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Vestido para la muerte

Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:

Un travesti ha sido asesinado y su cuerpo aparece con el rostro desfigurado. Quizá otra víctima anónima para el registro de crímenes sin resolver. Pero el comisario veneciano Guido Brunetti, obedeciendo a su infalible instinto, descubre que ese hombre vestido de mujer es Leonardo Mascari, director del Banco de Verona y respetable ciudadano en Venecia. Podría ser un simple caso de doble vida, pero los indicios delatan que hay algo más en esta nueva e intrigante historia de Donna Leon. Su personaje, el comisario Brunetti, considerado por la crítica como «el heredero del Maigret de Simenon» y «el comisario con mayor carisma» de este género literario, encuentra a un abogado del Vaticano y activo miembro de la Lega della Moralità -asociación destinada a perpetuar la fe, la familia y las virtudes morales- en el apartamento de un chapero llamado Crespo. Y poco a poco se enfrenta a una trama en la que están implicados los niveles más altos del mundo financiero, gubernamental y eclesiástico.
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– Sí -convino Brunetti lentamente, y Gallo esperó el «pero» que, por el tono del comisario, parecía inevitable-. Pero eso implica que el asesino no distinguía entre prostitutas y chaperos.

– ¿A qué se refiere, comisario?

– A que para él eran lo mismo los hombres que las mujeres o, por lo menos, que imaginaba que trabajaban en el mismo sitio. Por lo que pude apreciar ayer, me parece que la zona del matadero sólo la frecuentan mujeres. -Gallo pareció reflexionar sobre esto, y Brunetti terminó, tanteándole-: Claro que ésta es su ciudad y usted la conocerá mejor que yo, que soy forastero.

Gallo sonrió ligeramente, tomándolo como un cumplido y asintió.

– Por regla general, en esos descampados de entre las fábricas sólo actúan mujeres. Pero cada día que pasa nos llegan más hombres, muchos de ellos, eslavos o norteafricanos, por lo que quizá hayan empezado a invadir nuevo territorio.

– ¿Ha oído algún rumor?

– Personalmente, no, señor. Pero mi trabajo no tiene mucho que ver con las prostitutas, a menos que haya violencia.

– ¿Y eso ocurre con frecuencia?

Gallo meneó la cabeza.

– Generalmente, las mujeres no presentan denuncias porque piensan que, quienquiera que sea el responsable de la violencia, irán ellas a la cárcel. Muchas están en el país ilegalmente, y, si tienen dificultades, no acuden a nosotros por temor a ser deportadas. Y son muchos los hombres que disfrutan maltratándolas. Supongo que con el tiempo aprenden a detectarlos, u otras chicas les avisan y tratan de evitarlos.

»Supongo que los hombres pueden protegerse mejor. En las fichas habrá visto lo corpulentos que son algunos. Guapos, sí, pero no dejan de ser hombres y no están tan indefensos.

– ¿Tiene ya el informe de la autopsia? -preguntó Brunetti.

Gallo le entregó varias hojas de papel.

– Llegó mientras usted estaba en el hospital.

Brunetti empezó a leer rápidamente el informe, familiarizado con la jerga y los términos técnicos. No se observaban marcas de pinchazos, por lo que la víctima no consumía drogas por vía intravenosa. Estatura, peso, condición física, todo lo que Brunetti había observado allí se cuantificaba con exactitud. Se mencionaba el maquillaje, pero sólo para indicar que se habían observado considerables restos de barra de labios y de eyeliner. No había huellas de actividad sexual, ni activa ni pasiva. Las manos sugerían una ocupación sedentaria, las uñas estaban cortadas al ras y no había callosidad en las palmas. La situación de las magulladuras indicaba que lo habían matado en otro lugar y transportado al lugar en el que fue hallado, pero el intenso calor al que había estado expuesto hacía imposible determinar el tiempo transcurrido entre la muerte y el descubrimiento del cadáver; la estimación más aproximada lo situaba entre doce y veinte horas.

Brunetti miró a Gallo y preguntó:

– ¿Lo ha leído?

– Sí, señor.

– ¿Qué opina?

– Aún sigue abierta la opción entre cólera y premeditación, supongo.

– Pero ante todo hay que averiguar quién era -dijo Brunetti-. ¿Cuántos hombres trabajan en esto?

– Scarpa.

– ¿El que ayer estaba al sol?

El apagado «Sí, señor» de Gallo indicó a Brunetti que el sargento había sido informado del incidente, y su acento daba a entender que no le había gustado.

– Es el único agente asignado al caso. La muerte de una persona que se dedica a la prostitución no tiene prioridad, y mucho menos, durante el verano, en que estamos escasos de personal.

– ¿Nadie más?

– Fui asignado yo provisionalmente, porque estaba de guardia cuando se recibió la llamada, y envié la Squadra Mobile. La vicequestore de Mestre sugirió que se encomendara el caso al sargento Buffo, ya que él respondió a la llamada.

– Entiendo -dijo Brunetti con aire pensativo-. ¿Hay alternativa?

– ¿Una alternativa al sargento Buffo, quiere decir?

– Sí.

– Podría usted solicitar que, puesto que su primer contacto ha sido conmigo y hemos debatido el caso largamente… -Gallo hizo una pausa, como si deseara alargar más aún el debate, y prosiguió-: Ahorraría tiempo que yo siguiera asignado al caso.

– ¿Cómo se llama la vicequestore?

– Nasci.

– ¿Se dejará… quiero decir, será fácil convencerla?

– Estoy seguro de que, si es un comisario quien lo solicita, estará de acuerdo. Máxime si ha venido usted a ayudarnos. -Bien. Que extiendan la solicitud y la firmaré antes del almuerzo. -Gallo movió la cabeza de arriba abajo, escribió unas palabras en un papel, miró a Brunetti y volvió a mover la cabeza-. Y ordene que empiecen a trabajar con la ropa y los zapatos.

Gallo asintió por tercera vez e hizo otra anotación.

Brunetti abrió la carpeta azul que había estado leyendo la víspera y señaló la lista de nombres y direcciones sujeta a la parte interior de la cartulina.

– Me parece que lo mejor que podemos hacer es preguntar a estos hombres por la víctima, si saben quién era, si lo reconocen o saben de alguien que pudiera conocerlo. El forense dice que debía de tener poco más de cuarenta años. Ninguno de los hombres de la carpeta es tan viejo, muy pocos llegan ni a los treinta, de modo que si era de por aquí, habrá llamado la atención por la edad.

– ¿Qué procedimiento desea seguir, comisario?

– Creo que deberíamos dividir la lista en tres partes, para que usted, Scarpa y yo podamos ir enseñándola y preguntando por ahí.

– No son gente muy dada a hablar con la policía, comisario.

– Entonces propongo que llevemos también una de las fotos de cómo estaba cuando lo encontraron. Creo que si convencemos a esos hombres de que a ellos puede ocurrirles algo parecido se animarán a hablar.

– Diré a Scarpa que suba -dijo Gallo alargando la mano hacia el teléfono.

7

Aunque no era más que media mañana -probablemente, media noche para los hombres de la lista-, decidieron hablar con ellos sin demora. Brunetti pidió a los otros dos, que conocían Mestre mejor que él, que dividieran la lista por zonas, a fin de trazar rutas que no les obligaran a ir una y otra vez de un extremo al otro de la ciudad.

Cuando tuvo su parte de la lista, Brunetti bajó a reunirse con su conductor. No estaba seguro de que fuera conveniente presentarse a interrogar a aquellos hombres en un coche patrulla azul y blanco, con un policía uniformado al volante, pero en cuanto pisó la calle comprendió que la supervivencia estaba antes que la conveniencia.

El calor lo envolvió y sintió en los ojos el alfilerazo del aire caliente. No circulaba ni un soplo de brisa; la luz del día se extendía sobre la ciudad como una manta sucia. Los coches cruzaban por delante de la questura haciendo sonar el claxon con un balido de vana protesta contra el semáforo inoportuno o el peatón imprudente y levantando nubes de polvo en las que giraban paquetes de cigarrillos. Brunetti, al ver, oír y respirar aquello, se sintió como si alguien se le hubiera acercado por detrás y le aprisionara el pecho con los brazos. ¿Cómo podían los seres humanos vivir así?

Se refugió en la fresca cápsula del coche de la policía y salió de ella un cuarto de hora después, delante de un edificio de apartamentos de ocho plantas situado en el extremo oeste de la ciudad. Al levantar la mirada, vio ropa puesta a secar en unos alambres tendidos entre este edificio y el de enfrente. Aquí soplaba una ligera brisa y las hileras multicolores de sábanas, toallas y ropa interior se ondulaban perezosamente. Por un momento, se sintió menos agobiado.

El portiere, en su garita, clasificaba los sobres que el cartero acababa de dejarle para los vecinos del inmueble. Era un anciano de barbita rala y gafas de leer con montura de plata colocadas en la punta de la nariz, por encima de las cuales miró a Brunetti al darle los buenos días. La humedad intensificaba el olor agrio de la portería, y el ventilador que estaba en el suelo no hacía sino esparcir el olor a través de las piernas del anciano.

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