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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Herzl le lanzó una mirada de incredulidad.

– Es usted una persona extraña -dijo fríamente-. ¿Qué le importa cómo fuera vestida? No era un concurso de belleza.

– Pero era una chica muy guapa -replicó Michael, e inmediatamente se arrepintió. «¿Por qué no dejas de tratarlo como a un niño?», se reconvino, «y le pides sin rodeos que te aporte una prueba, algún testigo».

– Llevaba un vestido azul, con brillos -murmuró Herzl-. Como la piel de un pez -y de pronto se estremeció.

– La televisión retransmitió el concierto -le recordó Michael.

– En el hospital no nos dejan verla hasta tan tarde. Y en casa no tengo televisión.

– ¿Vio a Felix en la sala?

– No, no lo vi -repuso Herzl enfadado-. Y aunque lo hubiera visto, ¡que se molestara él en buscarme! ¿Por qué iba a ir yo a buscarlo? Felix estaba equivocado.

– Pero ¿estaba sentado en su localidad habitual?

– No. Estaban ocupadas por otras dos personas -contestó Herzl ofendido-. Les habían dado nuestras localidades a otras personas. Por eso me senté en la fila diecisiete. Pero allí también se estaba bien.

Michael le ofreció otro cigarrillo y Herzl lo agarró con avidez y se puso a darle chupadas como si fuera un pezón. Se recostó en la cama, agachó el largo y pálido semblante y se subió la manta.

– ¿Cómo podía saber que iba a morir? -se lamentó-. Pasé seis meses sin hablar con él. Me decía a mí mismo, si quiere verme, que venga él. Después de la muerte de la madre, no quedó nadie que se preocupara de Theo. Sólo de Gabi. No es justo dárselo todo a un solo hijo. ¿No le parece? ¿Tengo razón o no? -alzó la cabeza.

– Hemos encontrado el cuadro en su casa -dijo Michael, haciendo un alarde de sangre fría.

– ¿Qué cuadro? -preguntó Herzl inocentemente.

– La Vanitas que estaba en casa de Felix. El cuadro holandés.

– ¿El de la calavera? ¿En mi casa? -preguntó Herzl sorprendido. Con manifiesta curiosidad, sin la menor traza de miedo, preguntó-: ¿Cómo llegó hasta allí?

– Lo encontramos en el armarito de la cocina, entre el cacao y el coñac.

– ¿Quién lo puso allí? -insistió Herzl.

– Eso quizá lo sepa usted.

– No lo sé -dijo Herzl atónito-. No es un buen sitio para guardar un cuadro. A veces hay humedades en esos armarios. Nunca los abro.

– ¿Quién tenía la llave de su casa?

– Felix y nadie más -dijo Herzl con resentimiento-. Después de que no me diera la razón en lo de Theo, quería quitársela, pero preferí no hablar con él. Habría pensado que era una excusa para retomar el contacto -explicó.

En cualquier momento podía producirse un estallido inesperado, Michael lo sabía. El flujo claro e indiferente de palabras podía quedar interrumpido. Como quien camina de puntillas por un campo minado, Michael se cuidaba mucho de no pronunciar las palabras «réquiem» ni «Vivaldi», y Herzl tampoco facilitaba nombres. Algo le decía que era mejor mantenerse en un terreno ambiguo hasta que llegara a comprender a fondo la cuestión.

– Gabi vino a verme -dijo de pronto Herzl con gran fatiga, y recostó la trémula cabeza en la almohada de rayas-. Vino a verme aquí. Por eso estaba yo tan enfadado con Theo. Él no se preocupó de buscarme para decirme que Felix había muerto. Sólo vino Gabi. Quería saber lo mismo que quiere saber usted. Felix le había hablado del manuscrito hacía algún tiempo. Fueron a ver a Meyuhas, que es un abogado especializado en derechos de autor. Yo ya sabía que Felix se lo había contado a Gabi. Felix me lo contaba todo. No mentía.

– ¿Y Theo? ¿A Theo no se lo contó?

– Se lo conté yo -confesó Herzl, y dirigió una mirada medrosa a su alrededor.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo se lo contó a Theo?

– Antes… la última vez que vino a verme. Después de que cerráramos la tienda. Cuando Felix se negó a llegar a un acuerdo. Hace dos o tres o cuatro meses, creo.

– ¿Y Gabi ya lo sabía?

– Se lo conté a Theo porque Felix llevó a Gabi a ver al abogado. Por eso se lo conté.

– Un manuscrito así valdrá millones, ¿verdad?

Herzl se encogió de hombros.

– Claro -dijo con indiferencia.

– ¿Le dijo usted que era de Vivaldi? ¿Qué le dijo exactamente?

Herzl se incorporó de golpe y miró a Michael como si acabara de darse cuenta de que lo habían envenenado.

– No voy a hablar más con usted -anunció-. Usted no sabe nada ni comprende nada. No diré una palabra más. Ni una. Ni aunque me mate. ¿Qué podría hacerme? -dijo desafiante.

– ¿Dónde está ahora el manuscrito? -preguntó Michael.

Herzl se tumbó con los ojos cerrados y apretó los labios.

Michael dejó el paquete de tabaco junto a la cama. Herzl abrió los ojos, echó una mirada de reojo, meneó la cabeza, hizo como si no hubiera visto el tabaco y volvió a cerrar los ojos.

– Ya sabe que han asesinado a Gabi -aventuró Michael. Pero Herzl no se movió-. ¿Quiere que asesinen también a Theo?

Herzl tensó los finos labios y empezó a respirar rítmicamente.

– ¿Tienes una grabadora? -le preguntó Michael a Zippo, quien, junto al puesto de enfermeras, leía las notas clavadas en un tablón de anuncios.

Zippo se palpó el bolsillo.

– Pues claro. La traje esta mañana, no doy un paso sin ella.

– Pues ponía en marcha y ve a sentarte a su lado. ¿Habla contigo?

– Desde luego. Todo el rato.

– ¿Cómo? -Michael estaba perplejo-. ¿De qué habláis?

– De muchas cosas -respondió Zippo-. De su infancia en Bulgaria. ¿Sabías que estuvo en un orfanato hasta los seis años? -Zippo chasqueó la lengua para demostrar su pena-. Pobre hombre. No tiene a nadie en el mundo. Hablamos de todo un poco. De mujeres, de por qué no le dejo fumar. En realidad, es un tipo muy agradable. Y no tiene un pelo de tonto. Entiende todo lo que le dices. Yo le hablo del Jerusalén de los viejos tiempos. Ya sabes, los tiempos en que…

– ¿Y has grabado vuestras conversaciones? -lo interrumpió Michael.

– Pues no, no las he grabado -Zippo agachó la cabeza-. No sabía que tenían importancia…

– ¡Todo tiene importancia! -masculló Michael con la voz ahogada-. ¿Me oyes? ¡Todo!

Zippo se atusó las guías del bigote con patente incomodidad y miró a Michael nervioso.

– Han sido charlas de lo más normal -alegó implorante-, créeme, de las que tienen dos personas comunes y corrientes.

– Ahora vas a volver ahí dentro -dijo Michael.

Zippo se apresuró a asentir.

– Y entablas conversación con él otra vez. Haz que te hable de la familia Van Gelden, de Felix van Gelden, y de Theo y de Gabi. Y de su viaje al extranjero. Que te cuente cosas de Holanda. ¿Conoces Holanda?

– Holanda no -reconoció Zippo-. Hace un año, mi mujer y yo fuimos en un viaje organizado a Londres y París. Fue muy bonito. Un par de semanas. Lo vimos todo. Pero no fuimos a Holanda. Lo dejamos para el año que viene, quizá…

Michael recobró la compostura y refrenó su impaciencia.

– Qué bien -dijo-. Pues pregúntale qué lugares de Holanda merece la pena que visites cuando vayas. Cosas así. Y que te hable de la ciudad de Delft.

– Delft -repitió Zippo.

– Haz que te hable de su última visita a Delft. Tendrás que emplear la astucia -le advirtió Michael.

– No hay problema -dijo Zippo, con una sonrisa de oreja a oreja.

– Y que te hable con detalle de la iglesia de Delft, y de los anticuarios de la ciudad a los que conoce. Grábalo todo, hasta la última palabra, ¿entendido?

– No hay problema -volvió a tranquilizarlo Zippo-. Delft -repitió para sí-. Qué nombres tan curiosos tienen por ahí. ¡Delft!

14

Un viejo manuscrito enmohecido

Izzy Mashiah siguió dócilmente a Michael hasta el área de administración del edificio del auditorio. Pero cuando pasaban ante la fila de taquillas de los músicos, apretó el paso para adelantar al detective y se detuvo junto a la taquilla donde aún se leía el nombre de Gabriel van Gelden. La tocó, tragó saliva y siguió andando hacia el despacho del representante de la orquesta. Al llegar a la puerta se retiró para dejar pasar a Michael. Dentro los esperaba Balilty. Sentado en una postura extrañamente rígida en él, frente al representante, que estaba hecho un manojo de nervios, Balilty estudiaba las tablas y columnas de números impresas en una larga tira de papel continuo, la cual se había escurrido hasta sus pies y había reptado por la verde alfombra hasta llegar a manos del sargento Ya'ir, quien alzó la vista para mirar a los recién llegados y les explicó con solemnidad:

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