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Los robinsones del Cosmos [Les robinsons du Cosmos - es]

Электронная книга - «Los robinsones del Cosmos [Les robinsons du Cosmos - es]». Краткое содержание книги:

Un planeta perteneciente a otra dimensión interacciona con el nuestro y le arrebata algunos fragmentos que luego se lleva consigo. En uno de ellos está incluído un pueblo de los Alpes franceses. Todas estas gentes se ven enfrentadas de pronto con un mundo virgen y salvaje poblado por extrañas bestias, algunas peligrosas, y también por una raza inteligente, aunque primitiva, semejante fisícamente a los legendarios centauros.
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Regresamos al pueblo en plan de triunfadores. Los guardias cantaban. Obreros, en su mayoría, cantaban estribillos revolucionarios. Miguel y yo atronábamos el aire con las trompetas de Aída, de la manera más cursi posible. Pero las noticias que Luis nos comunicó, enfriaron un poco nuestro entusiasmo.

IV — VIOLENCIAS

Un reconocimiento efectuado por doce guardias en el sector del castillo fue acogido por una ráfaga de ametralladora de 20 mm. Una prueba de ello fue un proyectil sin estallar.

— He aquí los hechos — dijo Luis—. Estos canallas tienen un armamento bastante más poderoso que el nuestro. Contra esto — mostró el proyectil— nuestras escopetas para conejos o una «cerbatana… En serio sólo tenemos un arma: el Winchester del viejo Boru.

— Y las dos ametralladoras — dije yo.

—¡Perfecto para el combate a treinta metros! ¿Y qué nos queda como munición apropiada? Por otra parte no podemos dejarles el campo libre. Por cierto, Miguel, tu hermana no está segura en el observatorio.

—¡Si estos canallas se atreven…!

— Se atreverán, muchacho. Disponemos de cincuenta hombres, sin buen armamento y poca munición. Ellos son más de sesenta bien armados. ¡Y estas carroñas de pulpos verdes, por en medio! ¡Si Constantino estuviera aquí!

—¿Quién es?

— Constantino, el ingeniero encargado de las espoletas. ¡Ah, claro! No estás al corriente. Entre otras cosas, la fábrica tenía que construir espoletas de explosivos para aviones. Tenemos un lote completo, pero solamente los cuerpos metálicos, no las cargas. Claro está que debe haber en el laboratorio de química lo necesario para cargarlas, pero nos falta el personal capaz de realizarlo.

Le cogí de las manos, dándole volteretas.

—¡Luis, muchacho, estamos salvados! ¿Sabías que mi tío es comandante de la reserva de artillería?

— Bien, pero no tenemos cañones.

—¡Efectuó su último período en antiaéreos! Estará al corriente de la cuestión. Todo marchará, si realmente encontramos los productos químicos necesarios. El y Beuvin se encargarán de esto. En caso necesario, podrán funcionar, para lo que nosotros queremos, con pólvora negra.

— Pero todo esto nos llevará diez o quince días, y mientras tanto…

— Sí, mientras tanto hay que tenerlos ocupados. Aguarda.

Corrí al hospital, donde estaba mi hermano convaleciente, acompañado de Breffort.

— Dime, Pablo. ¿Podrías reconstruir una catapulta romana?

— Sí, es fácil. ¿Por qué?

— Para atacar el castillo. ¿Qué distancia podemos alcanzar?

— Esto depende del peso que se desee lanzar. De treinta a cien metros con facilidad.

— Bien, traza los planos.

Volví con Luis y Miguel y les expuse mi plan.

— No está mal — observó Luis—, pero cien metros son cien metros y una ametralladora de 20 milímetros alcanza más lejos.

— Cerca del castillo hay una concavidad a la que se llega por un desfiladero, si no recuerdo mal. Se trata de instalar la catapulta en este hueco.

— Es decir — dijo Miguel—, tú quieres largarles cargas de explosivos y chatarra. ¿De dónde sacarás el explosivo?

— Tenemos trescientos kilos de dinamita en la cantera. Se renovó la provisión, antes de ocurrir el cataclismo.

— Así no tomaremos el castillo — dijo Miguel, moviendo la cabeza.

— Pero no se trata de esto, sino de ganar tiempo, de hacerles creer que desperdiciamos munición en fútiles ataques. Para entonces las granadas estarán listas.

Expliqué a Miguel lo que Luis me había contado.

Por orden del Consejo, Beuvin mandó unas patrullas a sondear las defensas del enemigo. Igualmente, llegado el caso, estas patrullas debían señalar la presencia de las hidras. Fueron equipadas con un pequeño emisor de radio, fruto de los ocios de Estranges. Después, iniciamos la construcción de la catapulta. Se sacrificó a un fresno joven, que fue transformado en resorte. Se llevó a término la arboladura y se ensayó el aparato con bloques de roca. Su alcance se reveló satisfactorio.

Nuestro pequeño ejército, bajo el mando de Beuvin, se encaminó hacia el castillo, con tres camiones y tres tractores remolcando la catapulta. Durante ocho días no hubo más que escaramuzas. En la fábrica se trabajaba febrilmente. Al noveno día, me fui al frente, con Miguel.

— Y bien — preguntó Beuvin—, ¿está listo?

— Las primeras granadas llegarán hoy o quizá mañana — repuse.

— ¡Uf! Debo confesarle que no estaba tranquilo. Si llegan a hacer una salida…

Fuimos a los puestos de vigilancia.

— Más allá de esta cresta — nos dijo el viejo Boru, que en su calidad de ex sargento, veterano de la guerra del 1939-45, mandaba los pelotones de vanguardia—, caemos bajo el fuego de las ametralladoras. Que yo sepa hay cuatro: dos de 20 mm y dos más de 7,5 mm. Probablemente tienen también fusiles ametralladores.

—¿Fuera del radio de las catapultas?

— No hemos probado de alcanzarlas. Nos hemos guardado cuidadosamente de revelar las posibilidades de nuestras armas — dijo Beuvin.

—¿Y al otro lado del castillo?

— Han fortificado el lugar con troncos de árboles. Además, la carretera cae bajo su fuego. Imposible llevar allí material pesado.

— Aguardemos.

Trepando, llegamos hasta la cresta. Una ametralladora pesada la vigilaba.

— Podríamos intentar alcanzarla — dijo Miguel.

— Si, pero no atacaremos hasta que hayan llegado las granadas. Imagino que en la próxima alba azul.

En aquel momento llegó un camión del pueblo, con mi tío, Estranges y Breffort. Descargaron varias cajas.

— He aquí las granadas — dijo Estranges.

Estaban formadas por un tubo de fundición, armado de un detonador.

— Y las espoletas — dijo mi tío—. Las hemos ensayado. Alcance: 3 km. 500 m. Precisión bastante buena. Su cabeza contiene un kilo de residuos de fundición y la correspondiente trilita. Sigue un camión, con los caballetes de lanzamiento, y más cajas. Hay 50 espoletas de este modelo. Fabricamos otras más potentes.

—¡Nuestra artillería en marcha! — dijo Beuvin.

En aquel momento un hombre bajó por la pendiente.

— Agitan una bandera blanca — dijo.

—¿Se rinden? — pregunté, incrédulo.

— No. Quieren parlamentar.

— Contestad — ordenó Beuvin.

Del bando enemigo se levantó un hombre y avanzó, agitando un pañuelo. Boru le señaló un lugar a media distancia, en la «no man's land», y lo escoltó. Era Carlos Honneger, en persona.

—¿Qué queréis? — preguntó Beuvin.

— Hablar con vuestros jefes.

— Aquí hay cuatro.

— Para evitar sangre inútil, os proponemos lo siguiente: vosotros disolvéis el Consejo y entregáis las armas, y nosotros tomamos el poder. Nada os ocurrirá.

— Exacto, queréis reducirnos a la esclavitud — dije yo—. He aquí nuestra contraproposición: Devolvéis las jóvenes que habéis raptado y deposición de armas. Vuestros hombres serán puestos bajo vigilancia, y tú y tu padre, en presidio, para ser juzgados.

—¡No te falta cinismo! Ya vendrás otro día con tus historias.

— Os advierto — dijo entonces Miguel— que si os vencemos y nosotros tenemos muertos, seréis colgados.

—¡Me acordaré!

— En este caso, ya que no queréis entregaros — dije—, propongo poner a cubierto a las muchachas, al igual que tu hermana y la señorita Ducher, bajo aquella armella, por ejemplo.

—¡Ni hablar! Mi hermana no tiene miedo, como tampoco Magdalena. Si las demás se mueren, yo me río. Habrá otras, después de la victoria; tu hermana, por ejemplo…

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