La Mujer De Mi Hermano
- Автор: Bayly Jaime
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:
Zoe se sorprende de que Ignacio se ponga de pie, le dirija una mirada sosa de ternura -no me mires colmo si fueras mi papá, quiero que me mires como un hombre que me desea incluso en la misa, piensa ella, algo molesta- y camina, siguiendo lentamente una fila, por el pasillo central, a recibir la comunión de manos del sacerdote.
Zoe no va a comulgar. No lo ha hecho en mucho tiempo. No quiere confesarse, declarar sus culpas ante un hombre agazapado detrás de una rejilla, revestido de una autoridad que ella no reconoce. Zoe permanece sentada, levanta la barbilla en señal de amor a sí misma, ninguna culpa la abruma. No me miren con mala cara porque mi esposo comulga y yo no piensa, cuando una pareja de ancianos, que se ha levantado para ir a recibir la comunión, la mira como rezongándola. Yo no voy a comulgar porque necesito estar un ratito separada de mi esposo, se defiende ella pensando. Si no me atrevo a dejarlo, por lo menos déjenme separarme de él los dos minutos que demora en ir a sentirse el hombre más bueno del mundo. Yo no soy tan buena y no quiero serlo. Yo soy una pecadora y así la paso mejor. Yo quiero vivir el cielo acá y no después, el cielo eterno será para ustedes, pero yo quiero ser feliz ahora, no después. Zoe se siente una pecadora porque desea al hermano de su esposo, pero no se arrepiente por ello. No quiero ser una santa, se dice. Quiero ser feliz, las santas nunca han sido felices.
Mientras Ignacio camina de regreso con la hostia en la boca, Zoe piensa que ella no quiere tener en su boca una hostia, sino la lengua de Gonzalo despertándola del letargo en que se halla sumida.
Como todos los domingos después de misa, Ignacio, su madre y Zoe, sentados a una mesa redonda, saborean sin prisa la comida estupenda que les ha sido enviada por un restaurante cercano. Doña Cristina es una mujer rolliza, querendona, de sonrisa fácil. No hace mucho ha cumplido sesenta y dos años y atribuye su buena salud al hábito de pintar en las tardes, a los juegos de cartas con sus amigas -dos veces por semana, sin falta, apostando pequeñísimas sumas de dinero- y al vaso de whisky que bebe todas las noches, antes de cenar. Durante la semana, recibe la visita diaria de una mujer que se ocupa de limpiar la casa, cocinar y hacer toda clase de faenas domésticas, pero los domingos se queda sola, sin la ayuda de su empleada, y por eso ordena la comida a un restaurante italiano con servicio a domicilio. Vive en una casa de dos pisos, con todas las comodidades, en un barrio antiguo, sin grandes aspiraciones, no muy lejos del taller de Gonzalo. Podría vivir en una zona más acomodada, pero aborrece las mudanzas y quiere morir en esa casa donde ha vivido los últimos años y cree haber pintado sus mejores cuadros. Como su hijo Ignacio, también asiste a misa los domingos, aunque ella va más temprano, al servicio de las ocho de la mañana en una iglesia a la que acude caminando. Después se ocupa de regar el jardín, ve la televisión, habla por teléfono con sus amigas, apenas hojea sin mucho interés la prensa del día -pues sostiene que la lectura de los periódicos suele deprimirla- y espera con ilusión la llegada de Zoe e Ignacio, a sabiendas, resignada, de que Gonzalo sólo aparecerá cuando le apetezca, lo que ocurre muy rara vez.
Ya en los postres, Ignacio, que después lavará toda la vajilla y la dejará seca y ordenada -una actividad de la que disfruta intensamente, casi más que conversar con su madre y su esposa-, decide tomar la iniciativa y ejecuta el plan que ha concebido en algún momento de sus cavilaciones en la iglesia:
– Mamá, quiero regalarle un cuadro tuyo a Zoe -dice, sin ignorar que hará feliz a su madre y sorprenderá a su esposa.
No se equivoca: doña Cristina sonríe halagada y Zoe, tras fruncir levemente el ceño, sorprendida, mira a su marido y encuentra una sonrisa beatífica, mansa, que conoce de sobra y le recuerda todo aquello que comienza a aborrecer en secreto.
– Pero encantada, con el mayor gusto -se alegra doña Cristina-. ¿Y a qué debo este honor? -pregunta en seguida.
– A que nos gustan mucho tus cuadros -se apresura en responder Ignacio.
– Por supuesto -acompaña sin demasiado entusiasmo Zoe.
Luego piensa: colgaré tu cuadro en el cuarto de las escobas, vieja tacaña.
A Zoe le irrita que su esposo pague siempre la cuenta de esos almuerzos dominicales, pero aún más que su suegra se empeñe en guardar las sobras, los restos más insignificantes de comida, con la determinación de comérselos al día siguiente. Zoe prefiere no abrir la refrigeradora en casa de doña Cristina, pues suele ponerse furiosa al ver tantos envases de plástico que guardan restos de comidas, costumbre que le parece desagrable y ruin. Si Ignacio se pone así de tacaño, lo mato, piensa.
– Vamos a mi estudio a ver qué cuadro escogen -se pone de pie doña Cristina.
Suben por alta escalera de madera que Zoe encuentra algo polvorienta. Al ver las viejas fotografías en blanco y negro colgadas en la pared, retratos de Ignacio y Gonzalo cuando eran niños, odia estar allí, detrás de su suegra y su esposo, fingiendo que le hace ilusión llevarse un cuadro a casa. Eatoy cansada de actual en esta película tan mala, piensa. He elegido la película equivocada y me quiero salir. Pero no puedo. No se cómo.
– Elijan uno, el que quieran -dice doña Cristina, nada más entrar a su estudio, una habitación muy amplia con vista al jardín, donde ha reunido los veinte o treinta cuadros que ha pintado desde que murió su esposo, algunos colgando en la pared, otros tirados en el piso.
Son cuadros muv parecidos entre sí, paisajes coloridos de la campiña, escenas bucólicas del campo, imágenes que carecen de figuras humanas y evocan la paz de estar a solas con la naturaleza.
– No me canso de admirar tus cuadros, mamá -dice Ignacio-. Deberías hacerme caso y presentarlos en una exposición.
– Yo no pinto para lucirme -discrepa ella, con una sonrisa-. No me interesa que otros vean rnis cuadros. Yo pinto para no extrañar tanto a tu papá.
Zoe no mira los cuadros, observa con disgusto la gordura de doña Cristina. Cada día estás más gorda, piensa. En vez de pintar tanto, deberías hacer gimnasia. Uno de estos días vas a rodar por la escalera como una llanta de camión, suegrita.
– Tú elige el cuadro, mamá -le pide Ignacio.
– Claro, tú regálanos el que quieras, Cristina -dice Zoe.
– Qué difícil, todos son como mis hijos -se lamenta doña Cristina, mirándolos con cariño.
No te preocupes, que a mí me da igual, todos son bastante mediocres, piensa Zoe. Es un milagro que Gonzalo tenga genio como pintor, siendo tu hijo.
– Este me encanta -dice doña Cristina mostrándoles un cuadro donde predominan los azules y los verdes, un riachuelo que serpentea entre campos floreados-. Me recuerda a un paseo al río que hicimos cuando eran chicos. Me trae recuerdos felices. Fui muy feliz pintándolo.
– Es precioso -celebra Ignacio.
– Fantástico -miente Zoe-. Me encanta.
Me encantaría remojarlo en el agua bien cargada de cloro de nuestra piscina, se divierte pensando. Ganaría en carácter. Perdería ese aire tan soso que tienen todos tus cuadros, Cristina.
– Muy bien, aquí lo tienen, es suyo -dice doña Cristina, entregándole el cuadro a su hijo.
– ¿Cuánto cuesta? -pregunta Zoe, con deliberado propósito de inquietar a su suegra.
Doña Cristina no advierte la malicia que encierra esa pregunta y se ríe.
– No tengo idea, pero no creo que mucho -responde con cariño-. Nunca he vendido un cuadro.