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Una Cinta Roja y Brillante

Электронная книга - «Una Cinta Roja y Brillante». Краткое содержание книги:

Dentro de la Antología “El Amor puede Esperar”
A Gift of Joy Anthology
A bright red ribbon (1995)
Con la Navidad como tema común, estas cuatro historias dentro de la Antología El amor puede esperar, demuestran que la nieve y el frío son un buen escenario para el amor:
La Nochebuena de Eve, de Virginia Henley (Christmas Eve)
El milagro, de Brenda Joyce (The miracle)
Una cinta roja y brillante, de Fern Michaels (A bright red ribbon)
Mi verdadero amor, de Jo Goodman (My true love)
Sola en su coche y extraviada, una viajera cansada se pierde en una tormenta de nieve. Pero un perro que llevaba un lazo rojo la llevará a un lugar seguro… y en los brazos de un inverosímil héroe.
Morgan Ames había estado esperando durante dos años a que su ex-novio le propusiera matrimonio. Él la había dejado en la víspera de Navidad, pero le había comprometido proponerle matrimonio dos años más tarde, si sentía que estaban destinados a estar juntos. Mo trata de volver a casa, pero se queda varada en una tormenta de nieve, es rescatada por un perro, y por Marcus Bishop.
Mo empieza a preguntarse si realmente quiere casarse con Keith después de todo.
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– Keith estuvo aquí -se le anticipó la madre. -Llegó sobre las once. Dijo que había tardado siete horas de Manhattan a casa de su madre. Se quedó desconcertado al ver que no estabas, pero más por él que por ti. Lo siento, Morgan, pero ese hombre nunca me gustará. Es todo lo que tengo que decir al respecto. Y papá piensa lo mismo. Conduce con cuidado, cariño. Llámanos, ¿de acuerdo?

– De acuerdo, mamá.

Morgan colgó y sintió que se le revolvía el estómago. Ocultó la cara entre las manos. Lo que había esperado durante dos años, lo que había deseado y rogado, había sucedido. Pensó en el viejo dicho: «Ándate con cuidado con lo que deseas porque podrías llegar a tenerlo.» Ahora no quería lo que había deseado.

Ya era de día y el sol irrumpía en la habitación. La fotografía del marco plateado reflejaba la luz. ¿Quién era aquella mujer? Debería habérselo preguntado a Marcus. ¿Seguía amando a esa mujer morena? Debió de quererla mucho para conservar sus cosas intactas y expuestas a un recuerdo constante.

Anoche había sentido emociones extrañas.

Keith y ella nunca habían alcanzado tal éxtasis. Sin embargo, había otras cosas que hacían que una relación funcionara. Marcus iba en silla de ruedas, pero a ella no le desagradaba. Pero ahora era el momento de irse. ¿Cómo iba a hacerlo?

Al mirar por la ventana le dio un vuelco el corazón. Era el todoterreno. Funcionaba. Se levantó y salió. Pensó que los adioses eran duros. Sobre todo éste. Se sintió tímida, como una colegiala, cuando le dijo:

– Gracias por todo. Pienso mantener mi promesa y enviar carne para Murphy. ¿Puedes darme tu dirección? Si alguna vez pasas por Wilmington ya sabes, para y… podemos vernos… Esto no se me da muy bien.

– A mí tampoco. Aquí tienes mi tarjeta con mi teléfono. Llámame cuando quieras si… si tienes ganas de hablar. Sé escuchar.

Mo le ofreció su tarjeta.

– Te digo lo mismo.

– Sólo necesitas un poco de anticongelante. Hemos llenado el depósito de gasolina. Conduce con cuidado. Estaré preocupado, así que llámame cuando llegues a casa.

– Lo haré. Gracias de nuevo, Marcus. Si alguna vez quieres construir una casa o un puente, puedes contar conmigo. De verdad.

– Lo sé. Lo tendré en cuenta.

Mo se encogió de hombros. Qué tensos y formales se mostraban. No podía marcharse de este modo. Se inclinó sobre él, mirándolo a los ojos, y le besó ligeramente los labios.

– Nunca olvidaré esta visita. -Ahora, pensó, dime que quieres que vuelva a visitarte. Dime que no me vaya. Me quedaré. Juro que me quedaré. Nunca más volveré a pensar en Keith, nunca mencionaré su nombre. Di algo.

– Ha sido una Navidad muy bonita -dijo él. -He disfrutado mucho contigo. Sé que Murphy también se ha alegrado de tenerte con nosotros. Bien, conduce con cuidado y acuérdate de llamarme cuando llegues a casa.

– Su voz sonó fría y distante. Lo de anoche había sido lo que él dijo; fue lo que fue. Nada más. Ella se lamentó desesperadamente, pero no iba a darle la maldita satisfacción de saberlo.

– Lo haré -dijo Mo amablemente. Jugueteó un poco con Murphy, susurrándole al oído. -Cuida de él, ¿de acuerdo? Me parece que suele ser un poco testarudo. Tengo la cinta y siempre la conservaré. Te enviaré carne. -Como tenía los ojos anegados en lágrimas, Mo se volvió y no volvió a mirar a Marcus. Un segundo después se encontró en el reconfortante aire frío.

El Cherokee estaba caliente y ronroneaba como un gatito. Antes de poner la tracción en las cuatro ruedas encendió las luces. No miró atrás.

Había sido un entreacto. Uno de esos extraños sucesos que pasan una vez en la vida. Una anécdota en el tiempo.

En poco más de veinticuatro horas se había enamorado de un hombre que iba en silla de ruedas… y de su perro. Lloró porque no supo qué hacer.

CAPÍTULO 09

La llegada a casa fue como había imaginado. Sus padres la abrazaron. Su madre se secó las lágrimas con el dobladillo del delantal y su padre se comportó con cierta brusquedad, pero ella advirtió la humedad de sus ojos.

– Cariño, ¿quieres desayunar algo?

– Huevos con beicon no es mala idea. Pero asegúrate de que…

– De que la yema está poco hecha y la clara tostada por el borde. Con dos tiras de beicon, tres tostadas para mojar y un vasito de zumo. Lo sé, Morgan. Señor, me alegro tanto de que estés a salvo y en casa. Papá ira a buscar tus bolsas. ¿Por qué no vas arriba, te bañas con calma y te pones algo de ropa que no parezca de una tienda de segunda mano?

– Es una buena idea, mamá.

En la intimidad de su habitación se fijó como una adolescente en el teléfono que había sido su contacto con el mundo exterior. Lo único que tenía que hacer era marcar el número, y oiría la voz de Marcus. ¿Debería hacerlo ahora o después del baño, ya vestida y maquillada? Decidió esperar. Marcus no parecía la clase de hombre que se sienta al lado del teléfono a esperar la llamada de una mujer.

El baño le resultó delicioso. La sedosa sensación del agua estaba impregnada de aceite de baño de jazmín salvaje, su fragancia preferida. Mientras se relajaba en la humedad y el vapor se obligó a pensar en Keith. Sin haberlo preguntado a su madre, sabía que después de su llamada ésta había telefoneado a la madre de Keith. Se sintió tan feliz por estar a salvo que soportaría a Keith. Todos los regalos que había preparado con tanto esmero. Todo el dinero que se había gastado. Bueno, cuando volviera a Delaware los devolvería.

Mo oyó a su padre entrar en el dormitorio, el ruido de las maletas depositadas en el suelo, las bolsas de los regalos. Cuando la puerta se cerró suavemente, sus hombros se relajaron. Estaba sola con sus pensamientos. Deseó tener un teléfono inalámbrico para llamar a Marcus. La idea de hablar con él mientras estaba en la bañera le produjo un agradable estremecimiento.

Al cabo de un rato salió de la bañera. Se vistió, se secó el pelo y se maquilló con moderación. Se puso unos Levis y un jersey que ensalzaba su esbeltez, así como un poco de perfume y unos pendientes de perlas. Hurgó en el cajón en busca de calcetines de lana. En el armario había unas zapatillas Nike Air que había dejado en una de sus visitas.

En la cocina, su madre la miró boquiabierta.

– ¿Vas a ir así?

– ¿Tiene algo de malo mi jersey?

– Bueno, no. Es sólo que pensé que te arreglarías para… Keith. No tardará mucho en llegar.

– Bueno, será mejor que se apresure porque tengo que salir un momento cuando termine este magnífico desayuno. Supongo que podrás decirle que espere o que vuelva en otro momento. Abriremos los regalos esta noche después de la cena. ¿Por qué no imaginamos que es Nochebuena?

– Lo mismo ha sugerido papá.

– Pues así lo haremos. Oye, no se lo digas a Keith. Quiero que sólo estemos nosotros.

– Sí, cariño, si es lo que quieres. Cuando salgas ve con cuidado. Que hayan quitado la nieve de las carreteras no quiere decir que no pueda haber accidentes. El hombre del tiempo dijo que las autopistas seguían siendo un riesgo.

– Iré con cuidado. ¿Necesitas que te traiga algo?

– Antes de que nevara ya lo teníamos todo. No necesitamos nada. Abrígate, hace mucho frío.

La primera parada de Mo fue en la carnicería de la calle principal. Pidió doce bistecs y pidió que los enviaran por correo a la dirección de Marcus. Pagó con la tarjeta de crédito. La siguiente parada fue en el centro comercial Menlo Park, donde se dirigió al Gloria Jean's Coffe Shop. Pidió medio kilo de café aromático, y repitió la operación.

Pasó un rato echando un vistazo a los grandes almacenes Nordstrom; estaban tan llenos de gente que sintió claustrofobia.

A las cuatro volvió sobre sus pasos, se detuvo en el Gloria Jean's para pedir un café y lo tomó sentada en un banco. No quería ir a casa. No quería ver a Keith. Lo que quería era llamar a Marcus. Y eso es exactamente lo que voy a hacer, se dijo. Estoy harta de hacer lo que la gente quiere que haga. Quiero llamarlo y voy a llamarlo. En cuanto terminó el café buscó un teléfono.

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