La segunda invasión
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Roma eterna (es) #3
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 978-84-450-7610-1
- Переводчик: Emilio Mayorga
- Жанр: Альтернативная история
Электронная книга - «La segunda invasión». Краткое содержание книги:
—Bien, ya hemos acabado con esto. ¡Todo el mundo a los barcos! ¡A los barcos!
En esta ocasión, de los más de cuarenta mil hombres que habían partido a ese segundo intento de Roma de conquistar el Nuevo Mundo, regresaron seiscientos. Centenares se perdieron en el mar, en el viaje de vuelta, incluidos los que iban a bordo del navio que Druso puso bajo el mando de Marco Juniano. Para Druso, ése fue el golpe más duro de todos: la pérdida de Marco en aquella insensata y estúpida aventura. Como pudo, trató de ver la muerte de Marco con la conciencia desapasionada de un romano de la antigüedad, pero se vio incapaz de sustraerse al dolor de la profunda pena. Él debía a los dioses una muerte, sí, pero no la de Marco, y sabía que la pena de esa pérdida, así como el sentimiento de culpa, lo acompañarían hasta la tumba.
El arduo viaje a casa lo debilitó profundamente. Necesitó dos semanas de descanso en la heredad familiar, en el Lacio, antes de encontrarse en condiciones de presentar su informe al emperador en la regia villa milenaria de Tibur.
Saturnino parecía haber envejecido mucho desde la última vez que Druso lo vio. No era tan alto como lo recordaba. Quizá había empezado a encorvarse un poco, y su lustroso cabello negro mostraba las primeras canas. «En fin, todo el mundo se hace viejo», pensó Druso. Pero algo más había desaparecido del emperador junto con su fulgor juvenil. Aquella aura de incontenible y regia vitalidad que hacía de él un personaje formidable parecía, asimismo, haberlo abandonado. Quizá fuera el paso del tiempo, pensó Druso, o puede que sus propios recuerdos de Olao el danio, aquel hombre de fuerza y ferocidad realmente ilimitadas y que, por comparación, menguaban al emperador ante sus ojos.
El emperador pidió a Druso, de una manera distante y un tanto vaga, que le contara la suerte que había corrido la segunda expedición. Druso respondió con un tono ponderado, desprovisto de emoción. Describió primero la tierra, el clima, el esplendor de la única ciudad maya que habían visto. Después continuó con el relato del desastre: se habían encontrado con graves problemas, dijo él, el calor, las serpientes, los escorpiones y las hormigas mordeduras, las enfermedades, la hostilidad de los indígenas y, sobre, todo, una terrible tormenta. No mencionó a Olao el danio. No le pareció prudente sugerir al emperador que un salvaje nórdico había construido un Imperio en aquella tierra remota y que había sido capaz de mantener a raya a la misma Roma. Eso sólo espolearía su deseo de llevar a Roma encadenado a semejante individuo.
Saturnino escuchaba el relato con actitud ausente; de vez en cuando formulaba una pregunta o dos, pero mostrando en todo momento una auténtica falta de interés. Ahora Druso se acercaba a la parte más difícil de su informe: la de sus propias reflexiones acerca de su misión en el Nuevo Mundo.
Había que proceder con sumo tacto. Druso sabía que nadie alecciona a un emperador. Simplemente se le sugiere, se le guía hacia las conclusiones que se espera que extraiga. Hay que ser especialmente prudente cuando uno de los proyectos favoritos del emperador se ha demostrado desatinado e imposible.
Por ello, al principio Druso habló con cautela sobre las dificultades que habían encontrado, el desafío que supondría mantener líneas de abastecimiento a tan gran distancia, la probablemente enorme población nativa del Nuevo Mundo y las dificultades especiales debidas al clima y la enfermedad. Saturnino parecía estar prestando atención, pero desde muy lejos.
Entonces Druso fue más temerario. Recordó al emperador a su venerado predecesor, el emperador Adriano, quien había levantado la misma villa en la que ahora ellos se encontraban; cómo Adriano, al final de sus días, acabó comprendiendo que Roma no podía enviar sus legiones a todas las naciones del mundo, que existían límites para su expansión, que algunas remotas fronteras debían per manecer sin conquistar. Aunque al principio no estaba de acuerdo con Adriano, Druso le confesó a su emperador que sus experiencias en Yucatán le habían hecho cambiar de idea al respecto.
Sin embargo, el emperador ya no parecía estar escuchando, y Druso advirtió que, muy probablemente, llevara ya un buen rato sin hacerlo. En un repentino deseo de quebrar aquella glacial ausencia se encontró a punto de afirmar rotundamente: «Es imposible, César, nunca lo conseguiremos, deberíamos darlo por imposible. Ya que si continuamos, miles de nuestros mejores hombres perecerán, se consumirá el erario público, nuestro espíritu se verá abatido».
Pero antes de que ninguna de estas palabras saliera de su boca, oyó al emperador murmurar, como si se tratara de un oráculo hablando en trance:
—Roma es el océano, Druso, inmenso e inagotable. Golpearemos sus costas como lo hace el mar.
Y Druso se dio cuenta, con perplejidad y horror, de que el emperador ya había empezado a planear la expedición siguiente.
Título originaclass="underline" Roma Eterna
Traducción de Emilio Mayorga
Primera edición: octubre de 2006
© Agberg, Ltd., 2003
© Ediciones Minotauro, 2006
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ISBN-13: 978-84-450-7610-1 ISBN-10: 84-450-7610-8
Depósito legaclass="underline" B. 31343-2006
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Impresión: A & M Gráfic, S. L.
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