Diario de una ninfómana
- Автор: Tasso Valerie
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Diario de una ninfómana». Краткое содержание книги:
Esta peculiar manera de relacionarse la lleva a vivir una verdadera odisea al lado de un hombre maquiavélico empeñado en maltratarla psicológicamente. Para sobrevivir al dolor y debido a sus ilimitadas ansias de conocimiento, ejercerá la prostitución en una agencia de contactos de lujo. Allí se enfrentará a la vulnerabilidad de los hombres: hombres de reconocido prestigio, hombres de negocios, políticos… Hombres que no le harán perder sus ganas de comunicarse con el lenguaje que mejor conoce: el del cuerpo y el de las palabras escritas.
Un libro que no deja indiferente a nadie. Un libro sincero, desgarrado, escrito a contracorriente de la actitud políticamente correcta respecto del sexo. Un libro que revela, en definitiva, que hasta en el propio infierno se puede encontrar el amor.
14 de abril de 1997
Me encanta la intensidad de nuestros encuentros. Me da una felicidad que él ni siquiera sospecha. Me motiva y me inspira.
La primera vez que nos encontramos, me pregunté si su piel estaba salada o no. Luego, descubrí que olía a palito de vainilla, de los que se utilizan para dar sabor a los alimentos.
Cuando hacemos el amor esta mañana, él me habla en español, no en quechua. Este detalle revela una cierta timidez bien escondida, quiere tomar distancia para consigo mismo, pronunciando palabras en otra lengua para negar esas ganas locas de poseerme; el ruido de su discurso resbala sobre las paredes de la habitación y sus palabras asaltan mi cuerpo, que se contrae cada vez que una de ellas me penetra en los oídos y cosquillea mi trompa de Eustaquio. Y me va debilitando poco a poco. Nunca le puedo decir que no. Después del amor, acabo siempre pigmentada de frases, mi boca se llena de restos imaginarios de hojas de coca masticadas entre los dos y mi pelo brilla como nunca. El suyo también. Durante el amor, lo lleva siempre suelto y es como una gamuza suave de proteínas orgánicas que va lustrando mi cuerpo.
Me gusta la sensualidad de sus labios y, mientras le estoy chupando el dedo gordo del pie, observo, divertida, cómo lo retuerce medio de placer, medio de risa, y cómo su cuerpo se estremece encima de las sábanas inmaculadas de la cama. Le como los talones, como un cachorro que hinca sus dientes en una zapatilla. El ruidito de la madera de la cama contra la pared debe revelarle al vecino de al lado una actividad reproductora envidiable para muchas parejas; pero no se trata del fuerte sonido de una posesión loca, como la de un Cro-Magnon con su hembra, sino de algo más sutil, que pone la piel de gallina. En muchas de estas ocasiones pienso en Roberto, mi gordito.
Rafa ha jugado muchas veces a untarme el cuerpo con mermelada de naranja amarga, la que sobra del desayuno, pues nunca me ha gustado, y que conservamos en la nevera del minibar. Me lame primero, suavemente con su pequeña lengua puntiaguda, y luego me la introduce en la boca. Y el calor que desprende la suya contrasta con la temperatura de la mermelada. Su piel es más suave que el mármol italiano, y es la primera vez que tengo a mi merced un cuerpo completamente imberbe. Me siento orgullosa de tener a tal espécimen en mi cama.
Después de muchos mimos y momentos de placer, él se quita el preservativo, a punto de reventar de lo lleno que está, y lo deja al lado de la cama. Me acuerdo de repente del error que cometen muchos hombres al dejar el condón usado a la vista de todos, pero se lo perdono esta vez. Al contrario, le agradezco con una mirada complaciente el darme en ofrenda su semen cristalino. Recojo el condón con dos dedos y acerco mi nariz al pequeño depósito, buscando el aroma del agua de mar mezclada con clara de huevo, pero el único olor que capto es el del látex recubierto de una sustancia llamada SK70, que, según el prospecto de la caja, aumenta la sensibilidad.
Cuando salgo de la ducha, enrollada en una toalla de color azul eléctrico, recién estrenada, que deja un montón de bolitas enganchadas a todo el cuerpo, me pongo delante del espejo y constato con horror que algunas se han camuflado en mis partes más íntimas. Al verme así, Rafa introduce, entre risas, sus dedos por todos los rincones escondidos, con toda la seguridad de un cirujano plástico empeñado a remoldearme completamente, y me va quitando delicadamente una a una esas pelusillas viciosas, como si estuviera sacándome espinas de la piel. Hoy me siento Fort Apache frente al jefe de los indios, cuyo apodo es Toro Sentado.
– Eres muy rica, jefa -me dice, suavemente.
Y tú eres mi tótem particular, pienso.
18 de abril de 1997
Es de noche y Rafa está conduciendo hacia los cerros más peligrosos de Lima. Cuando le he pedido ir allí, me ha mirado fijamente y me ha dicho:
– De acuerdo, jefa, pero con la condición de que te ates el pelo, lo escondas para que no vean que eres extranjera. Además, llevaré un arma por si acaso, y cerraremos las puertas. Ni se te ocurra salir del carro. ¿Comprendido?
– Comprendido -le contesto, con aire serio.
No me gusta ir con el pelo recogido. Nunca me ha gustado liacerme coletas, ni trenzas, ni nada de nada. Tengo un complejo con mis orejas. En la escuela me llamaban Jumbo, porque sobresalían entre mi precioso pelo largo. Dios sabe cuan crueles son los niños. Afortunadamente, mi madre se dio cuenta y me hizo operar a los diez años. Me pasé todo un verano en la Costa Azul con una banda que me cubría toda la cabeza. Y la gente le preguntaba a mi madre si había tenido un traumatismo craneal o si estaba enferma de cáncer. Mamá cruzaba los dedos todo el día, como para excretar tantas enfermedades, por si se les ocurría aparecer de repente. Creo que el cirujano no era muy bueno porque mis orejas se pa- recen todavía a hojas de col, lo que sigue acomplejándome.
La carretera -si se le puede llamar así- consiste en un terreno salpicado de tierra, parecida a la arena, con huellas de un tráfico intenso. Nuestro coche se está moviendo como un barco en plena tempestad, pero yo, curiosamente, no tengo mucho miedo. U contrario, me gustan estas subidas de adrenalina. Además, me excita saber que tengo a mi lado a un hombre armado.
Vemos a lo lejos unas luces que parecen venir de unas casas.Asentadas en lo alto de la colina.
– ¡Para el coche! -le digo a Rafa.
– ¿Cómo? -desacelera un poco y vuelve su cabeza hacia mí.
– ¡Que pares el coche ya! -Estoy casi gritando y, en la oscuridad, no puedo ver su cara de desconcierto, pero me la imagino.
– Si me paro ahora, no podré volver a arrancar el carro, jefa. Rafa intenta dar mucho énfasis a su explicación.
– Entonces lo empujaremos.
Mi solución al problema no parece convencerle y no me hace caso. Entonces cojo el freno de mano, y con un movimiento seco y seguro, levanto sin pensar en las consecuencias que puede llegar a tener esa maniobra temeraria.
– ¡Estás loca, jefa, podemos tener un accidente! -me grita.
Su brazo me empuja, impidiendo que mi mano pueda levantar por completo el freno. El coche se para bruscamente.
– ¿Qué te pasa? -me pregunta, casi enfadado por mi atrevimiento.
– Deseo que me quieras ahora mismo.
– ¿Qué? -está casi riéndose.
Veo que comprende lo que quiero decir pero no se atreve a pensar que pueda llegar a tener tanta cara.
– Ámame ahora mismo, aquí, en medio de la carretera -digo, esforzándome en abrir la puerta del coche.
Me es difícil porque el auto está inclinado en una pendiente. Tras empujarla varias veces lo consigo. Salto del asiento como si estuviera en un estado de ingravidez y me pongo delante de los faros para que Rafa me pueda ver mejor. Quizá le despierte la libido. El paisaje es un poco hostil, y para más inri todo está silencioso. Ni un ruido. Ni pájaros que cantan. Al poco rato, Rafa sale también del coche y se sitúa detrás de mí. Con una mano, me empuja contra el capó y me levanta la camisa. Empiezo a sentir el roce de la punta de sus dedos, dibujando sobre mi espalda pequeños ochos. El signo del infinito. Comunicación de las abejas. De vez en cuando, moja con su lengua un dedo, y vuelve a dibujar esas acuarelas hasta llegar al principio de mis nalgas. Desabrocha, impaciente, el botón de mis pantalones que se van cayendo y recubren mis bambas. Con sus dos manos, levanta mis glúteos para que mi sexo hambriento esté a la altura de su falo, que se erige en la oscuridad como la reivindicación del todopoderoso. En este mismo momento, se me pasa por la cabeza unas imágenes de un film de terror que vi con unos amigos de universidad. Se llamaba El mito de Kzulu. ¡Escalofriante! Era la historia de un monstruo que, dotado de un miembro de dimensiones extraordinarias, violaba a todas las vírgenes que encontraba. Todas morían empaladas sobre esa verga gigantesca. Solíamos ver películas de terror antes de los exámenes parciales, para desahogarnos de tanta presión. Esta noche, en el fondo, estoy aprensiva, por eso quiero provocar a Rafa.