Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Los hombres lloran solos». Краткое содержание книги:

«José Maria Gironella publicó en 1953 su novela Los cipreses creen en Dios, con la que alcanzó un éxito mundial. En 1961 Un millon de muertos, que muchos críticos consideran como el más vibrante relato de lo acaecido en España durante la guerra civil (en los dos bandos). En 1966 culminó su trilogía con Ha estallado la paz, que abarca un corto período de la inmediata posguerra.
Hoy lanza al público su cuarto volumen, continuación de los tomos precedentes, decidido a convertir dicha trilogía en unos Episodios Nacionales a los que añadirá un quinto y un sexto volumen -cuyos borradores aguardan ya en su mesa de trabajo-, y que cronológicamente abarcarán hasta la muerte del general Franco, es decir, hasta noviembre de 1975. La razón de la tardanza en pergeñar el cuarto tomo se debe a dos circunstancias: al deseo de poderlo escribir sin el temor a la censura y a su pasión por los viajes, que se convirtieron en manantial de inspiración para escribir obras tan singulares como El escándalo de Tierra Santa, El escándalo del Islam, En Asia se muere bajo las estrellas, etc.
Con esta novela, Los hombres lloran solos, José María Gironella retorna a la entrañable aventura de la familia Alvear en la Gerona de la posguerra, a las peripecias de los exiliados y del maquis, sin olvidar el cruento desarrollo de la segunda guerra mundial. Los hombres lloran solos marcará sin duda un hito en la historia de la novela española contemporánea.»
1 ... 7 8 9 10 11 12 13 14 15 ... 159
Перейти на страницу:

Una vez Ignacio le dijo:

– Hablas de este modo porque has nacido en España, en Bilbao. Y si hubieras nacido en Pekín?

– Dónde está eso? -preguntó Carmen-. Bueno, qué más da! Pues, si hubiera nacido donde tú dices, me hubiera venido aquí andando.

Matías añadió:

– Y yo la hubiera esperado en Madrid, en la verbena de San Antón.

Ignacio había resuelto de una vez para siempre su problema capitaclass="underline" se casaría con Ana María. Cualquier obstáculo sería inútil, empezando por la negativa de su futuro suegro, don Rosendo Sarro.

– Ya eres mayor de edad, no es cierto?

– Pues claro! -respondió Ana María.

– Entonces, esperaremos a que yo me afiance en la profesión, lo que me va a costar quizá un año, y adelante con las flores de azahar!

– Ignacio, siempre seré tan dichosa?

– Eso depende de ti, no de mí…

– Qué quieres decir?

– Yo seré siempre el mismo; es decir, nunca sabrás cómo soy. Así que, la costa está clara.

Ana María se reía. Ya no llevaba, como antaño, los mofletes uno a cada lado. Llevaba una larga cabellera, en la que Ignacio ensortijaba sus dedos. Cambió de peinado el día en que el gran amigo de la pareja, el pintoresco Ezequiel, fotógrafo, que continuaba saludando con títulos de película -últimamente, Los tres lanceros bengalíes-, le dijo que con los mofletes sería una muñequita hasta el fin de los tiempos, y que ya era hora de que se mostrara como mujer.

Ana María obedeció, e Ignacio encantado. "Ya era hora! -exclamó-. Siempre pensaba: cuándo se quitará esos aparatos para la sordera, que me recuerdan a Gaspar Ley?". Gaspar Ley era el sordo director del Banco Arús en Gerona, y su mujer, Charo, cansada de viudedad, se había ido por fin a vivir con él, y tenía un proyecto embrionario: montar en la ciudad una lujosa peluquería de señoras acorde con la que Dámaso había establecido para los caballeros.

Ignacio y Ana María acostumbraban a verse donde siempre, en el café del frontón Chiqui. No siempre sus diálogos eran de color de rosa. Aparte la sombra de don Rosendo, quien se paseaba con un haiga -última moda de los estraperlistas-, y que tenía una querida sin apenas ocultarlo, porque este detalle daba también un toque de elegancia y de poder, estaban la guerra mundial y la posguerra en España. Esta última llevaba trazas de nunca acabar. Todo estaba como el primer día de la victoria: los vencedores, al cielo, los vencidos al reino de Satanás, como hubiera dicho el especialista demoniológico José Luis Martínez de Soria.

– Te fijas en La Vanguardia, Ana María? Cada día la lista de los ejecutados en el campo de la Bota. Hoy dos, mañana seis, pasado mañana tres, y así hasta no parar. Y me sé de memoria, porque lo vivo en Gerona cómo actúan los jueces: un minuto para cada víctima y sanseacabó. Cómo se puede consentir semejante matanza?

– Claro que me fijo en esto, Ignacio. Y estoy perpleja. Y los obispos, mutis… Protesta el de Gerona? Pues aquí, lo mismo.

– Has visto lo que trae hoy? Fíjate. Ha sido ejecutado Crisanto Pérez, que era completamente rojo en todas sus manifestaciones… Te das cuenta? Ha sido detenido Anastasio Escardera, tenaz propagador del NO PASARAN.

– Y la gente, tan tranquila… -Ana María guardaba para su colección otro terrón de azúcar de los que servían en el frontón Chiqui.

– Pero yo no! -barbotaba Ignacio, conteniéndose para no gritar-. Yo protesto con todas mis fuerzas. No luché para esto. Luché para que se acabaran los sepultureros a sueldo.

Ana María encendía un pitillo.

– Y qué me dices del superhombre Adolfo Hitler?

– Ésa es otra -contestaba Ignacio, acercando el cenicero hacia sí-. Ése los condena por millares. Pero lo malo es que ha involucrado a los rusos; y a los soviéticos tampoco les puedo perdonar…

– Como siempre, te encuentras en el fiel de la balanza.

– Exacto.

– Insatisfecho…

– En este sentido, sí… Pero te tengo a ti! Y eso es mucho más que terminar una guerra.

Ezequiel los llamaba "los tortolitos", o Romeo y Julieta, película que se acababa de estrenar. Y lo eran, aunque confiaban en que su vida sería menos truculenta y el final más feliz. Ignacio solía ir a Barcelona casi todos los domingos, en un tren renqueante que se paraba en todas las estaciones. Allí comprobaba los mil ardides de los estraperlistas de poca monta, de comestibles para vivir. Odres en el pecho de las mujeres, que semejaban niños de teta. Gente que, doscientos metros antes de una parada, tiraban la mercancía por la ventana, donde la recogían cómplices que la estaban esperando. De vez en cuando se paseaba por el convoy un inspector. Osear Pinel, fiscal de tasas, padre de Solita, había contratado a seis inspectores vascos de eficacia probada. Los expedientes se amontonaban… Siempre que le era posible, el bueno de Óscar Pinel hacía con dichos expedientes una gran fogata.

Ignacio y Ana María podían tratar todos los temas sin reserva, excepto uno: Adela. Ignacio continuaba en Gerona con Adela.

No lo podía remediar. Y puesto que Manolo le había confesado una vez que "había engañado a Esther", Ignacio le contó a Manolo, su amigo y maestro, que él también estaba engañando a Ana María. Lo raro era que el marido, Marcos, que desde hacía tiempo husmeaba algo -aunque jamás podía sospechar que se tratase de Ignacio-, no le hubiera descubierto. Lo malo de él es que ante Adela se quedaba mudo. Era un pusilánime. Ignacio decía: "En el fondo, es un consentido. Un consentido por la gracia de Dios".

Ignacio vivió una prueba de la que, al pronto, no quiso hablar con Ana María. Se enteró por Ricardo Montero de que algunas de las ejecuciones de la pena máxima, y no sólo en Barcelona, eran públicas, a condición de tener alguien que se interesara por tal deferencia. Decidió hablar con Manolo y éste le confirmó que ello era cierto, incluso en Gerona. "Yo mismo puedo arreglártelo. Te acompañaré hasta el cementerio para que te dejen pasar. Pero si me lo permites, yo me quedaré fuera, fumando un pitillo".

Manolo le llamó un miércoles y le dijo: "Mañana, a las seis de la madrugada, hay una ejecución". Ignacio se presentó en el cementerio, mientras Carmen Elgazu supuso que el muchacho iba a misa al Sagrado Corazón. José Luis, en la puerta, le informó. "Se trata de un tal Aurelio Prat, que formaba parte de aquel famoso comité de Orriols. Este comité clavó en una verja a seis monjas adoratrices. Comprenderás que el asunto está claro".

Ignacio entró y vio a Aurelio Prat adosado a una tapia, con los ojos vendados. El piquete, alineado. Un alférez, el sustituto de Ricardo Montero, con el sable en alto. La escena fue vista y no vista. "Fuego!". Y sonó la descarga. El "reo", como si fuera un pelele, se desplomó. No gritó ni "Viva" ni "Muera". Se desplomó. El alférez se aproximó a él y lo remató con el tiro de gracia.

Ignacio se retiró. Fuera le esperaba Manolo, con su coche. "Así que, eres un morboso…" "Nada de eso. Quiero vivir de realidades". "Las seis monjas eran reales". "Sí, lo creo, pero me consta que no siempre es así". "También a mí me consta. De ahí que no haya encendido el pitillo. Me dio vergüenza".

Enmudecieron. El frío de la madrugada era cortante, pero asomaba el sol al otro lado de las Pedreras. Cielo azul. Ni una nube, a excepción de la que vagaba por el cerebro de Ignacio.

* * *

Manolo era hijo del abogado barcelonés José María Fontana Vergés, ponderado y ecuánime. Manolo había aprendido en el bufete de su padre el amor a la justicia. José María Fontana podía permitirse el lujo de "elegir" los asuntos, pues con ser abogado de la FECSA le bastaba para vivir. Nunca aceptaba pleitos sucios. Su honor era intachable, lo que hacía compatible con una sana ambición. Un poco más bajo que Manolo, con muchas manchas hepáticas en la cabeza, destacaba por ser el campeón de Barcelona de golf. Siempre decía que la salud de que gozaba y la precisión y autocontrol eran debidos al golf. Le hubiera gustado que Manolo le imitara, pero Manolo, por influencia de Esther, se inclinó por el tenis y el bridge.

1 ... 7 8 9 10 11 12 13 14 15 ... 159
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)