Morir por ti
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Morir por ti». Краткое содержание книги:
Lisa Jackson nació en una pequeña ciudad al pie de las Cascades, en el noroeste de EE.UU., y no se dedicó por completo a la escritura [asta que su hermana la animó a ello y a llevar a un editor su primer libro. Desde entonces son más de cincuenta los libros publicados por esta autora, dama de la novela romántica de suspense y presente en las listas de best-sellers más prestigiosas.
Existen secretos que una mujer nunca debería revelar
A Zach se le hizo un nudo en la garganta mientras olía la taza. Una sensación de rechazo le hizo apartar la taza de un golpe, derramando parte del contenido sobre la mesa.
– Eunice -dejó escapar él con los ojos convertidos en apenas una delgada línea.
Adria asintió en silencio, incapaz de formular las palabras que se cernían sobre ellos: que la madre de Zachary había asesinado a Ginny Slade.
«Tengo que hablar contigo a solas.» Eunice dejó el mensaje en el teléfono móvil de Zach. «Tengo que decirte algo importante y la única manera de que descubras la verdad es hablando conmigo. Por favor, Zach, sé que imaginas cosas horribles de mí, pero no son verdad. Déjame que te explique realmente lo que pasó. Eres la única persona en la que puedo confiar.» Volvió a dejar el auricular sobre el teléfono de pared que tenía en la cocina y no dudó ni por un instante que Zach la iría a ver.
Pronto.
Mientras estaba sentada a la mesa de la cocina, leyendo en el periódico el artículo que hablaba del asesinato de Ginny Slade, Eunice supo que solo era cuestión de horas que Zach se presentara allí, acusándola de haber asesinado a Ginny.
Y no le creería cuando ella lo negara.
Frunciendo el entrecejo, echó una mirada a las aguas verdosas del lago Oswego, como si observando aquellas aguas oscuras pudiera imaginar qué era lo que iba a suceder. Eunice se había rendido pocas veces en su vida y no iba a hacerlo ahora.
Pero ¿quién había asesinado a aquella estúpida niñera? Seguramente alguien relacionado con la familia; puede que incluso alguien de la familia. ¿Uno de sus propios hijos?
Alguien lo suficientemente listo como para saber que Zach, y posiblemente la policía, la acusaría a ella. Alguien, acaso, que sabía que la muerte de Kat no había sido un suicidio y que Eunice había jugado un papel importante en el fallecimiento de la segunda esposa de WittDanvers.
«Maldita sea», murmuró ella enfadada al ver que sus planes habían fracasado. ¿Por qué no se había ido de la ciudad aquella zorra cazafortunas? ¿Por qué no había dejado de proclamar que ella era London? ¿La preciosa niña de Witt?
Aquello la ponía enferma. Su estómago se encogía y le subía por la garganta el gusto amargo de la rabia contenida, una furia al rojo vivo que corroía su sangre. Ella había dado a Witt cuatro hijos. ¡Cuatro! Y él les había dado la espalda cuando aquella cazafortunas había puesto sus falsos ojos en él. Maldito viejo loco.
Pero había tenido su merecido al perder a su niña favorita y al encontrar a su querida esposa en la cama con su hijo. Le temblaron las rodillas al pensar en Zach y Kat juntos en la cama. Aquello era enfermizo, eso era. Sucio. Incestuoso; y ahora… y ahora estaba haciendo lo mismo con la hija de aquella horrible mujer. Aquello era insoportable.
Eunice no tenía ninguna duda de que Adria era London; el parecido de la chica con Kat era espeluznante. A Eunice se le ponía la carne de gallina solo de pensarlo. Si al menos Zach hubiera sido engendrado por Anthony Polidori, las cosas serían más sencillas. Mucho más sencillas. Más limpias.
En realidad…
Eunice se estremeció y se frotó la herida que se había hecho en la mano, cuando había atacado a Adria en aquel apestoso motel. Estaba dolorida y todavía cojeaba a causa de aquel ataque que no había dado ningún resultado. Estaba tan enfadada, tan fuera de sí que enloquecía. Se acordó de sí misma escondida en la oscuridad, esperando, sabiendo que Adria, al igual que Kat, estaba con Zach.
Dios, ¿no iba a aprender nunca? ¿Por qué se había tenido que liar con su propia madrastra y con la hija de esta? ¡Su hermana! Eunice sintió que aquellos pensamientos le daban ganas de vomitar y empezó a sacudirse violentamente.
«Cálmate, mujer… no tienes que perder la calma. Esa es la única manera. Tendrás que enfrentarte con Zach. Pronto. ¡Y posiblemente también con London!» Maldita sea, ¿por qué no había cumplido Ginny Slade el trato hasta el final? No había duda de que Zach conocía todos los detalles del secuestro y seguramente habría deducido que su propia madre estaba detrás de aquel crimen.
Por un momento pensó en escapar. Posiblemente aún estaba a tiempo de llegar hasta Canadá o hasta México.
«¿Y luego qué?»
«Ganaría Katherine.»
«Ganaría London.»
«No», gruñó, apretando los puños tan fuerte que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos.
Tenía que acabar lo que había empezado.
El siguiente paso era convencer a Zach.
Ella conocía bien a sus hijos y entendía mucho mejor a Zach que a los demás. Ahora mismo, ya habría descubierto que ella estaba detrás de los ataques a su preciosa Adria y seguramente querría enfrentarse con ella.
Salió de la cocina y se dirigió al baño, donde abrió el armario de las medicinas. Había un montón de frascos y botes alineados sobre los estantes de cristal, resultado de su intento de luchar contra aquellos insistentes dolores que ningún doctor había podido identificar. Porque no debería sentir ningún dolor. Gracias a la ayuda de la profesión médica, se encontraba tan sana y fuerte como si tuviera treinta y cinco años, y puede que incluso más fuerte. Había ido acumulando medicinas y recetas de al menos una docena de médicos, y combinadas con sus propios conocimientos básicos de química, anatomía y medicina, había sido capaz de fabricar sus propios «cócteles».
Se recordaba colocando una mezcla de Valium y somníferos en el vodka de Kat, en la habitación de su hotel, la noche en que esta falleció. Kat había salido y Eunice se había colado en la habitación, con la ayuda de una llave que le había quitado del bolso a Kat, cuando ella estaba en el bar del hotel. Mientras Kat estaba todavía bebiendo en el bar, ella se había metido en su habitación. Había sido tan fácil colocar el fármaco en su bebida, y luego esperar en el balcón a que Kat regresara y se sirviera otra copa antes de meterse en la ducha. Kat estaba muy débil.
La pérdida de London casi había llegado a matar a aquella zorra. Pero no del todo.
Había necesitado un pequeño empujoncito. Literalmente hablando.
Y Eunice se lo había proporcionado con mucha alegría. Había sido tan fácil ayudar a caer a aquella patética mujer desde la terraza.
«Mamá», dijo ahora Eunice, con la misma voz que había utilizado para atraer a su enemiga hasta el balcón. «Mamá.» Kat estaba tan desorientada que no se había dado cuenta de la trampa hasta que sus ojos se abrieron aterrorizados con sorpresa al ver a Eunice, justo antes i de que esta la empujara por encima del borde del muro de la terraza.
Eunice había imaginado que podría salvarse de la acusación de asesinato.
La investigación policial había concluido que la muerte de Kat había sido un suicidio, debido a la depresión y a una sobredosis de barbitúricos.
Pero alguien más sabía la verdad, dedujo Eunice mientras tomaba un frasquito y una aguja hipodérmica y cerraba el armario. La puerta de espejo se cerró de golpe y ella se encontró mirando sus propios ojos vacíos.
Sí, deseaba la muerte de Kat.
Pero había tenido que seguir viviendo con el sentimiento de culpa.
Y ahora, sospechaba, alguien más sabía que ella era una asesina y estaba esperando que la culparan también de la muerte de Ginny Slade.
¿Quién?
Si no era uno de sus hijos -y eso era algo que no podía aceptar-, ¿acaso Anthony o alguno del clan Polidori? Acaso esa era la recompensa por el hecho de que Ginny hubiera dejado que los culparan a ellos por el secuestro… no…
Frunció el entrecejo; en su frente y alrededor de sus labios aparecieron profundas arrugas. No era el momento de especular. Todavía tenía que enfrentarse con Adria -la única persona que se interponía entre la fortuna de Witt y sus hijos. Y si no había ninguna manera de asustarla, entonces tendría que morir.
Incluso aunque Zach tratara de impedirlo.