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Электронная книга - «El anillo en el agua». Краткое содержание книги:

Entre la novela y la memoria literaria, El anillo en el agua es la crónica irónica y melancólica del panorama cultural y político en la ciudad de Cádiz desde la muerte de Franco a la constitución de 1978. Recién salidos de la adolescencia, un grupo de aprendices de escritor se conoce, se contagia de ilusiones, comparte aspiraciones e ingenuidades y funda una revista, Jaramago, que los mantiene unidos y activos durante dos veanos que los marcarán profundamente. Nombres hoy desconocidos y nombres que ahora ya tienen cierto bagaje como autores asoman en estas páginas, más jóvenes, más idealistas, más ingenuos y hasta con menos dioptrías. Este libro es una ceremonia de iniciación, el rito de madurez de unos adolescentes que quisieron ser poetas y que, durante un breve periodo de tiempo, hasta llegaron a conseguirlo.
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Jomán Ales estudiaba en Sevilla aparejadores o algo así, y volvía cada cinco o seis meses, con el flequillo largo y cada vez más miope, cargado de tebeos para prestarme. La carrera le iba fatal y acabó estudiando, también en Sevilla, nada menos que magisterio, algo que yo nunca entendí, porque podía haberlo hecho en Cádiz, que le habría salido más barato (cosas de faldas, seguro). El sarampión político que en Manolo y en mí había pasado casi sin contagiarnos le había dado más fuerte que a los demás, y a pesar de su amor desmedido por los comics de superhéroes americanos militaba sin contradicción en algún partido de extrema izquierda, o estaba a punto de hacerlo ya por entonces. Jomán Ales era algo posesivo y desconfiado, y escribía unos poemas sencillos, amables, que sonaban bien y podían ser intimistas o panfletarios, daba igual. Nos gustaban mucho.

José Ángel González (me molestan las tildes de su nombre compuesto, pero no me atrevo a escribir Joseángel de corrido) venía del teatro y la contracultura, del grupo «Cámara» o uno de aquellas compañías alternativas de provincias que, por cuestión de edad, se nos habían escapado a la mayoría de nosotros. José Ángel tenía un habla lenta y parmoniosa, sincronizada con el humo que revoloteaba en su eterno cigarrillo, y vestía de negro, un chaleco estrechito y una corbatina de lazo. Tenía una barbita recortada, como de macedonio o de escritor de Providence, y flotaba en él un aire misterioso, de poeta maldito, como ni siquiera Téllez podría soñar igualar. Era lo más parecido a un Baudelaire de nuestro entorno que se servía por entonces.

José Ángel era un todoterreno de la cultura marginal, y lo mismo escribía unos poemas bellísimos, a años luz de lo que todos los otros aspirantes a poetas hacían (Téllez incluido), que pequeños apuntes en prosa donde el lirismo se confundía con la soledad y creaba imágenes hermosas que después he intentado copiarle sin mucho éxito, me parece. También dibujaba con bastante soltura, aunque no cómics, sino cómix, historietas underground que después te explicaba con bastante gracia, sin tomarse demasiado en serio su mensaje, si es que lo había.

José Ángel tenía un aire mefistofélico, una mirada de flor del mal bajo las gafas negras. Nos daba algo de miedo.

Pedro Manuel Alba era democristiano y no se avergonzaba de serlo, lo que le hacía destacar entre un puñado de gente que se consideraba de izquierdas (José Ángel, sin embargo, estaba en el anarquismo). Pedro procedía del coro, como Téllez y Manolo Chulián, y estudiaba medicina y hablaba muy rápido, en una especie de idioma propio que nadie era capaz de descifrar, saltándose palabras y uniendo mucho los labios, como si soplara un globo. La letra incomprensible del médico que un día sería la llevaba ya, pero en lenguaje oral. No escribía gran cosa, aunque era un fiera vendiendo ejemplares.

Pedro iba siempre muy abrigado, con chaquetas de varias mangas y tres o cuatro camisas a la vez, con jerseys de cuello alto y pantalones de pana que le daban un aire a labriego, a imitador de Blasillo o sosias contemporáneo de Miguel Hernández. Era también miembro de la pandilla en la que acabamos cayendo el núcleo del Colectivo cuando íbamos de paisano y se las ligaba a todas, en especial a las de nombre repetido. No era mérito propio: los demás le dejábamos el campo libre.

Fernando Santiago tenía la cara salpicada de viruela y era guapo y repeinado, un abertzale del andalucismo, mucho más radical de lo que el PSA llegaría a ser nunca, ni siquiera en los tiempos en que la gente creía que la S supermánica significaba algo distinto a señorito. Fernando estudiaba periodismo en Madrid, y tenía un acento castellano algo cargante, que echaba para atrás todas sus demandas nacionalistas en cuanto se le escuchaba dos minutos seguidos. Era la encarnación de la sensatez, o eso pensaba, y en el Colectivo nos prestaba la visión profesional del periodista que iba a ser, las experiencias de batalla de un oficio que sacrificaría por la política años más tarde.

Antonio Gutiérrez estaba entre Sisa y un Freak Brother, la imagen típica del progre de postal, los pelillos rizados contra una calva que se auguraba reluciente en pocos años y las gafas redonditas sobre la nariz de judío converso. No escribía nada, que yo recuerde, pero le iban las historias de movidas culturales y se le veía siempre dispuesto a colaborar en lo que fuera. Tenía una hermana pequeñita, clavada a él, que parecía sin terminar de hacer, algo borrosa. Me prestó un Nueva Dimensión dedicado a Lovecraft que no le he devuelto todavía.

Guillermo Montes también venía escapado del coro, como la mayoría. Era pálido y barrigudo, y tenía una hermana con gafas y sonrisa zarapica que causaba estragos entre sus amigos más cercanos. Guillermo era íntimo a la vez de Juanito y de Téllez, y casi resultaba una síntesis de ambos en el físico. Era lo más parecido a un intelectual que teníamos a bordo, sesudo y formal, y se subía mucho las gafas sobre el puente de la nariz, con algo de senador romano o de diputado alemán en el porte. Sabía de todo, pero en sus escritos no lograba transmitir más que una extraña sensación de retórica desorganizada. Sus poemas sonaban como pistoletazos en un cementerio.

Teníamos también la fiel infantería, gente que trabajaba por amor al arte, patrullando las calles y ayudándonos a grapar y vender, colaboradores sin los cuales nunca nos habríamos comido un pimiento. Casi todos eran miembros de nuestra pandilla, los extras de una superproducción que después no aparecieron nunca en ningún título de crédito, las niñas con las que salíamos y no ligábamos, los amigos que nos admiraban desde la distancia.

No sé si éramos machistas, pero aunque publicábamos cosas escritas por mujeres no había ninguna que formara parte del Colectivo como tal, eso es verdad. Hasta que llegó Ana un poquito más tarde.

Téllez no debió quedar económicamente muy bien y tuvo que olvidarse de sus estudios de historia y buscarse un trabajo. El padre de la linda Dori Barrios, funcionario de correos, le buscó un enchufe en la casa y Juan José se vio así enterrado en cartas y paquetes cada mañana, con la camisita negra y las manos blandas de niño de izquierdas que jamás había clavado un clavo, perdido en un mundo de mensajes ajenos a los que no podía meter el diente. Fue entonces cuando escribió aquello de «trabajo cribando cartas que nunca leeré», donde venía a confesar que la curiosidad le podía más que el tedio. A veces se cargaba el macuto al hombro y hacía también el reparto, y por las tardes lo veíamos llegar sudoroso y derrengado, con la espalda marcada por el peso de la cinta de cuero, como la huella de un látigo.

Por entonces, Juanito, Manolo y yo formamos una pandilla tardía con algunas de las niñas que ellos habían conocido durante el camping. Pedro Alba debió oler a carne fresca y también se nos unió, como Miguel Martínez, dispuesto a abandonar su ascetismo oriental en favor de hembras hispánicas.

Las niñas nunca nos parecieron muy allá físicamente, pero al menos tenían conversación y no se entrometían con nuestra vida paralela de aspirantes a escritores o a bohemios, sino que nos consentían y admiraban desde lejos, en la sombra, y nos ayudaban a vender la revista sin exigirnos nada a cambio. Ya he dicho antes (y no me puedo cansar de repetirlo), que era la carga de aquella infantería ligera lo que nos hacía agotar tan de corrido las existencias.

La pandilla era una extensión civil del ambiente culturaloide y libertario del Colectivo, una válvula de escape que nos permitía olvidar por unas horas el peso de nuestra genialidad bien asumida. No había líderes, como tampoco los había en la dirección de la revista, pero cada uno brillaba con luz propia, si la tenía: Miguel con el esoterismo y la psicología aplicada, Pedro con su habla atropellada, Manolo con su silencio y su hombro siempre presto a soportar lágrimas cristianas, Téllez que sabía ser sublime sin interrupción, o yo mismo, delgado, guapo, bajito y creído, registrando detalles y defectos para contarlos algún día.

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