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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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– Sí -respondió Erlendur.

– Hemos encontrado una nota en la habitación del interfecto -dijo una voz al teléfono. Era el jefe de la policía científica.

•-¿Una nota?

– Pone: Henry 18:30.

– ¿Henry? Espera un momento, ¿a qué hora encontró la chica a Papá Noel?

– Hacia las siete.

– De modo que ese Henry podía estar en la habitación cuando asesinaron a Gudlaugur?

– No lo sé. Y hay algo más.

– Dime.

– Es posible que el condón fuera de Papá Noel. Había un paquete en un bolsillo de su uniforme de portero. Un paquete de diez condones, y faltan tres.

– ¿Algo más?

– No, solo una billetera con un billete de quinientas coronas, un carné de identidad antiguo y un recibo de caja de supermercado, con fecha de anteayer. Ah, sí, y un llavero con dos llaves.

– ¿Qué clase de llaves?

– Creo que una es la llave de la puerta de una casa, y la otra podría ser de un armario o algo parecido. Es mucho más pequeña.

Se despidieron y Erlendur miró a su alrededor en busca de la técnica de laboratorio, pero había desaparecido.

Entre los huéspedes extranjeros del hotel había dos que respondían al nombre de Henry. Uno era un estadounidense llamado Henry Bartlet, y el otro un británico que se llamaba Henry Wapshott. Este último no contestó a la llamada a su habitación, pero Bartlet estaba en la suya y se quedó muy extrañado al saber que la policía islandesa quería hablar con él. El rumor que hizo correr el director del hotel, sobre el ataque al corazón sufrido por el portero, había conseguido su objetivo.

Erlendur se hizo acompañar por Sigurdur Óli cuando fue a hablar con Henry Bartlett, pues Sigurdur Óli había estudiado criminalística en Estados Unidos, de lo que estaba orgullosísimo. Hablaba la lengua como un nativo, y aunque a Erlendur le desagradaba el canturreo del acento norteamericano, lo dejó estar.

Camino de la planta del norteamericano, Sigurdur Óli le dijo a Erlendur que habían hablado con la mayoría de los empleados del hotel que estaban de servicio cuando se produjo la agresión a Gudlaugur, y todos habían podido explicar perfectamente dónde estaban y habían dado el nombre de otras personas que podían confirmar sus declaraciones.

Bartlet tenía unos treinta años, y era corredor de bolsa, de Colorado. Él y su esposa habían visto un reportaje sobre Islandia en la televisión matinal de su país unos años atrás y se habían sentido hechizados por la increíble belleza de su naturaleza y por la famosa Laguna Azul, que ya habían visitado tres veces. Habían decidido cumplir su sueño de pasar la Navidad y el Año Nuevo en aquella remota tierra del invierno. Se sentían extasiados por la belleza del lugar, aunque los precios de bares y restaurantes de la capital les parecían astronómicos.

Sigurdur Óli asintió con la cabeza. Para él, Estados Unidos era el paraíso sobre la tierra, y estaba encantado de hablar con la pareja de béisbol y de los preparativos para la Navidad americana, hasta que Erlendur se cansó y le dio un codazo.

Sigurdur Óli les explicó la muerte del portero y mencionó la nota encontrada en su cuarto. Henry Bartlet y su mujer se quedaron mirando a los policías como si de pronto se hubieran transformado en visitantes llegados de otro planeta.

– Ustedes no conocían al portero, ¿verdad? -preguntó Sigurdur Óli al ver sus expresiones de asombro.

– ¿Un asesinato? -dijo Henry en un suspiro-. ¿Aquí, en el hotel?

– Oh, my God! -exclamó la mujer, sentándose en la cama doble.

Sigurdur Óli optó por no mencionar el condón. Les explicó que la nota indicaba que Gudlaugur tenía una cita con un hombre llamado Henry, pero no sabían qué día, ni si la cita ya se había producido o si estaba prevista para los próximos días, o para la semana próxima, o para dentro de diez días.

Henry Bartlet y su mujer negaron tajantemente conocer al portero. Ni siquiera se habían dado cuenta de su presencia cuando llegaron al hotel cuatro días antes. Erlendur y Sigurdur Óli les habían alterado los nervios, eso saltaba a la vista.

– Jesús! -suspiró Henry-. A murder!

– You have murders in Iceland? -preguntó la mujer mirando el folleto de Icelandair que estaba en la mesilla de noche. Cindy era el nombre que le había dado a Sigurdur Óli al presentarse.

– Rarely -respondió él, intentando sonreír.

– El Henry ese tampoco tiene que ser necesariamente un cliente del hotel -dijo Sigurdur Óli mientras esperaban el ascensor para bajar-. Ni siquiera tiene que ser un extranjero. 1 lay islandeses que se llaman Henry.

– Exacto -respondió Erlendur-. Naturalmente, y ese tiene que pertenecer a la familia de los Majaretas.

6

Sigurdur Óli había conseguido localizar al antiguo director del hotel, así que se despidió/le Erlendur y se fue a verle en cuanto llegaron al vestíbulo. Erlendur preguntó por el recepcionista jefe pero aún no se había presentado ni había dado noticia alguna. Henry Wapshott había dejado la llave de su habitación en el mostrador de recepción por la mañana temprano, sin que nadie le hubiera visto. Llevaba en el hotel casi una semana y su intención era quedarse dos días más. Erlendur pidió que le avisaran en cuanto Wapshott volviese a aparecer por la recepción.

El director del hotel pasó por delante de Erlendur, moviéndose con pesados pasos de pato.

– Espero que no estarás importunando a mis huéspedes -dijo.

Erlendur lo tomó de un brazo y lo llevó a un lado.

– ¿Qué norma rige en el hotel en lo referente a prostitución? -preguntó Erlendur de sopetón, debajo del árbol de Navidad del vestíbulo del hotel.

– ¿Prostitución? ¿De qué estás hablando? -el director suspiró pesadamente y se pasó por el cuello un pañuelo que estaba ya hecho un pingajo.

Erlendur lo miró, esperando.

– No irás a mezclar este asunto con estupideces de cualquier clase -dijo el director.

– ¿El portero andaba metido en algo relacionado con la prostitución?

– No me vengas con esas -dijo el director-. En este hotel no hay pu… no hay prostitución.

– Hay prostitución en todos los hoteles.

– ¿Ah, sí? -dijo el director-. ¿Lo sabes por propia experiencia?

Erlendur no le respondió.

– ¿Me estás diciendo que el portero proporcionaba prostitutas a los clientes? -exclamó el director en tono ofendido-. Nunca en mi vida he oído una estupidez semejante. Esto no es un club de alterne. ¡Este es el segundo hotel más grande de Reikiavik!

– ¿En el bar o en el vestíbulo, no hay mujeres ofreciéndose a los hombres? ¿Y que suben con ellos a las habitaciones?

El director vaciló. Parecía no tener muchas ganas de poner a Erlendur en su contra.

– Este es un gran hotel -dijo por fin-. No podemos vigilar todo lo que sucede. Si hay un caso claro de prostitución, intentamos ponerle coto, pero es un asunto bastante difícil. Si vemos algo impropio nos ocupamos de ello. Pero los huéspedes son libres de hacer lo que quieran en sus habitaciones.

– Dijiste que tus huéspedes son principalmente extranjeros y armadores de las provincias, ¿no?

– Sí, sí, y otra mucha gente, claro. Pero este no es un hotel barato. Es un hotel de lujo y los clientes tienen dinero de sobra, incluso después de pagar el alojamiento. Aquí no permitimos guarrerías, y por lo que más quieras, procura que no se nos venga encima fama de nada semejante. La competencia está muy difícil y ya es bastante horrible tener que apechugar con este crimen.

El director del hotel calló.

– ¿Vas a seguir durmiendo en el hotel? -preguntó-. ¿No es algo total y absolutamente impropio?

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