Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Modelos De Mujer». Краткое содержание книги:

Como insinúa el propio título, Modelos de mujer, estos siete relatos están todos protagonizados por mujeres que, en distintas edades y circunstancias, se enfrentan todas ellas, en algún momento, a hechos extraordinarios. Todos, menos el que da título al libro, están de un modo u otro ligados a la infancia, a la capacidad de desear como motor de la voluntad, de los actos de voluntad que las protagonistas deberán asumir para impedir que la vida las avasalle. En los tres primeros cuentos -«Los ojos rotos», «Malena, una vida hervida» y «Bárbara contra la muerte»-, los personajes femeninos vencen, cada uno a su manera, a la muerte: la pequeña Miguela, la mujer mongólica que se enamora de un fantasma, Malena, que se pasa la vida haciendo régimen por amor, y Bárbara, que acompaña a su abuelo a pescar. En los cuatro últimos -«El vocabulario de los balcones», «Amor de madre», «Modelos de mujer» y «La buena hija»-, las protagonistas tuercen el destino a su favor recurriendo unas al poder de seducción y otras a la fuerza de la razón, y todas con la voluntad que les otorga el firme deseo de no tolerar que la vida se les escape de las manos.
1 ... 7 8 9 10 11 12 13 14 15 ... 39
Перейти на страницу:

Malena, una vida hervida (Relato parcialmente autobiográfico)

5 de diciembre de 1949

En el fondo, el placer de follar no supera al de comer. Si estuviera prohibido comer como está lo otro, habría nacido toda una ideología, una pasión del comer, con normas caballerescas. Ese éxtasis del que hablan -el ver, el soñar cuando follas- no es sino el placer de morder un níspero o un racimo de uvas.

Cesare Pavese, El oficio de vivir

Aquella vez ya no quiso sentarse con elegancia, ya no. Se desplomó encima de la silla con todo su peso y dejó escapar un sonoro suspiro. Desenroscó el capuchón de la estilográfica con un gesto de cansancio y trazó una rayita azul sobre la piel de su mano izquierda, junto a la base del dedo pulgar, para comprobar que estaba bien cargada, sometiéndose por última vez, pensó, a esa absurda manía infantil de la que no había logrado desembarazarse jamás. Centró correctamente la hoja de papel ilustrada con una de las más célebres Alicias de John Tenniel -el último regalo de Aleister-, y se dijo que tal vez fuera más sensato escribir una carta semejante en un folio blanco de papel vulgar, pero rechazó pronto tal hipótesis. Al fin y al cabo, una fiesta de no cumpleaños parecía el preludio ideal para un mensaje de despedida como el suyo. Echó una ojeada con el rabillo del ojo al hombre que roncaba estruendosamente en su propia cama, y equiparó la voluminosa silueta que se adivinaba bajo las sábanas al peso muerto de un viejo boxeador sonado, irrecuperable ya, fofo e imbécil. Suspiró de nuevo y comenzó a escribir:

Señor Juez:

Yo, Magdalena Hernández Rodríguez, española, viuda, química de profesión, de 46 años de edad, en plena posesión de todas mis facultades físicas y mentales, he decidido hoy, 7 de mayo de 1990, quitarme voluntariamente la vida, dado que ésta ya no tiene ningún sentido para mí…

No hacía ni tres meses que lo había encontrado de nuevo, cuando ya no esperaba volver a verle jamás, cuando ya se había convencido a sí misma de haber logrado olvidarle, cuando ya casi le daba igual, justo entonces, en aquel preciso momento, un hombre barbudo, gordo y más que medianamente calvo, se abalanzó sobre ella en una fiesta cortándole la respiración con un asfixiante abrazo, llenándole la cara de babas que olían a puro canario, besándola con tanta torpeza que el clip de uno de sus pendientes se desprendió y cayó al suelo, donde alguien lo pisó sin querer para partirlo limpiamente por la mitad, Malena, soy yo, Andrés, ¿no te alegras de verme…? Ella creyó que el suelo se abría bajo sus pies mientras en su interior una vocecita cada vez más débil luchaba con denuedo, sin provecho, por alentar la última esperanza, un aliento de amargura susurrando que no, que no podía ser, que tenía que ser un error, otro Andrés quizá, pero él no, el suyo no, no podía ser Andrés, de ninguna manera…

Era Andrés, naturalmente. Cuando consiguió detener la húmeda avalancha que, más que recompensarla, la castigaba cruelmente por tantos años de espera, consiguió ya reconocer en aquel rostro abotargado y envilecido por la edad -tan implacable siempre con la gente estúpida-, algunos leves matices del enloquecedor adolescente al que nunca jamás había dejado de amar. Ahí, ocultos por una desagradable maraña entrecana, estaban los labios finísimos, apenas sugeridos, que ella había querido interpretar siempre como la tácita insinuación de un amante pérfido y experto, los labios cuya sola visión fuera antes capaz de desencadenar una incontrolable sucesión de escalofríos, calientes y helados a un tiempo, en el exacto centro de su columna vertebral. Y ahí estaba también todo lo demás, las delicadas ojeras -que se habían convertido en una bolsa, encima de otra bolsa, encima de otra bolsa-, la barbilla afilada -ahora rechoncha génesis de una blanda papada-, las enormes y huesudas manos de dedos largos -pero hinchados ya como percebes norteafricanos- y el cuerpo, el frágil y adorable cuerpo de antaño, el objeto único de un deseo espeso y oscuro como la sangre, doloroso, total, cebado en soledad durante casi treinta años para disolverse ahora, en un instante, ante la visión de ese grueso embutido mal cocido que resultaba ser Andrés, después de todo.

Coqueteó con él toda la noche, sin embargo, lanzándose con determinación a la reconquista de cualquier guiño, cualquier brillo, cualquier clavo ardiendo del que suspender siquiera la punta de una uña para desde allí recuperar el vértigo perdido. No halló nada de su eterno amor en él, pero aceptó a cambio una oferta sórdida, de puro vulgar -¿por qué no me invitas a tu casa, y nos tomamos la última en la cama?-, porque creyó debérselo a sí misma, a su traicionada memoria. Pero fue todo un desastre. No sólo resultó nulamente pérfido y desoladoramente inexperto, sino que, además, apenas se comportó como un amante. Se limitó a desplomarse sobre su cuerpo sin haber llegado a desnudarse del todo, y esperó todo el tiempo que hizo falta a que ella comprendiera que carecía de cualquier intención de conjugar el participio activo. Luego sonrió satisfecho, tosió un par de veces, y se durmió.

1 ... 7 8 9 10 11 12 13 14 15 ... 39
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)