El psicoanalista [The Analyst - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:
A mi no me habría preocupado nada la ambigüedad moral de disparar a alguien por la espalda. O por delante, en realidad. Como se dice, las cosas sólo se aprenden con la práctica. Siempre y cuando el blanco esté muerto, ¿qué más da? Así que no dejaré caer mi arma, ni ahora ni nunca. Permanecerá en mi mano derecha, amartillada y a punto. ¿Me volveré ahora? ¿Probaré suerte en este momento? ¿O esperaré un poco?
Ricky guardó silencio. La cabeza le daba vueltas.
– Debería saber algo, doctor: si quiere ser un buen asesino, no debería preocuparse por su penosa vida.
Ricky escuchó aquellas palabras a través de la oscuridad y sintió una terrible inquietud.
– Yo te conozco -dijo-. Conozco esa voz.
– Sí, es verdad -contestó Rumplestiltskin con tono algo burlón-. La ha oído bastante a menudo.
Ricky se sintió de repente como si estuviera de pie sobre hielo resbaladizo.
– Date la vuelta -ordenó, y la inseguridad se reflejó en su voz.
Rumplestiltskin negó con la cabeza.
– Es mejor que no me pida eso. Porque si lo hago, casi toda la ventaja que tiene habrá desaparecido. Veré su posición exacta y le aseguro, doctor, que una vez le tenga localizado, pasará muy poco tiempo antes de que lo mate.
– Te conozco -repitió Ricky en un susurro.
– ¿Tanto le cuesta? La voz es la misma. La postura. Todas las inflexiones y los tonos, los matices y las peculiaridades. Debería reconocerlos todos -dijo Rumplestiltskin-. Después de todo, hemos estado viéndonos cinco veces a la semana durante casi un año. Y tampoco me habría vuelto entonces. Y el proceso psicoanalítico, ¿no es más o menos lo mismo que esto? El médico con los conocimientos, el poder y, me atrevería a decir, las armas justo a la espalda del pobre paciente, que no puede ver qué pasa y sólo cuenta con sus recuerdos míseros y patéticos. ¿Tanto han cambiado las cosas para nosotros, doctor?
Ricky tenía la garganta reseca, pero aun así se le atragantó el nombre.
– ¿ Zimmerman?
– Zimmerman está muerto.
Rumplestiltskin rió de nuevo.
– Pero tú eres…
– Soy el hombre que conoció como Roger Zimmerman. Con una madre inválida y un hermano indiferente, y un trabajo que no iba a ninguna parte, y toda esa cólera que jamás parecía aplacarse a pesar de toda la cháchara que soltaba en su consulta. Ese es el Zimmerman que usted conoció, doctor Starks. Y ése es el Zimmerman que murió.
Ricky estaba mareado. Estaba comprendiendo más mentiras.
– Pero el metro…
– Ahí es donde Zimmerman, el verdadero Zimmerman, que tenía tendencias suicidas, murió. Empujado a la muerte. Una muerte oportuna.
– Pero yo no…
Rumplestiltskin se encogió de hombros.
– Doctor, un hombre va a su consulta y le dice que es Roger Zimmerman y que sufre de esto y aquello, se presenta como un paciente adecuado para el análisis y tiene los medios económicos para pagar sus honorarios. ¿Comprobó alguna vez que ese hombre fuese en realidad quien decía ser? -Ricky guardó silencio-. No creo. Si lo hubiera hecho, habría averiguado que el auténtico Zimmerman era más o menos como yo se lo presenté. La única diferencia consistía en que no era la persona que iba a su consulta. Ese era yo. Y, cuando llegó la hora de que muriese, ya me había proporcionado lo que necesitaba. Me limité a tomar prestada su vida y su muerte. Porque yo tenía que conocerlo a usted, doctor. Tenía que verlo y estudiarlo. Y tenía que hacerlo del mejor modo. Me costó algo de tiempo, pero averigüé lo que necesitaba. Despacio, sí, pero usted sabe que tengo mucha paciencia.
– ¿Quién eres? -preguntó Ricky.
– No lo sabrá nunca. Y sin embargo, ya lo sabe. Conoce mi pasado. Sabe cómo crecí. Sabe lo de mis hermanos. Sabe mucho sobre mí, doctor. Pero nunca sabrá quién soy en realidad.
– ¿Por qué me has hecho esto?
Rumplestiltskin sacudió la cabeza, como si le asombrara la sencilla audacia de la pregunta.
– Ya conoce las respuestas. ¿Tan difícil es pensar que un niño que ha visto cómo infligían sufrimiento a su madre, cómo le pegaban y la sumían en una desesperación tan profunda que tuvo que suicidarse para lograr la salvación, se dedique a vengarse de todas las personas que no la ayudaron, incluido usted, cuando alcanza una posición en la que puede hacerlo?
– La venganza no resuelve nada -aseguró Ricky.
– Ha hablado como un hombre que nunca se ha dado el gusto -gruñó Rumplestiltskin-. Está equivocado, por supuesto. Como tantas otras veces. La venganza sirve para limpiar el corazón y el alma. Ha existido desde que el primer cavernícola bajó de un árbol y golpeó a su hermano en la cabeza por alguna cuestión de honor. Pero sabiendo todo lo que sabe sobre lo que le ocurrió a mi madre y a sus tres hijos, ¿aún cree que las personas que nos descuidaron no nos deben nada? Niños que no habían hecho nada malo, pero que fueron abandonados a su suerte por muchas personas que deberían haber actuado de otro modo si hubieran tenido un mínimo de compasión o empatía, o sólo una pizca de humanidad. ¿No nos deben, después de haber superado esos tormentos, nada a cambio? Es una pregunta muy sugerente.
Se detuvo y, al oír el silencio de Ricky como respuesta, habló con frialdad:
– Verá, doctor, la verdadera pregunta que se plantea esta noche no es por qué busco su muerte, sino por qué no debería hacerlo.
De nuevo, Ricky no contesto.
– ¿Le sorprende que me haya convertido en un asesino?
No le sorprendía, pero no lo mencionó.
El silencio envolvió a los dos hombres un momento y, luego, igual que pasaría en la inviolabilidad de su consulta, con un diván y la tranquilidad, uno de los hombres interrumpió el fantasmagórico silencio con otra pregunta.
– ¿Le puedo preguntar algo? ¿Por qué cree que no merece morir?
Ricky pudo notar la sonrisa del hombre, sin duda una sonrisa fría, cruel.
– Todo el mundo merece morir por algo -añadió-. Nadie es inocente, doctor. Ni usted. Ni yo. Nadie. -Rumplestiltskin pareció estremecerse en ese momento. Ricky se imaginó los dedos del hombre cerrándose sobre su arma-. Mire, doctor Starks -dijo con una fría resolución que indicaba lo que estaba pensando-. Creo que, a pesar de lo interesante que ha sido esta última sesión y aunque hay mucho más que decir, se ha acabado el tiempo de hablar. Ha llegado el momento de que alguien muera. Y usted es quien tiene más números.
Ricky ajustó la mira de la pistola e inspiró hondo. Estaba apretujado contra los escombros, incapaz de moverse y con el camino detrás de él también bloqueado. Toda la vida que había vivido y toda la que tenía por vivir descartadas, todo por un solo acto de negligencia cuando era joven y debió haber actuado de otro modo.
En un mundo de opciones, no le quedaba ninguna. Puso el dedo en el gatillo de la pistola y se armó de fuerza y voluntad.
– Olvidas algo -dijo despacio, con frialdad-. El doctor Starks ya está muerto.
Y disparó.
Fue como si el hombre reaccionara al menor cambio en la voz de Ricky, que reconoció en el primer tono duro de la primera palabra, y su preparación y la comprensión de la situación tomaran el control, de modo que su reacción fue incisiva, inmediata y sin vacilación. Cuando Ricky apretó el gatillo, Rumplestiltskin se arrojó a un lado, girando al hacerlo, con lo que el primer disparo, dirigido al centro de su espalda, le desgarró, en cambio, el omóplato y el segundo le atravesó el brazo derecho con un sonido de rasgadura, sordo al dar en la carne y crujiente al pulverizar el hueso.