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El mensaje que llegó en una botella

Электронная книга - «El mensaje que llegó en una botella». Краткое содержание книги:

¿Puede un terrible hecho del pasado seguir teniendo consecuencias devastadoras? Cuando una botella que contiene un mensaje escrito con sangre humana llega al Departamento Q, el subcomisario Carl Mørck y sus asistentes Assad y Rose logran descifrar algunas palabras de lo que fue la última señal de vida de dos chicos desaparecidos en los años noventa. Pero ¿por qué su familia nunca denunció su desaparición? Carl Mørck intuye que no se trata de un caso aislado y que el criminal podría seguir actuando con total impunidad.
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Luego dio unos pasos silenciosos por el sendero del jardín mientras las babosas se chafaban entre sus dedos. Putos bichos. Tendría que librarse de ellos cuando tuviera tiempo.

Se inclinó un poco hacia delante y divisó la débil luz de la rendija de la pequeña puerta de la caseta. Se oían voces tenues en el interior, pero no oyó qué se decía o quién hablaba. En realidad, daba lo mismo.

Cuando los que estaban dentro salieran, tendrían que pasar por allí. Solo se trataba de saltar a la puerta y echar el pasador del pestillo, y se quedarían encerrados. No les daría tiempo a liberarse a tiros antes de que fuera al coche a por el bidón de gasolina y prendiera fuego a la caseta.

Claro, desde los alrededores se vería la casa ardiendo, pero ¿qué alternativa había?

Nada, incendiaría la caseta, reuniría sus papeles y el dinero y partiría para la frontera tan pronto como pudiera. Tendría que ser así. El que no era capaz de ajustar sus planes a tiempo debía sucumbir.

Se metió el cuchillo de filetear en el cinturón y avanzó hacia la puerta, pero de pronto vio que se abría y que asomaban dos piernas.

Se hizo rápido a un lado. Tendría que eliminarlos según fueran saliendo.

Miró la figura, cuyos pies se apoyaron en el suelo, y después pasó por la puerta el resto del cuerpo.

– ¿Qué les ha pasado a nuestros padres? -dijo de pronto el chico en voz alta dentro de la caseta, y lo hicieron callar.

Fue entonces cuando el pequeño policía moreno arrastró a la niña fuera, la cogió en brazos y dio un paso atrás justo hacia él. El mismo hombre de tez oscura que estaba en la bolera. El que había derribado al Papa en la pista. ¿Cómo era posible?

¿Cómo podían saber de aquel lugar?

Giró el martillo en el aire y golpeó con la parte plana la nuca del hombre, que se derrumbó sin hacer ruido con la niña encima. La niña lo miró con ojos impasibles. Hacía mucho que se había resignado a su suerte. Después los cerró. Estuvo a punto de matarla, pero tendría que esperar. De todos modos, la niña no podía hacer nada.

Alzó la vista y esperó a que saliera el colega del policía inmigrante.

Las piernas del policía asomaron un momento por la puerta, mientras trataba de convencer al chico de que todo iba bien.

– Voy a salir; así podrás mirar por la puerta y ver que todo va bien -informó al chico.

Entonces le dio con el martillo.

El agente de Homicidios se deslizó poco a poco hasta el suelo.

Soltó el martillo y miró a los dos hombres inconscientes. Escuchó un par de segundos el susurro de los árboles y la lluvia cayendo sobre las baldosas. El chico tal vez estuviera alerta en el interior, pero por lo demás no se oía nada.

Luego puso a la niña en pie de un tirón y la empujó de vuelta a la caseta, cerró la puerta y colocó el pasador en la cerradura.

Se enderezó y miró alrededor. Aparte de las protestas del chico, el paisaje seguía tranquilo. Ningún coche de refuerzo. Ningún ruido fuera de lugar. Al menos de momento.

Aspiró hondo. ¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Llegarían más, o eran un par de vaqueros solitarios queriendo impresionar a sus superiores? Tenía que saberlo, no había otra solución.

Si los dos hombres estaban actuando por iniciativa propia, podría seguir con su plan; si no, tendría que largarse de allí. Fuera como fuese, debía deshacerse de los cuatro en cuanto supiera algo más.

Volvió corriendo al anexo y soltó el cordel que colgaba sobre la puerta.

Ya había atado a gente antes. No se tardaba mucho.

De la caseta de botes llegó un fuerte estruendo mientras ataba las manos por detrás a los dos hombres desvanecidos. Era el chico, que gritaba que les abriera la puerta. Que sus padres no iban a pagar si no los devolvía.

Era un chico duro. Hacía lo que podía.

Entonces el chico empezó a patear la puerta.

Él miró al pestillo. Hacía muchos años que lo había puesto, pero la madera estaba todavía fuerte. Aguantaría bien las patadas.

Arrastró a los hombres algo lejos de la caseta, donde la luz del cobertizo iluminaba sus rostros. Después tiró del mayor de los hombres hasta dejarlo sentado en las baldosas encorvado hacia delante.

Se arrodilló ante el agente y le dio varios cachetes fuertes.

– ¡Eh, despierta! -ordenó mientras le pegaba.

Al final funcionó.

El policía puso primero los ojos en blanco, parpadeó un par de veces y logró enfocar la vista.

Se miraron a los ojos. Los papeles habían cambiado. Ya no era el que había estado sentado junto al mantel blanco en la bolera, debiendo dar cuenta de sus idas y venidas.

– Eres un cabrón -dijo el policía con voz algo nasal-. Vamos a atraparte. Hay refuerzos en camino. Tenemos tus huellas dactilares.

Miró a los ojos al policía. El hombre estaba aún bajo los efectos del golpe. Las pupilas reaccionaban demasiado despacio cuando se hizo a un lado y la luz del anexo se posó en su rostro. Tal vez por eso estaba tan sorprendentemente tranquilo. ¿O es que pensaba que no sería capaz de matarlos?

– Refuerzos en camino, no está mal -confesó al agente-. Pues si es verdad lo que dices, que vengan. Desde aquí se ve el fiordo hasta Frederikssund -informó-. Veremos las luces azules cuando crucen el puente del Príncipe Frederik. Así que tengo tiempo de sobra para hacer lo que tenga que hacer antes de que lleguen.

– Vienen del sur, de Roskilde, no vas a ver ni hostia, payaso -dijo el policía-. Suéltanos y entrégate, así saldrás dentro de quince años. Si nos matas eres hombre muerto, eso te lo prometo. Tiroteado por mis compañeros o pudriéndote en la cárcel con la perpetua, que viene a ser lo mismo. Los asesinos de policías no sobreviven en este sistema.

Él sonrió.

– Estás diciendo chorradas y mintiendo. Si no respondes a mis preguntas vas a estar en el depósito del anexo dentro de… -miró el reloj de pulsera-…digamos que dentro de veinte minutos a partir de ahora. Tú, los niños y tu colega. Y ¿sabes qué?

Acercó su cabeza hasta quedar pegado a él.

– Escaparé.

Los golpes del interior de la caseta arreciaban. Cada vez eran más fuertes y sonaban a metálico. Por instinto miró al suelo, donde había tirado el martillo, antes de levantar a la niña.

Sus instintos no mentían. El martillo había desaparecido. La niña lo había metido dentro sin que él lo advirtiera. Lo había metido él mismo a la vez que a la niña. Qué putada. Así que no estaba tan inconsciente como él creía, la muy pilla.

Sacó poco a poco el cuchillo del cinturón. Pues tendría que usar aquello para quitarlos de en medio.

Capítulo 52

Por extraño que parezca, Carl no tenía miedo. No porque dudara de que el hombre ante él estuviera lo bastante loco para matarlo sin contemplaciones, sino porque todo parecía muy pacífico. Las nubes, que se deslizaban por el cielo ocultando la luna, el suave chapoteo del agua y las fragancias. Incluso el ronroneante generador a su espalda tenía un efecto tranquilizador, cosa bastante asombrosa.

A lo mejor era por el golpe de antes, cuyo efecto perduraba. Al menos, sentía unas terribles palpitaciones en la cabeza que ahogaban el dolor de hombro y brazo.

El chico volvió a golpear la puerta que tenía detrás. Esta vez con más fuerza aún que antes.

Miró al hombre, que acababa de sacar el cuchillo del cinturón.

– Quieres saber cómo te hemos encontrado, ¿verdad? -le preguntó mientras notaba que las manos atadas por detrás no estaban tan insensibles como antes. Levantó la vista hacia la llovizna. Era la humedad la que había aflojado el cordel. Así que se trataba de dar largas.

La mirada del hombre era dura como la piedra, pero por un instante sus labios reaccionaron con un leve movimiento.

Sí, tenía razón. Si había algo que aquel cabrón deseaba conocer, era justo el cómo.

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