

—¡Majestad! ¡Majestad!

Contemplo el cetro en mi mano. ¿La voluntad del Decimoquinto? ¡Jesu Cretchuno Sunto Mario! ¿El emperador Yakoub? ¿El mismo hombre, rey y emperador? ¿Qué piensan que soy, gaje además de rom?

Pero maldita sea, ¿por qué no?

El primer emperador rom. Y el último. Acepta el trono, proclama la armonía de los pueblos, reconstruye la red que une los mundos. Envía de nuevo las astronaves a sus destinos. Y luego, luego, el renacimiento de la Estrella Romani bajo mis auspicios. El regreso, el reasentamiento. Porque ésta tiene que ser la llamada que todos hemos estado aguardando: cuando los gaje se vuelvan a un rom y le pidan: Reúnenos de nuevo. Así que nos reuniremos de nuevo. Y luego emprenderemos el camino a casa.

—¿Aceptaréis? —preguntan los lores gaje, sorprendidos ellos mismos por lo que está ocurriendo —. ¿Acataréis la voluntad del Decimoquinto? El trono del Imperio os está aguardando, Majestad. Decid la palabra, y proclamaremos: ¡El Decimosexto ha sido elegido al fin!

—No —digo, y hay un terrible y asombrado silencio.

—¿No? —murmuran —. ¿No?

Una sonrisa.

—No, no el Decimosexto. Creo que es un número de mala suerte. Dejemos que ellos hayan sido el Decimosexto, los tres. El Decimosexto y el Decimoséptimo y el Decimoctavo. Aceptamos vuestro homenaje, y nos proclamamos vuestro gobernante desde este mismo momento como el Decimonono de la línea, y que así sea.

—¡Larga vida para el Decimonono emperador! —exclaman los pares del Imperio.

—¡Larga vida para el Decimonono! —De Chorian, resonante, jubiloso —. ¡Larga vida para el Decimonono! —De Julien, de Polarca, de Valerian. Y luego de todos a la vez.

—Nos sentimos enormemente complacidos —digo, agitando benevolente el cetro de uno a otro lado de la habitación.

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