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Электронная книга - «Y punto». Краткое содержание книги:

«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.
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– No exageres, no fue para tanto. Seguro que tus chicas te enseñan hasta la campanilla.

– De eso se trata. No enseñaste nada, pero sugeriste. La anticipación es lo que excita. Ahora todo es demasiado explícito, las mujeres ya no saben seducir.

– Conseguirás que me sonroje -advierto-. ¿Vienes mucho por aquí?

– Casi todas las noches, en busca de alguien que me sepa seducir -reconoce con una sonrisa cómplice-. Parece que hoy es mi día de suerte. A ti, en cambio, no recuerdo haberte visto por estos pagos.

– Llamo mucho a las chicas -le explico-, pero casi nunca las veo. No me gusta salir hasta tarde, mi trabajo en la facultad me exige madrugar y, además, me puede el miedo.

– ¿Miedo?, ¿una mujer como tú, con esa seguridad?

– Sí. De volver a los malos hábitos si frecuento la noche, de dejarme caer una vez más por el sendero de la perdición… -enumero interpretando, con una convicción que para sí querría Meryl Streep, a la mujer descarriada empeñada en enderezar su camino ante un público que no desea en absoluto que lo haga.

– Te entiendo, es muy duro mantenerse limpio trabajando en según qué ambientes -me confiesa, y ridículamente se lleva la mano al corazón para darle más verosimilitud a la escena-. Menos mal que yo tengo mi arte.

– ¿A qué «arte» te refieres? Creí que vivías de Virtudes.

– Sí, claro, como una garrapata más del negocio del siglo, chupando de las sobras de la leche de sus ubres, sacándole fotos a putitas que no saben ni bajarse la cremallera, enseñándoles a perder la vergüenza, a menear las caderas… No, no es lo mío. Saco pasta de Virtudes a ratos y de reportajes de moda a tiempo completo. Modestia aparte, esa víbora no miente cuando asegura que trabaja con los mejores: los peluqueros, los maquilladores, todos jugamos en primera división -asegura mientras se sienta a mi lado, con los codos apoyados en la barra y la boca cerca, avariciosamente cerca de la mía-, y a nadie le viene mal un sobresueldo.

– Entonces, eso de tu arte…

– Es a lo que dedico el sobresueldo, a financiar mis vicios y, entre ellos, por encima de todos, la fotografía artística. Es mi pasión. Ahora precisamente estoy montando una nueva exposición.

– ¿De verdad? -río incrédula-. No sé cómo lo hago que siempre estoy rodeada de artistas.

– Será porque eres una obra de arte, nena -ronronea en mi oído como un lobezno con hambre de caperucitas.

– O una stripper demasiado vieja -y ahora suelto la frase clave, el anzuelo perfecto-. ¿Y de qué van tus fotos «artísticas»?

– ¿Te gustaría verlas? Puedo enseñártelas, vivo aquí al lado.

– Nooo, a otra con esa excusa, cariño. ¿Quieres quedarte conmigo con un truco tan rancio? ¿No ves que no hace falta? Sabes perfectamente a qué quiero dedicarme. No es necesario que me cameles si deseas estar conmigo.

– No, lo digo en serio. Estaría genial follar y todo eso, por supuesto, me pones a mil y, además, estoy hasta los huevos de niñitas con tetas de silicona y boquita de fresa haciéndose las inocentes con sus coletas y piruletas. Tú eres una mujer de verdad y te llevaría a la cama sin dudarlo, pero me caes bien, me recuerdas a una amiga que tuve y, tal vez sea por eso, no quiero aprovecharme de ti y echarte un polvo forzado con la excusa de que tengo mucha mano con Virtudes. Prefiero hablar, enseñarte mis fotos, mis proyectos…

– Al final va a ser que eres un romántico.

– Los artistas somos así -me sonríe-. Qué, ¿te vienes?

Y la intrépida policía que soy se baja de un salto del taburete dispuesta a ir de la guarida de las fieras a la boca del lobo. Total, qué más da, a ver si consigo en un mismo día ponerme en peligro con otro hombre tan inofensivo pero con la misma sonrisa de hiena. Agarro chaqueta y bolso con soltura, como si no llevara la pipa dentro, y les digo adiós con una sonrisa a mis queridas panteras. Rosa levanta los pulgares hacia arriba en signo triunfal y Negra, como una madre sobreprotectora que todo lo quiere controlar, me indica con un gesto que me telefoneará luego, no sé si para que le cuente o para comprobar que llego intacta a casa, quién sabe, no tengo demasiado tiempo para pensarlo porque mi fotógrafo, mi nuevo amigo, pretendiente, amante o incluso asesino, me coge de la mano como un adolescente sacándome del local entre la penumbra exactamente igual que cuando, con quince años, el chaval ansioso por besarte y magrearte te arrastraba lejos de la discoteca donde tus amigas bailan y la música retumba con una furia loca para averiguar el color de tu ropa interior y todas te desean suerte, como ahora, y te despiden con complicidad o envidia, y no sabes bien si eres afortunada o no, si ésa va a ser tu noche de suerte y descubrirás el amor y te tratarán con dulzura o el romeo que tanto te ansia acabará vomitando en tu falda y te hará sentir tonta, pequeña, absurda.

La casa de Kodak es más acogedora de lo que imaginaba. De hecho, y para mi sorpresa, todos los entornos previsiblemente hostiles están resultando estos días más agradables de lo que suponía: las mansiones de los mafiosos esconden cementerios para mascotas, los lupanares ofrecen té con pastas y en los apartamentos de fotógrafos de putas no hay sillones de mimbre cubiertos con chales ni abanicos gigantes en las paredes, ni siquiera un kimono de seda colgando de un respaldo o la inevitable lamparita cubierta con un pañuelo.

Me quito la cazadora y la dejo sobre un sofá de cuero color chocolate, Kodak se dirige a un aparador lacado en rojo del que saca unas copas mientras yo recorro el salón con sosiego, parándome a admirar las maravillosas fotos de Man Ray seleccionadas con esmero, la enorme librería blanca plagada de álbumes de arte, la chaise longue Le Corbusier ante el ventanal y una enorme ampliación granulada de una boca en blanco y negro.

– ¿Es tuya? -pregunto.

– ¿Cómo lo sabes? -se sorprende.

– No me suena, y tampoco es de Man Ray.

– Vaya, sí que sabes de fotografía.

– Paso mucho tiempo en la facultad, algo se me habrá pegado de estar allí todo el día, aunque sea en pelotas. ¿Quién es la modelo?

– Una amiga, ¿te importa si pongo música? -cambia de tercio.

– Debe de ser guapa, ¿no tienes por ahí el resto de su cara? -insisto, me escaman sus ganas de desviar la conversación.

– Era una modelo excepcional, guardo más de mil imágenes suyas -responde esquivo al tiempo que trastea en un estante hasta dar con un cd que introduce en una cadena de música ultraplana y nombre impronunciable. Se acerca hasta mí con una copa en cada mano y comienza a sonar la voz rota de Lola Beltrán deseando que te vaya bonito y te olvides de mí para siempre, que te digan que yo ya no existo y la vida te vista de suerte-. Trabajamos juntos casi una década y le hacía más de cien fotos al año. Por placer, porque me encantaba verla hacerse mujer, crecer, negarse contra toda lógica a envejecer…

– ¿Y qué pasó?

– Que dejó de hacerlo -y choca su copa con la mía con una melancolía que me empuja, me obliga a seguir preguntando. Deformación profesional.

– Explícame eso.

– No -apura su bebida de un trago, la abandona sobre la mesa de cristal y se me arrima, se aferra a mi cintura, apoya su barbilla en mi hombro como en busca de compañía o del consuelo o de calor y le oigo enumerar cuántas cosas dejaste prendidas hasta dentro del fondo de mi alma, cuántas luces dejaste encendidas que no sé cómo voy a apagarlas.

– Estás enamorado de ella -insisto, haciendo equilibrios con su peso, una mano sosteniendo mi copa y la otra en su pelo, comprensiva, acariciadora.

– No.

– Pero la quieres.

– Muchísimo.

– No te preocupes, volverá.

– Lo dudo.

– ¿Cómo se llamaba?

– Mmmm, ¿no te parece preciosa esta canción?

Voy a responderle que sí, me lo parece, pero me gusta más en la versión de Enrique Urquijo, mucho más triste, más rota, y entonces canturrea mi móvil y me escapo de su abrazo para alcanzar mi bolso y abrirlo sin que se me vea la pipa.

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