La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
Raistlin se apartó y, mientras acariciaba el contorno de la boca femenina, le alzó el mentón para que se cruzasen sus pupilas. Crysania se vio reflejada en la inmensidad de aquellos espejos, contempló la radiante aura de luz que resaltaba su belleza, su poderío. La imagen que le devolvía el alma del nigromante a través de las dilatadas pupilas era la de una criatura amada, venerada, una defensora infatigable de la verdad y la justicia que vencía para siempre las miserias, los sinsabores del mundo.
—Alabado sea Paladine —musitó.
—Alabado sea —coreó el mago—. Una vez más, te daré un talismán. Del mismo modo que garanticé tu integridad cuando atravesaste el Robledal de Shoikan te guardaré ahora, mientras atraviesas el Portal.
La sacerdotisa se puso a temblar y él, estrujándola de nuevo entre sus brazos, aplicó los labios a su frente. Un dolor lacerante se adueñó de la dama quien, pese a su momentáneo desmayo, ahogó el grito que surgía de su garganta.
—Ven —la invitó el hechicero, sonriente.
A lomos de un alado encantamiento, ambos abandonaron la estancia en busca de la noche en el instante en que los rojizos rayos de Lunitari se esparcían sobre la negrura, como ríos de sangre convocados por el hiriente cuchillo de Solinari.
15
Deserción
—¿Y los carros de abastos? —preguntó Caramon en el tono monótono, calculado de quien conoce de antemano la respuesta.
—Todavía no hemos recibido ninguna noticia, señor —repuso Garic, evitando la intensa mirada del general—. Pero esperamos su llegada.
—No vendrán. Han sufrido una emboscada, no finjas ignorarlo —le atajó el guerrero.
—Al menos hemos encontrado agua —apuntó el caballero.
El guardián hizo un valiente esfuerzo para infundir ánimo a sus palabras, pero fracasó estrepitosamente. Incapaz de disfrazar su consternación, fijó la vista en el mapa que había extendido en el escritorio y, nervioso, trazó un círculo alrededor de un punto coloreado de verde.
—Un pozo que se habrá vaciado antes del mediodía —comentó Caramon con un fatalismo poco habitual en él—. Quizá por la noche vuelva a llenarse, pero mi sudor sabe mejor. Su gusto salobre es más agradable que el de ese manantial alimentado por corrientes marinas.
—Aun así, es potable. Habrá que racionarla, aunque no creo que se seque la fuente. He apostado centinelas en el paraje —informó el soldado.
—Bien hecho —le aplaudió su superior—. De todas maneras, dentro de unas horas no quedarán hombres suficientes para agotar ni siquiera el contenido de un barril.
Mientras profería tan pesimista augurio, el general apartó de su rostro los ensortijados y largos mechones de su cabello. Hacía calor en la sala, un calor asfixiante. Un criado demasiado celoso del deber había acumulado un haz entero de leña en el hogar antes de que Caramon, acostumbrado a vivir al aire libre, pudiera detenerle. El hombretón había abierto el ventanal a fin de admitir la fresca brisa, mas la fogata que ardía a su espalda parecía dispuesta a tostarle la carne.
—¿Cuántos desertores se han registrado hoy? —inquirió.
—Un centenar, señor —dijo Garic en actitud reticente, tragando saliva.
—¿Adónde han ido? ¿Quizá a Pax Tharkas?
—Eso creemos.
—¿Qué más has de comunicarme? —indagó el guerrero, que no había cesado de estudiar el rostro de su oponente—. Me ocultas algo, lo leo en tus ojos.
El joven caballero se sonrojó. Se adueñó de él el deseo repentino de que mentir no contraviniese todos los códigos del honor que tan arraigados tenía, habría sacrificado su vida con tal de no apenar a aquel hombre admirable e incluso meditó sobre la posibilidad de engañarle, de ahorrarle un disgusto. Vaciló, pero, al mirar a su ídolo, constató que no era necesario incurrir en aquella falta. Caramon estaba al corriente.
—Se trata de los bárbaros, ¿no es cierto? —ayudó al titubeante soldado.
Garic bajó la cabeza, un ademán más expresivo que cualquier asentimiento verbal.
—¿Todos?
—Sí, señor.
El mandamás entornó los párpados y, con un suspiro, agarró uno de los pequeños peones de madera que había distribuido sobre el mapa para reproducir el emplazamiento y la disposición de sus tropas. Perdido en sus cavilaciones, jugueteó con la figurilla hasta que, de pronto, exhaló un improperio y la arrojó a las llamas. Tras unos momentos de silencio, hundió la faz en sus manazas y declaró:
—No culpo a Darknight por lo que ha hecho. Él y sus hombres se tropezarán con múltiples vicisitudes, ya que los Enanos de las Montañas deben de haber bloqueado los pasos. Ése es sin duda el motivo de que no hayan llegado los suministros, y significa también que nuestro aliado habrá de batallar para franquearse el acceso a su patria. ¡Los dioses le guarden de todo mal!
Permaneció callado unos instantes antes de exclamar, apretando el puño:
—¡Maldito sea mi hermano! No se ha inventado un castigo digno de su vileza.
Garic se agitó en un escalofrío y se apresuró a escudriñar la estancia, temeroso de que el nigromante se materializara entre las sombras.
—Nada lograremos lamentándonos —razonó el hombretón, al mismo tiempo que se enderezaba y volvía a consultar su cartografía—. En mi opinión, nuestra única esperanza reside en agrupar al menguado ejército en el llano y obligar a los enanos a salir, a combatirnos en campo abierto, de tal modo que podamos utilizar la caballería. Nunca asaltaremos su refugio en el seno de la tierra —añadió, prendida de su voz una nota de amargura—, pero al menos nos batiremos en retirada con todas nuestras fuerzas intactas. Una vez en Pax Tharkas, la fortificaremos y…
—¿General? —Quien así le llamaba era uno de los centinelas de la entrada, azorado por tener que interrumpirle—. Disculpa mi intromisión, señor, pero un emisario solicita audiencia.
—Hazle pasar —accedió el guerrero.
Cruzó el umbral un hombre joven. Cubierto de polvo, enrojecidos sus pómulos a causa del frío, dirigió una mirada anhelante al cálido hogar, pero antes, imbuido de su deber, avanzó hacia Caramon a fin de entregarle el mensaje que portaba.
—Puedes calentarte si gustas —le ofreció éste, señalándole la fogata—. Me alegro de que alguien pueda beneficiarse de la sofocante atmósfera que crea esa horrible hoguera. En cualquier caso, su influjo no empeorará la crítica situación que, intuyo, has venido a exponerme.
—Gracias, señor —susurró el recién llegado. Se aproximó al fuego y estiró las manos para desentumecerlas, mientras explicaba—: La nueva que traigo es que los Enanos de las Colinas han abandonado Zhaman.
—¿Cómo? —vociferó Caramon, incrédulo—. Supongo que no habrán regresado a sus regiones, ¿verdad?
—Han iniciado la marcha hacia Thorbardin —le reveló el mensajero—. Les acompañan los Caballeros de Solamnia.
—¿Qué desafuero es éste? —se encolerizó el general, tanto que su puño se incrustó en el escritorio y los hitos salieron despedidos por el aire—. Mi hermano es el instigador —aseveró.
—Te equivocas, señor. Fueron los dewar —le rectificó el humano—. He recibido instrucciones de darte esta misiva.
Extrajo un pergamino de una bolsa y se lo alargó a Caramon, quien lo desenrolló precipitadamente.
«General Caramon:
Espías dewar acaban de poner en mi conocimiento que las puertas de la Montaña se abrirán cuando suenen los clarines. Nuestro plan es abalanzarnos sobre el enemigo. Si partimos al alba, arribaremos antes del anochecer. Siento mucho no haberte hecho partícipe de nuestro proyecto, pero el tiempo apremia. Puedes estar seguro de que se te reservará la parte del botín que te corresponde. Brille la luz de Reorx sobre vuestras hachas.