En tiempo de prodigios
- Автор: де ла Круз Марта Ривера
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «En tiempo de prodigios». Краткое содержание книги:
Yo era un niño muy pío, muy beatón. Coleccionaba estampitas de santos y pedía libros de misa como regalo de cumpleaños, así que la posibilidad de que una cuadrilla de ángeles estuviese preparada para entrar en mi casa me llenó de una emoción intensa. El que viniesen a recoger a Efraín me parecía una cuestión menor. Estábamos muy bien sin él, así que nada iba a ocurrir si volvían a llevárselo al limbo. Estuve días enteros aguardando la llegada del ejército celestial, acechando un posible batir de alas y escudriñando el reflejo del aura de santidad que habría de venir para iluminarlo todo, preparado para aquella experiencia sobrenatural que marcaría el resto de mi vida. Pero el tiempo pasó y los ángeles no llegaron. Efraín ganó peso muy poco a poco, y su piel perdió el tono azulado que tan pocas esperanzas prestaba a su supervivencia. Un día, el mismo médico que había augurado su muerte le dijo a mi padre que el peligro había pasado, y fue como si toda la alegría del mundo entrase a borbotones por cada rendija de la casa. Yo no dije nada, pero me llevé una decepción mayúscula. Jamás tendría otra oportunidad de ver a un ángel de cerca, y encima Efraín iba a perturbar para siempre mi existencia feliz.
Cuando uno tiene ocho años, el mundo puede venirse abajo por las cosas más absurdas. Y eso fue lo que ocurrió con la llegada de mi hermano. Que el mundo se resquebrajó por todas partes. Mi madre vivía pendiente de Efraín, y lo mismo le ocurría a mi padre. Toda la casa flotaba a cualquier hora en un silencio opresivo destinado a facilitar en lo posible el descanso del recién nacido, y el olor a lavanda de los armarios se trocó en una indeseable peste a formol con la que los médicos pretendían convertir nuestra vivienda en un reducto estéril donde no tuviesen cabida los microbios ni las bacterias. Mis padres y mis abuelos se pasaban el día lavándose las manos con jabón lagarto, y yo tenía que someterme a un complicado ritual cuando llegaba de la calle: debía despojarme en la cocina de toda mi ropa, empezando por los zapatos, y ponerme una especie de pijama que olía de forma insoportable a una mezcla de alcanfor y lejía. Mi madre se pasaba el día tumbada, para que el reposo le ayudase a producir más y mejor leche, y mi padre no hacía otra cosa que observar su descanso o agotar las horas muertas junto a la cuna del bebé. El moisés que había sido mío en otro tiempo estaba ahora rodeado de canecos de barro llenos de agua caliente en un remedo de las incubadoras modernas, y Efraín pasaba así los días envuelto en una atmósfera tibia, parecida, supongo, a la del útero materno.
No sé hasta qué punto aquellas precauciones sirvieron para sacar adelante a mi hermano, o si fue su naturaleza invulnerable quien le ayudó a desafiar los peores augurios de los doctores. Pero una mañana yo fui el primero en darme cuenta de que el pequeñajo lloraba más fuerte y con más ganas que nunca, como si quisiese anunciar a los cuatro vientos su firme determinación de aferrarse a la vida. Esa misma tarde supe que debía dejar de esperar la visita angelical, y prepararme para convivir en lo sucesivo con un hermano que no deseaba. Con un rival enviado por la suerte. Y me sentí desdichado. Intensamente desdichado, para qué te voy a decir otra cosa.
A Efraín lo había bautizado en casa un cura amigo de la familia a las pocas horas de nacer, cuando nadie daba un céntimo por su supervivencia. Su entrada en el paraíso quedaba así asegurada, pero dadas las circunstancias nadie pensó en celebrar el sacramento con una fiesta. El faldón de bautizo que mi abuela había bordado con sus propias manos quedó guardado en el armario, a la espera seguramente de servir de mortaja en el día previsible del entierro, y mi bisabuelo ni siquiera mencionó que tenía guardado para Efraín otro frasco con agua del río Jordán exactamente igual al que habían utilizado conmigo para hacerme cristiano. Por eso, cuando el médico dijo que Efraín viviría y la dicha se apoderó de todos los miembros de la familia, lo primero que dijo mi padre era que quería repetir la ceremonia del bautismo y organizar después una gran fiesta. El sacerdote al que mis padres y mis abuelos confesaban sus pecados dijo que, aunque las alharacas y albricias que sucedían al acto de cristianar le parecían una lamentable feria de vanidades, también podían interpretarse como un deseo de dar gracias al Creador por salvar de la muerte a una criatura inocente, y no sólo dio el visto bueno a la fiesta sino que, además, se ofreció a derramar de nuevo las aguas sagradas sobre la cabeza del recién nacido.
La familia decidió echar la casa por la ventana. Mi padre alquiló el Salón de los Espejos del hotel Almirante y encargó en la confitería de Alejo Pelayo una tarta de varios pisos adornada con frutas escarchadas y una cigüeña de azúcar. Mi madre se hizo un vestido de color palo de rosa y se compró un hermoso sombrero de paja adornado con flores de crinolina. La abuela añadió más encajes al faldón de cristianar, el abuelo (que era el padrino de Efraín) compró dos kilos de confites para lanzar a los chiquillos a la puerta de la iglesia. Mis tías entraban en casa a todas horas canturreando como pájaros, y traían para mi hermano pololos y camisitas, patucos y baberos, gorritos de ganchillo y manoplas de lana, y los amigos de mis padres enviaban sonajeros de plata, medallitas de oro, colgantes de chupete y todas cuantas chucherías inútiles puedas imaginarte. En cuanto a mí, vagaba por los pasillos con la conciencia de haberme vuelto invisible a los ojos de todos, de no tener lugar alguno en la atmósfera festiva de la casa. No sé cuántas cosas horribles se me pudieron ocurrir durante aquellos días, pero estaba convencido de que mis padres habían dejado de quererme para transferir todo su amor a mi nuevo hermano. Llegué a rezar al cielo para que me enviase alguna enfermedad grave (sarampión, escarlatina, tifus o viruela loca), por entender que sólo un virus alarmante podría servirme para recuperar el favor paterno. Pero nada ocurrió. Pasaban las horas y los días, se acercaba la fecha del bautizo y yo me sentía cada vez más ajeno a mi familia y a lo que, hasta entonces, había sido mi mundo.
Fue entonces cuando Zachary West llegó a Ribanova y se paseó por los cantones llevando de la mano a Elijah. ¿No te había dicho que el niño se llamaba Elijah? Faltaban sólo unos días para el bautizo, y era la primera vez que mis padres sacaban de casa a Efraín. Como todo el mundo, Zachary West se inclinó sobre el cochecito de capota para ver la cara de mi hermano, acarició sus manitas arrugadas y mintió diciendo que era un chico muy guapo. La cosa quedó ahí. Pero aquel mediodía, durante el almuerzo de los domingos que celebrábamos siempre en nuestra casa, mi abuelo Nicolás hizo a mi padre una singular oferta: la de renunciar al honor de apadrinar a Efraín si Zachary West aceptaba ocupar su puesto junto al neonato.
No recuerdo muy bien qué pasó a continuación, o puede que en realidad no lo supiera nunca. A mi edad, la memoria es una cosa muy rara. En fin, creo que mis padres y mis abuelos discutieron durante un rato, pero debieron de ponerse de acuerdo sin mucha dificultad porque aquella misma tarde fueron a hablar con el padre Mauro, que se había avenido a repetir la ceremonia del bautismo, para explicarle la nueva situación. Mi madre contaba siempre que, al principio, el cura montó en cólera con la propuesta que le hicieron, pero se fue amansando cuando mi padre le recordó que, a buen seguro, Zachary West haría un donativo a la parroquia de Santa María la Nova, y que desde luego mi abuelo pensaba mantener la limosna que había prometido entregar para los pobres de la diócesis. El padre Mauro debió de echar sus cuentas y aceptar que el negocio era redondo para todos, y que no había en aquel trapicheo con los sacramentos ningún perjudicado directo. Así que, pásmate, tras santiguarse muchas veces, el cura rompió la fe de bautismo de mi hermano Efraín.