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Diabulus in musica

Электронная книга - «Diabulus in musica». Краткое содержание книги:

Ésta es una historia de amor entre una mujer, un hombre y un fantasma. O, tal vez, dos fantasmas. Una historia que nos habla de Christopher Random, un actor que fue muchas personas, y de Balder Goienuri, que hasta su muerte sólo interpretó a Christopher Random.
De la muchacha que amó a los dos.
De las mentiras y los fingimientos entre los que se perdieron, y de cómo se buscaron durante años sin encontrarse.
El Diabulus representaba, en la teoría de la música antigua, el intervalo prohibido, un error deslizado entre las matemáticas perfectas que regían el mundo. También esta novela describe la lucha entre el orden y el caos, la luz y la oscuridad, el pasado y el presente. La voz y el silencio. Las múltiples maneras en las que el diablo acecha a la espera de encontrar un hueco por el que llevarse a sus víctimas.
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Cuando se traspasaba la puerta se entraba en un lugar privilegiado, pese a la mirada dura de la profesora y sus demandas imposibles. Al salir de allí regresábamos a la miseria del suelo polvoriento, a las cortinas ajadas, al zumbido del ascensor de ruido y polvo.

Las clases tallaban, pulían, terminaban cepillando. Dolían. La profesora, sentada, o peligrosamente cerca, siempre descontenta, no callaba durante media hora. En el aula, muy caldeada y recién pintada, las notas del piano retumbaban contra los armarios metálicos repletos de partituras. Jamás se lograba nada, nunca se conseguía un agudo perfecto, los graves carecían de consistencia.

– ¿Qué haces? Pareces un gato, ¿es eso un do? Concéntrate, niña, por Dios. Basta, hoy no lo soporto más, ni tú estás en gracia ni yo estoy de humor. Qué te dije la última vez, media hora de mi vida perdida que no volverá… no has estudiado. Pasemos a la otra, la de zarzuela, no, la otra, un poco más de garbo.

– Cu-gi-gi-gi-gi-na. Gigigina.

– Otra vez. Fa.

La presencia del pianista refrenaba su lengua. Él se tiraba de las mangas de la chaqueta, miraba hacia otro lado, repetía, comenzaba, retomaba. No parecía humano.

Nunca se equivocaba. Salvo aquella vez, en mi primera audición, en aquella canción popular, tan conocida, no volví a encontrarle en falta.

Cuando tocaba vocalizar, una vez a la semana, cuando las palabras extranjeras y las romanzas se trocaban en letras, en extraer un agudo como el mineral de la veta, yo aguardaba un momento antes de entrar en la habitación iluminada y nueva. Tomaba aire, posaba la mano sobre el estómago que, obedientemente, no contenía ensalada, fijaba la vista en el suelo, en la manilla de la puerta, en las uñas recortadas y con barniz incoloro de mi mano antes de golpear y pedir permiso para entrar. Ella aguardaba ya al piano, yo me acercaba, posaba la mano sobre él con la mayor soltura posible, levantaba la cabeza y me preparaba para el fracaso.

Era preciso conocer el francés, el alemán y el italiano, aunque de momento se conformarían con que me familiarizara con la fonética.

Luego llegaba la actitud: la cabeza erguida, la sonrisa altiva y distante. Las manos habían de fluir con elegancia, acariciando el piano, si se daba un concierto en solitario, subrayando la acción, si se trataba de una ópera. Yo era delgada y bonita, y eso podría ayudarme: la mayor parte de las estudiantes habían aprendido a disimular su corpulencia, pero yo no tenía por qué pasar por ello: tan sólo debía cuidar de que la caja torácica, que aún debía crecer más, quedara resaltada por los trajes que escogiera, no demasiado, lo justo para resultar femenina, lo justo para no potenciar la figura de cangrejo de río que poco a poco iba adquiriendo.

La ópera no disfrutaba de un buen momento; para la gente de mi edad, nada merecía menos respeto, salvo, tal vez, mostrar vocación religiosa. Me acostumbré a no ser tenida en cuenta para otros planes, porque me reclamaba el conservatorio. A callar. En la iglesia, en el colegio, no cantaba a menos que alguien girara la cabeza, me descubriera y me obligara a unirme. En ocasiones, durante un cumpleaños, una madre atenta me daba la mano.

– ¿Por qué no nos cantas algo?

Y el resto de los asistentes, salvo mis amigas, que volvían la cabeza, abochornadas, coreaban.

– ¡Canta algo!

Cuando cedía (cómo decir que no, cómo defraudar la sonrisa confiada y la atención de aquella madre) comenzaban las risas.

– No os riáis -me defendía la madre-. Qué bobos, qué incultos sois. Ya veréis donde llega esta niña el día de mañana.

Pero resultaba fácil distinguir en su manera de hablar, una de las primeras cosas que se aprendían, que ella tampoco sabía, que ella tampoco comprendía, que ella tampoco estaba segura. Y yo, la más insegura y tímida de las cantantes, bajaba la cabeza y callaba.

Se canta como se sangra. No existen más trucos: sin sangre, sin alma, el mejor oído, la disciplina más feroz, la técnica más depurada, se estrellan, como las notas, contra el vacío. Quien canta se enfrenta a una enfermedad terminal, a una hemofilia. Es, por tanto, una enfermedad sagrada, una enfermedad de reyes, como la locura; se venera a quien es capaz de sacrificarse en aras de la belleza, del servicio a los demás, del arte.

Una hermosa voz recibe las mismas ofrendas que se le brindaban a los dioses: fuego, alimentos, oro, fama. En ocasiones, vidas humanas.

A mí se me entregó en ese altar, con la garganta palpitante, pronta al sacrificio, a los once años. No hubo sustitución divina, ni cierva ni carnero providenciales aparecieron para salvarme. Mi sacrificio debió hallar gracia a los ojos de los dioses, y asintieron, sonriendo. Entonces comencé a sangrar.

A los catorce años me enviaron al mundo. Consideraban que estaba ya preparada para asombrar y seducir. Los profesores esgrimían mi edad como si jugaran con un flore te, y una vez más me obligaban a acercarme al piano, a elegir la A para demostrar la potencia, la I para los agudos. No sonreían. Ya demostrarían después si les agradaba o no, pero era preciso evitar todo indicio de alegría, cualquier felicitación. Ya llegarían, si lograba tal honor, cuando tuviera mi propio camerino, cuando me hubieran transformado definitivamente en una diva. De momento me correspondía el coro, los pequeños papeles.

En mi primera ocasión cantamos la misa de difuntos, el “Réquiem de Faur”, en el Vaticano, en el aula Paulo VI. Mientras implorábamos la paz, el perdón de los pecados, mientras hablábamos al corazón del Cordero que se había sacrificado por nosotros, un enorme Cristo dorado, que ocupaba la pared posterior, extendía sus manos flacas y ramificadas hacia lo alto.

Después creyeron que podrían enfrentarme a Mozart, y fui una pequeña correveidile con peluca empolvada. Algunas noches llamaba a mis padres, que me habían dejado marchar sin una duda, con la recomendación de que obedeciera, de que nadie pudiera decir nada malo de mí, y me preguntaba por qué no reunía el valor necesario para llorar y exigir que vinieran a buscarme y me libraran de las miradas torvas de mis compañeros, para que me devolvieran a casa, a mis clases, con mis amigas cada vez más distantes y sumergidas en sus pequeños problemas de adolescentes, burlas y risas.

Entonces comenzaron los robos: nada importante al principio, pequeñas cosas femeninas que podrían haberse olvidado en los hoteles.

Un juego de pinceles, dos sombras de ojos conjuntadas, un frasco de colonia con un cisne grabado que yo había admirado en secreto, un pañuelo de seda, un paraguas con el mango en forma de rana. Cada nuevo hurto se mantenía dentro del vestuario de las mujeres, un secreto a voces, un acallado murmullo de indignación.

Una de las tardes, un grupo de chicas llamó a la puerta de mi cuarto compartido. Querían registrar las maletas, con la esperanza de encontrar los objetos robados.

Mi compañera les dejó entrar. Sólo hurgaron en las mías; esparcieron mis ropas, vaciaron el neceser, abrieron las bolsas de regalo de los jerséis que había comprado para mis hermanos, y revisaron las hojas de mis libros de texto. Mientras las observaba, sentada en la cama, notaba cómo se me terminaba la calma.

«Alguien me los ha metido en la maleta -pensé de pronto-. Aparecerá el frasco del cisne y yo no sabré defenderme»

No encontraron nada. Dejaron un revoltijo de ropa y zapatos, y se apoyaron contra la pared, decepcionadas.

– Vamos a ser claras -dijo una de ellas-. Creemos que has sido tú -me señaló-. Nadie iba a robar maquillaje, de no ser una niña.

– No sé ni cómo podéis pensar… -comencé.

– No pongas ahora esa cara de mosquita muerta -dijo la primera.

– Sé buena, sé obediente, obedece a los mayores.

– Yo no he sido.

Una de ellas movió la cabeza con el mismo ademán que una gallina.

– ¿Prefieres que se lo contemos al director? ¿A tus padres?

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