Ciudad de cristal
- Автор: Клэр Кассандра
- Серия: Cazadores de Sombras #3
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Переводчик: Gemma Gallart
- Жанр: Городское фэнтези
Электронная книга - «Ciudad de cristal». Краткое содержание книги:
La expresión del Ángel no cambió. Ella no tenía ni idea de si Raziel consideraba su petición buena o mala, ni si —pensó con un repentino estallido de pánico—tenía intención de concederla.
«Cierra los ojos, Clarissa Morgenstern», dijo el Ángel.
Clary cerró los ojos. Uno no le dice que no a un ángel, sin importarlo que éste tenga en mente. Su corazón latía violentamente y ella permaneció sentada flotando en la oscuridad de detrás de sus párpados, intentando resueltamente no pensar en Jace. Pero su rostro apareció recortado, no sonriéndole sino mirándola de reojo, y pudo ver la cicatriz en la sien, la mueca de la comisura de los labios y la línea plateada sobre la garganta allí donde Simon le había mordido, todas las marcas y defectos e imperfecciones que conformaban a la persona que más amaba en el mundo. Jace. Una luz brillante iluminó su visión con un tono escarlata, y cayó hacia atrás contra la arena, preguntándose si iba a desmayarse; quizás estaba muriendo, pero no quería morir, no ahora que podía ver el rostro de Jace con tanta claridad ante ella. Casi podía oír su voz, también, pronunciando su nombre, tal y como lo había susurrado en Renwick, una y otra vez… Clary, Clary, Clary.
—Clary —dijo Jace—. Abre los ojos.
Lo hizo.
Estaba tumbada sobre la arena, con las ropas desgarradas, mojadas y ensangrentadas. Pero no importaba: el Ángel había desaparecido, y con él la cegadora luz blanca que había iluminado la oscuridad convirtiéndola en día. Clary miró al cielo nocturno sembrado de estrellas blancas como espejos brillando en la negrura. Inclinado sobre ella, la luz de sus ojos, más brillante que la de cualquier estrella, estaba Jace.
Sus ojos se empaparon de él, de cada parte de él, desde los cabellos enmarañados al rostro manchado de sangre y mugriento y los ojos que brillaban por entre las capas de suciedad; desde los moretones visibles a través de las mangas desgarradas al enorme roto empapado en sangre de la parte frontal de la camiseta, a través del cual se veía la piel desnuda; y no había marca ni corte que indicase por donde había entrado la Espada. Pudo ver el pulso latiéndole en la garganta, y casi le arrojó los brazos al cuello ante aquella visión porque significaba que el corazón latía y eso quería decir…
—Estas vivo —susurró—. Realmente vivo.
Con un lento gesto maravillado él alargó la mano para tocarle la cara.
—Estaba en la oscuridad —dijo en voz baja—. No había nada más que sombras, y yo era una sombra, y sabía que estaba muerto, y que todo había acabado, todo. Y entonces he oído tu voz. Te he oído decir mi nombre, y eso me trajo de vuelta.
—Yo no. —Clary sintió un nudo en la garganta—. El Ángel te ha traído de vuelta.
—Porque tú se lo has pedido. —En silencio trazó el contorno de su cara con los dedos, como para asegurarse de que era real—. Podías haber tenido cualquier cosa en el mundo, y me has pedido a mí.
Ella sonrió. Mugriento como estaba, cubierto de sangre y tierra, era lo más hermoso que había contemplado nunca.
—Pero yo no quiero ninguna otra cosa en el mundo.
Ante eso, la luz de sus ojos, ya brillante, adquirió tal intensidad que ella apenas pudo mirarle. Pensó en el Ángel, y la manera en que había ardido como un millar de antorchas, y que Jace tenía en su interior algo de aquella misma sangre incandescente, y en cómo aquella llama brillaba a través de él en aquel momento, a través de sus ojos, como luz por entre las rendijas de una puerta.
«Te amo», quiso decir Clary. Y «volvería a hacerlo. Siempre te pediría a ti». Pero no fueron esas las palabras que dijo.
—No eres mi hermano —le contó, un poco jadeante, como si, habiendo advertido que aún no las había dicho, no pudiese hacer salir las palabras de la boca con la suficiente rapidez—. Lo sabes, ¿verdad?
De un modo muy leve, por entre la mugre y la sangre, Jace sonrió.
—Sí —dijo—. Lo sé.
EPÍLOGO
Con estrellas en el cielo
Yo te quería,
por eso atraje a mis manos estas mareas de hombres,
y escribí con estrellas mi voluntad en el cielo.