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Una vacante imprevista

Электронная книга - «Una vacante imprevista». Краткое содержание книги:

La historia de esta primera obra de Rowling para adultos se centra en Pagford, un imaginario pueblecito del sudoeste de Inglaterra donde la súbita muerte de un concejal desata una feroz pugna entre las fuerzas vivas del pueblo para hacerse con el puesto del fallecido, factor clave para resolver un antiguo litigio territorial.
La minuciosa descripción de las virtudes y miserias de los personajes conforman un microcosmos tan intenso como revelador de los obstáculos que lastran cualquier proyecto de convivencia, y, al mismo tiempo, dibujan un divertido y polifacético muestrario de la infinita variedad del género humano.
Sin que el lector apenas lo perciba, Rowling consigue involucrarlo en temas de profundo calado mientras lo conduce sin pausa a un sorprendente desenlace final.
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—Ya —admitió Gaia—. Es un viejo verde asqueroso.

Y los tres volvieron a reír.

La ronca voz de Maureen, amplificada por el micrófono, traspasaba la puerta de cristal.

—¡Vamos, Howard! ¡Vamos, un dueto para celebrar tu cumpleaños! ¡Adelante! ¡Damas y caballeros, la canción favorita de Howard!

Los adolescentes se miraron horrorizados. Gaia tropezó, riendo, y abrió la puerta de un empujón.

Sonaron los primeros compases de The Green, Green Grass of Home,[4] y a continuación la voz de bajo de Howard y la bronca voz de contralto de Maureen:

The old home town looks the same, As I step down from the train…[5]

Gavin fue el único que oyó las risas y los resoplidos, pero al darse la vuelta lo único que vio fue la puerta de la cocina, que oscilaba un poco sobre los goznes.

Miles se había acercado a charlar con Aubrey y Julia Fawley, que habían llegado tarde prodigando sonrisas para excusar su retraso. Gavin se sentía atenazado por aquella mezcla de temor y ansiedad con la que ya se estaba familiarizando. Su breve sueño de libertad y felicidad se había enturbiado por obra de aquellas dos amenazas: que Gaia contara lo que él le había dicho a su madre y que Mary se marchara de Pagford para siempre. ¿Qué podía hacer?

Down the lane I walk, with my sweet Mary, Hair of gold and lips like cherries…[6]

—¿Y Kay? ¿No ha venido?

Era Samantha; se apoyó en la mesa, a su lado, con una sonrisita de suficiencia.

—Ya me lo has preguntado —dijo Gavin—. No.

—¿Va todo bien entre vosotros?

—¿Es asunto tuyo?

Lo dijo sin pensar; estaba harto de que Samantha intentara sonsacarle información y se burlara de él. Por una vez, estaban los dos solos; Miles seguía ocupado con los Fawley.

Ella fingió que su actitud la sorprendía. Tenía los ojos enrojecidos y hablaba despacio; por primera vez, Gavin se sintió más disgustado que intimidado.

—Lo siento. Yo sólo…

—Ya, sólo preguntabas —dijo él, mientras Howard y Maureen se balanceaban cogidos del brazo.

—Me gustaría verte sentar la cabeza. Kay y tú hacíais buena pareja.

—Ya. Es que aprecio mi libertad. No conozco a muchas parejas felizmente casadas.

Samantha había bebido demasiado para captar toda la carga de esa indirecta, pero tuvo la vaga impresión de que se la habían lanzado.

—Los matrimonios son un misterio para los de fuera —dijo con cautela—. Sólo los entienden las dos personas implicadas. Así que no deberías juzgar, Gavin.

—Gracias por el consejo —repuso él, y, agotada su capacidad de aguante, dejó la lata de cerveza vacía en la mesa y se dirigió hacia el guardarropa.

Samantha lo miró marcharse, convencida de que había ganado el asalto, y centró la atención en su suegra, a la que veía entre la muchedumbre, contemplando la actuación de Howard y Maureen. Saboreó la rabia de Shirley, reflejada en la sonrisa más tensa y fría que había esbozado en toda la noche. Howard y Maureen habían cantado juntos muchas veces a lo largo de los años; a él le encantaba cantar, y ella había hecho los coros de un grupo de música folklórica. Cuando terminó la canción, Shirley dio una sola palmada; lo hizo como si llamara a un lacayo, y Samantha soltó una carcajada y se dirigió hacia el extremo de la mesa donde estaba el bar, pero se llevó un chasco al ver que el chico de la pajarita ya no se hallaba allí.

Andrew, Gaia y Sukhvinder seguían desternillándose en la cocina. Se reían del dueto de Howard y Maureen, y por haberse bebido dos tercios de la botella de vodka; pero sobre todo se reían por el placer de reír, contagiándose unos a otros hasta que ya no se tenían en pie.

La ventanita que había encima del fregadero, entreabierta para que la cocina se airease, se acabó de abrir y la cabeza de Fats asomó por ella.

—Buenas noches —dijo.

Resultó evidente que se había subido a algo que había fuera, porque, a medida que su cuerpo iba apareciendo por la ventana, se oían chirridos y, finalmente, el golpazo de un objeto pesado. Fats aterrizó por fin en el escurridero y tiró varios vasos, que se rompieron contra el suelo.

Sukhvinder salió de la cocina sin decir nada. A Andrew tampoco le hizo ninguna gracia ver a Fats allí. Gaia fue la única que permaneció impasible. Sin parar de reír, dijo:

—Hay una puerta, no sé si lo sabes.

—¿En serio? —dijo Fats—. ¿Qué tenemos para beber?

—Esto es nuestro —dijo Gaia, y abrazó la botella de vodka—. La ha birlado Andy. Tendrás que buscarte la vida.

—Vale —repuso Fats con serenidad, y salió por la puerta hacia la sala.

—Voy al lavabo —masculló Gaia; escondió la botella de vodka bajo el fregadero y se marchó también de la cocina.

Andrew salió también. Sukhvinder había vuelto a la zona de la barra y Fats estaba apoyado en la mesa, con una cerveza en una mano y un bocadillo en la otra.

—Me sorprende que hayas venido a una cosa así —dijo Andrew.

—Me han invitado, tío. Lo ponía en la invitación: «Familia Wall.»

—¿Sabe Cuby que estás aquí?

—Ni idea. Está escondido. No ha conseguido la plaza de Barry. Ahora todo el tejido social se vendrá abajo, porque Cuby no estará allí para sostenerlo. ¡Joder! ¡Esto es asqueroso! —añadió, y escupió el trozo de bocadillo que tenía en la boca—. ¿Vamos a fumar?

En la sala había tanto ruido, y los invitados estaban tan borrachos y gritaban tanto, que a nadie debía de importarle ya lo que hiciera Andrew. Cuando salieron a la calle, encontraron a Patricia Mollison sola junto a su deportivo, fumando y contemplando un cielo colmado de estrellas.

—Coged de éstos si queréis —dijo, ofreciéndoles su paquete.

Después de encenderles los cigarrillos, siguió allí de pie, tan tranquila, con una mano en el bolsillo. Tenía algo que a Andrew lo intimidaba; ni siquiera se atrevía a mirar a Fats para evaluar su reacción.

—Me llamo Pat —dijo ella al cabo de un rato—. Soy la hija de Howard y Shirley.

—Hola. Yo Andrew.

—Y yo Stuart —dijo Fats.

No parecía que la joven tuviera intención de prolongar la conversación. Andrew lo interpretó como una especie de cumplido e intentó emular su indiferencia. Entonces, unos pasos y unas voces femeninas amortiguadas interrumpieron el silencio.

Gaia arrastraba a Sukhvinder tirándole de una mano. Iba riendo, y Andrew se percató de que su borrachera todavía no había alcanzado el punto álgido.

—Oye, tío —le dijo Gaia a Fats—, ¿por qué eres tan capullo con Sukhvinder?

—Vale ya —dijo ésta intentando liberarse de su mano—. En serio, suéltame…

—¡Es la verdad! —dijo Gaia con voz entrecortada—. ¡Eres un capullo! ¿Eres tú el que le pone cosas en Facebook?

—¡Vale ya! —gritó Sukhvinder.

Consiguió soltarse y volvió corriendo a la fiesta.

—Eres un cerdo —le espetó Gaia sujetándose a la verja—. Eso de llamarla lesbiana…

—No hay nada malo en ser lesbiana —terció Patricia entornando los ojos detrás del humo al inhalar—. Pero yo qué voy a decir.

Andrew se fijó en que Fats la miraba de reojo.

—Yo nunca he dicho que hubiera nada malo en serlo. Sólo son bromas —dijo Fats.

Gaia, con la espalda apoyada en la verja, resbaló hasta quedar sentada en la fría acera y se tapó la cabeza con los brazos.

—¿Estás bien? —le preguntó Andrew.

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4

Verde, verde hierba del hogar

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5

El pueblo donde nací parece el de siempre cuando me apeo del tren.
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6

Emprendo el camino con mi dulce Mary, de cabellos de oro y labios de cereza.
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