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Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]

Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:

Cuando los humanos abandonan el planeta Belzagor, siguiendo la política de descolonización consistente en dar independencia a todos los alienígenas con cultura propia, el administrador imperial Gundersen retorna para emprender un viaje etnológico-sentimental-místico-iniciático… donde hallará o no hallará lo que esperaba, pero en todo caso no retornará el mismo que se puso en camino… como tampoco el lector volverá a ser el mismo después del viaje maravilloso que esta novela propone.
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Vol'himyor, que todavía parecía dormido, murmuró:

—Has estado fuera de este mundo durante muchos giros, ¿no?

—Después de que la Compañía cedió sus derechos aquí, regresé a mi planeta —contestó Gundersen.

Gundersen se dio cuenta de que había cometido un error incluso antes de que el nildor abriera los párpados y le mirara fríamente con sus ojos redondos y amarillos.

—Aquí tu Compañía nunca tuvo derechos que ceder —dijo el nildor con su acostumbrado tono llano y neutral—. ¿No es así?

—Así es —reconoció Gundersen. Buscó una corrección airosa y finalmente agregó—: Después de que la Compañía renunció a la posesión de este planeta, regresé a mi propio mundo.

—Esas palabras son más veraces. ¿Por qué has vuelto?

—Porque amo este lugar y deseo volver a verlo.

—¿Es posible que un terráqueo sienta amor por Belzagor?

—Sí, es posible que un terráqueo lo sienta.

—Un terráqueo puede quedar atrapado por Belzagor —dijo Vol'himyor con más lentitud que de costumbre—. Un terráqueo puede descubrir que su alma ha sido cogida por las fuerzas de este planeta y que la retiene en la esclavitud. Pero dudo de que un terráqueo pueda sentir amor por este planeta, tal como yo comprendo vuestro concepto del amor.

—Te concedo la razón, nacido muchas veces. Mi alma ha quedado atrapada por Belzagor. No podía dejar de regresar.

—Eres rápido para dar la razón.

—No deseo ofender.

—Intento loable. ¿Y qué harás aquí, en este mundo que se ha apoderado de tu alma?

—Viajar a muchos sitios de tu mundo —replicó Gundersen—. Tengo especial interés en visitar la región de las brumas.

—¿Por qué?

—Es el lugar que me atrapa más profundamente.

—No has dado una respuesta informativa —puntualizó el nildor.

—No puedo ofrecer otra.

—¿Qué te ha atrapado allí?

—La belleza de las montañas que se elevan desde las brumas. El resplandor de los rayos del sol en un día despejado, frío y brillante. El esplendor de las lunas contra un campo de nieve trémula.

—Eres muy poético —opinó Vol'himyor.

Gundersen no supo si le alababa o se burlaba de él.

—Según las leyes actuales, debo tener el permiso de un nacido muchas veces para entrar en la región de las brumas. He venido a solicitarte ese permiso.

—Eres melindroso en el respeto de nuestras leyes, mi amigo nacido una vez. Antaño eras distinto.

Gundersen se mordió el labio. Sintió que algo reptaba por su pantorrilla desde la profundidad del lago pero se obligó a mirar serenamente al nacido muchas veces. Escogió cuidadosamente las palabras y dijo:

—A veces tardamos en comprender la naturaleza de otro y le ofendemos sin saber lo que hacemos.

—Así es.

—Pero luego llega la comprensión —agregó Gundersen— y uno siente remordimientos por los actos del pasado y espera perdón para sus pecados.

—El perdón depende de la calidad de los remordimientos —observó Vol'himyor — y también de la calidad de los pecados.

—Creo que conoces mis fallos.

—No han sido olvidados —dijo el nildor.

—También creo que para tu credo no es desconocida la posibilidad de la redención personal.

—Es verdad, es verdad.

—¿Me permitirás enmendar mis pecados del pasado contra tu pueblo, tanto los conocidos como los desconocidos?

—Enmendar los pecados desconocidos es cosa insensata —afirmó el nildor—. De todos modos, nosotros no buscamos una disculpa. Tu redención del pecado es asunto tuyo, no nuestro. Quizás encuentres aquí esa redención, tal como esperas. Percibo un grato cambio en tu alma y ello pesará enormemente a tu favor.

—¿Entonces cuento con tu permiso para ir al norte? —inquirió Gundersen.

—No tan rápido. Quédate un tiempo con nosotros como invitado. Debemos pensar en esto. Ahora puedes volver a la orilla.

La despedida era evidente. Gundersen agradeció al nacido muchas veces su paciencia, no sin cierta autosatisfacción por la forma en que había llevado la entrevista. Siempre había mostrado la deferencia correspondiente a los nacidos muchas veces —incluso un imperialista realmente kiplinguesco sabía que le convenía mostrar respeto hacia los venerables líderes tribales—, pero en la época de la Compañía sólo era una burla para él, una muestra fingida de humildad ya que el poder fundamental correspondía al agente de sector de la Compañía y no a ningún nildor, por muy sagrado que fuese. Ahora el viejo nildor tenía realmente el poder de impedirle entrar en la región de las brumas y quizá viera incluso cierta justicia poética en el hecho de impedírselo. Pero Gundersen sintió que ahora su actitud deferente y apologética había sido bastante sincera y que había transmitido a Vol'himyor parte de esa sinceridad. Sabía que no podía engañar al nacido muchas veces haciéndole creer que un antiguo servidor de la Compañía como él súbitamente deseaba arrastrarse ante las ex víctimas del expansionismo terrestre, pero a menos que hiciese alguna muestra de sinceridad, no tenía la menor posibilidad de conseguir el permiso que necesitaba.

Repentinamente, mientras aún se encontraba bastante lejos de la orilla, algo dio a Gundersen un golpe terrible entre los hombros y lo lanzó, atontado y jadeante, de cara al agua.

Al sumergirse, le pasó por la cabeza la idea de que Vol'himyor le había seguido traicioneramente y golpeado con la trompa. Un golpe de ese tipo podía resultar fatal si se aplicaba con verdadera malicia. Atragantado, con la boca llena del licor del lago y los brazos entumecidos por el impacto del golpe, Gundersen salió cautelosamente a la superficie, dispuesto a encontrar al anciano nildor sobre él, preparado para lanzar el golpe de gracia.

Abrió los ojos y momentáneamente tuvo dificultades para centrar la mirada. No, el nacido muchas veces estaba lejos, en el lago, y miraba en otra dirección. En ese momento Gundersen tuvo una extraña y espinosa premonición y hundió la cabeza a tiempo para evitar que lo mismo que le había golpeado antes le decapitara. Se acurrucó en el agua cubierto hasta la nariz y lo vio girar en lo alto: una barra gruesa y amarillenta como un trueno descontrolado. En ese momento oyó violentos gritos de dolor y sintió que unas olas cada vez más altas recorrían el lago. Miró a su alrededor.

Doce salidores habían entrado en el lago y estaban matando a un malidar. Habían arponeado a la enorme bestia con palos aguzados; en ese momento el malidar se debatía y enroscaba en la agonía final y fue la poderosa cola del animal la que derribó a Gundersen. Los cazadores se habían desplegado en los bancos, hundidos hasta la cintura, con su grueso pelaje manchado de lodo y deslustrado. Cada grupo aferró el mástil de un arpón y gradualmente arrastraron al malidar hacia la orilla. Gundersen ya no corría peligro, pero siguió sumergido, recuperó la respiración y movió los hombros para comprobar que no tenía ningún hueso roto. La primera vez, la cola del malidar sólo debió rozarle; sin duda alguna, la segunda vez le habría destrozado si no se hubiese sumergido. Empezaba a sentir dolor y estaba medio ahogado a causa del agua que había tragado. Se preguntó cuándo comenzaría a estar borracho. Los sulidores habían arrastrado a la orilla a su presa. Sólo quedaban en el agua la cola y las gruesas patas traseras palmeadas del malidar, que se movían espasmódicamente. El resto del animal, de un peso de varias toneladas y su estatura cinco veces superior a la de un hombre, estaba en la orilla y los sulidores le clavaban metódicamente largas estacas, una en cada uno de los miembros delanteros y varias en la ancha cabeza en forma de cuña. Algunos nildores presenciaban la operación con ligera curiosidad. La mayoría de ellos la ignoraban. Los demás malidares siguieron ramoneando en el bosque como si no hubiese ocurrido nada.

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