Juntos, Nada Más
- Автор: Гавальда Анна
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juntos, Nada Más». Краткое содержание книги:
Cuatro supervivientes, cuatro personajes magullados por la vida, cuyo encuentro va a salvarlos de un naufragio anunciado. La relación que se establece entre estos perdedores de corazón puro es de una riqueza inaudita, tendrán que aprender a conocerse para lograr el milagro de la convivencia.
Juntos, nada más es una historia viva, con un ritmo suspendido en el aire, llena de esos minúsculos dramas personales que seducen por su sencillez, su sinceridad y su inconmensurable humanidad.
Ahí va, se dijo Camille, he debido meter la pata en algo…
Cuando su sobrina nieta volvió de la cocina, dejó escapar un largo y doloroso quejido.
– Lo siento mucho -dijo Camille-, pensaba que…
Ésta la interrumpió con un gesto, sacó unas gafas muy grandes de detrás de la barra y se las deslizó al anciano debajo de la gorra. Éste se inclinó ceremoniosamente y se echó a reír. Una risa infantil, cristalina y alegre. También lloró, y luego volvió a reír, balanceándose, con los brazos cruzados sobre el pecho.
– Quiere beber sake con usted.
– Genial…
La chica trajo una botella, el anciano soltó un grito, ella suspiró y regresó a la cocina.
Volvió con otra botella, seguida del resto de la familia. Una mujer madura, dos hombres de unos cuarenta años y un adolescente. Todo fueron risas, gritos, efusiones y reverencias de todo tipo. Los hombres le daban palmaditas en el hombro, y el chaval le chocaba los cinco como hacen los deportistas.
Luego todos regresaron a sus quehaceres y la chica colocó un vasito delante de cada uno. El anciano la saludó y vació el suyo, para volver a llenarlo inmediatamente después.
– Se lo advierto, le va a contar su vida…
– No hay problema -dijo Camille-. Huuuuy… qué fuerte está esto, ¿no?
La camarera se alejó riendo.
Se habían quedado solos. El viejo parloteaba y Camille lo escuchaba con una expresión muy seria, limitándose a asentir con la cabeza cada vez que éste le pasaba la botella.
Le costó levantarse y reunir sus bártulos. Cuando estaba cerca de la salida, después de haberse inclinado mil veces para despedirse del hombrecillo, la camarera se dirigió hacia ella para ayudarla a tirar de la puerta, que Camille se empeñaba en empujar desde hacía un buen rato, riéndose como una tonta.
– Ésta es su casa, ¿de acuerdo? Puede venir a comer cuando quiera. Si no viene, mi tío abuelo se enfadará… Y se pondrá triste también…
Cuando llegó al curro tenía una buena tajada.
Samia le preguntó muy intrigada:
– Eh, tú, ¿qué pasa? ¿Has conocido a algún tío?
– Sí -confesó Camille, confusa.
– ¿En serio?
– Sí.
– No… No lo dices en serio… ¿Cómo es? ¿Es mono?
– Monísimo.
– Joé, cómo mola, tía… ¿Qué edad tiene?
– 92 años.
– Venga, déjate de paridas, tonta, ¿qué edad tiene?
– Bueno, chicas… Cuando vosotras digáis, ¿eh?
La Josy señalaba su reloj.
Camille se alejó riendo y tropezando con el tubo de la aspiradora.
9
Ya habían pasado más de tres semanas. Franck, que hacía horas extra todos los domingos en otro restaurante del Campo de Marte, iba todos los lunes a visitar a su abuela.
Ella se encontraba ahora en una clínica de convalecencia a varios kilómetros al norte de la ciudad y acechaba su llegada desde el amanecer.
Él, en cambio, no tenía más remedio que poner el despertador. Bajaba como un zombi hasta el bar de la esquina, se bebía dos o tres cafés seguidos, se subía a la moto e iba a dormirse junto a su abuela en un horroroso sillón de eskai negro.
Cuando le traían la comida, la anciana se llevaba un dedo a los labios y, con un gesto de cabeza, señalaba al chico acurrucado que le hacía compañía. Se lo comía con los ojos y velaba por que la cazadora le tapara bien el pecho.
La anciana se sentía feliz. Franck estaba ahí. Ahí mismo. Para ella solita…
No se atrevía a llamar a la enfermera para pedirle que le subiera la cama, cogía delicadamente el tenedor y comía en silencio. Escondía algunas cosas en su mesilla de noche, pedazos de pan, un trozo de queso, o algo de fruta para dárselas cuando se despertara. Luego apartaba con cuidado la mesita y cruzaba las manos sobre su regazo, sonriendo.
Cerraba los ojos y dormitaba, acunada por la respiración de su nieto y por los excesos del pasado. Lo había perdido tantas veces ya… Tantas veces… Le daba la sensación de que se había pasado la vida yendo a buscarlo… Allá, en la otra punta del huerto, en lo alto de un árbol, en casa de los vecinos, escondido en un establo o repantingado delante de su televisión, y años más tarde, en los billares, por supuesto, y ahora en trocitos de papel donde le garabateaba números de teléfono que siempre resultaban ser falsos…
Y eso que ella había hecho todo lo que había podido… Lo había alimentado, besado, mimado, reconfortado, regañado, castigado y consolado, pero todo aquello no había servido de nada… En cuanto aprendió a andar, el chaval puso pies en polvorosa, y en cuanto tuvo sombra de barba, se acabó. Se marchó del todo.
A veces esbozaba muecas en medio de sus ensoñaciones. Le temblaban los labios. Demasiadas penas, demasiados problemas, y tantos pesares… Había habido momentos tan duros, tan duros… Oh, pero no, ya no había que pensar en todo eso, de hecho Franck se estaba despertando, con el pelo revuelto y una cicatriz en la mejilla que le había dejado el reborde del sillón.
– ¿Qué hora es?
– Van a ser las cinco…
– ¡Joder!, ¿ya?
– Franck, ¿por qué siempre dices «joder»?
– Oh, caramba, ¿ya?
– ¿Tienes hambre?
– No, estoy bien, más bien lo que tengo es sed… Voy a dar una vuelta…
Ya estamos, pensó la anciana, ya estamos…
– ¿Te vas?
– ¡Que no, hombre, que no me voy, jo… caramba!
– Si te cruzas con un señor pelirrojo con una blazer blanca, ¿le puedes preguntar cuándo voy a salir de aquí?
– Sí, sí, vale -dijo, saliendo por la puerta.
– Uno alto con gafas y…
Pero Franck ya estaba en el pasillo.
– ¿Y bien?
– No lo he visto…
– ¿Ah, no?
– Anda, abuela… -le dijo cariñosamente-, ¿no te irás a poner a llorar otra vez, no?
– No, pero… Pienso en mi gato, en mis pajaritos… Y además ha llovido toda la semana y me hago mala sangre por mis herramientas… Como no las guardé, se van a oxidar, seguro…
– En el camino de vuelta me paso por casa y te las guardo…
– ¿Franck?
– ¿Qué?
– Llévame contigo…
– Ay… No me hagas esto a cada vez… Ya no puedo más…
La anciana volvió a decir:
– Las herramientas…
– ¿Qué?
– Habría que darles un poco de aceite…
La miró hinchando los carrillos:
– ¡Eh, eh, a ver!, si me da tiempo, ¿eh? Bueno, y ya está bien de tanta charla, que nos toca clase de gimnasia… A ver, ¿dónde está tu andador?
– No lo sé.
– Abuela…
– Detrás de la puerta.
– ¡Hala, arriba, viejita, te voy a enseñar yo pajaritos, ya lo verás!
– Bah, aquí no hay. Aquí sólo hay buitres y carroñeros…
Franck sonreía. Le encantaba la mala fe de su abuela.
– ¿Estás bien?
– No.
– ¿Y ahora qué pasa?
– Me duele.
– ¿Dónde te duele?
– Todo el cuerpo.
– Todo el cuerpo no puede ser, no es verdad. Encuéntrame una parte precisa que te duela.
– Me duele por dentro de la cabeza.
– Eso es normal. Eso nos pasa a todos, anda… Venga, mejor me enseñas quiénes son tus amigas…
– No, da la vuelta. A ésas no quiero verlas, no las aguanto.
– Y ese de ahí, el viejo del blazer, ése no está mal, ¿no?
– No es un blazer, tontorrón, es un pijama, y además está sordo como una tapia… Y encima es un arrogante…
Paulette ponía un pie delante del otro y hablaba mal de sus compañeros, todo iba bien.