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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– Buenas noches, don Basilio. ¿Qué pasa hoy aquí que se han ido todos?

Don Basilio me miró con tristeza y se sentó a la mesa contigua.

– Hay una cena de Navidad de toda la redacción. En el Set Portes -dijo con voz queda-. Supongo que no le han dicho nada.

Fingí una sonrisa despreocupada y negué.

¿No va usted? -pregunté.

Don Basilio negó.

Se me han quitado las ganas.

Nos miramos en silencio.

¿Y si le invito yo a usted? -ofrecí-. Donde quiera.

Can Solé, si le parece. Usted y yo, para celebrar el éxito de Los misterios de Barcelona.

Don Basilio sonrió, asintiendo lentamente.

– Martín -dijo al fin-. No sé cómo decirle esto.

– ¿Decirme el qué?

Don Basilio carraspeó.

– No le voy a poder publicar más entregas de Los misterios de Barcelona.

Le miré sin comprender. Don Basilio rehuyó mi mirada.

– ¿Quiere que escriba otra cosa? ¿Algo más galdosiano?

– Martín, ya sabe usted cómo es la gente. Ha habido quejas. Yo he intentado parar el asunto, pero el director es un hombre débil y no le gustan los conflictos innecesarios.

– No le entiendo, don Basilio.

– Martín, me han pedido que sea yo el que se lo diga.

Por fin me miró y se encogió de hombros.

– Estoy despedido -murmuré.

Don Basilio asintió.

Sentí que, a mi pesar, se me llenaban los ojos de lágrimas.

– Ahora le parece el fin del mundo, pero créame cuando le digo que en el fondo es lo mejor que le podría suceder. Éste no es sitio para usted.

– ¿Y cuál es el sitio para mí? -pregunté.

– Lo siento, Martín. Créame que lo siento. Don Basilio se iicorporó y me posó la mano en el hombro con afecto.

– Feliz Navidad, Martín.

Aquella misma roche vacié mi escritorio y dejé para siempre el que habú sido mi hogar para perderme en las calles oscuras y soliarias de la ciudad. De camino a la pensión me acerqué hasta el restaurante Set Portes bajo los arcos de la casa. Me quedé fuera, contemplando a mis compañeros rír y brindar tras los cristales. Confié en que mi ausenciales hiciese felices o que cuando menos les hiciera olvidir que no lo eran ni lo serían jamás.

Pasé el resto de iquella semana a la deriva, refugiándome todos los díasen la biblioteca del Ateneo y creyendo que al regresar a la pensión iba a encontrarme con una nota del director del periódico solicitándome que me reincorporase ala redacción. Escondido en una de las salas de lectura acaba aquella tarjeta que había encontrado en mis maios al despertar en El Ensueño, y empezaba a escribir ura carta a aquel anónimo benefactor, Andreas Corelli, qu: siempre acababa por romper y volver a reescribir al da siguiente. Al séptimo día, harto de compadecerme, de:idí hacer el inevitable peregrinaje hasta el hogar de m creador.

Tomé el tren de Sarriá en la calle Pelayo. Por entonces aún circulaba por la superficie, y me senté al frente del vagón a contemjlar la ciudad y las calles tornarse más amplias y señoriales cuanto más se alejaba uno del centro. Me bajé en el ajeadero de Sarria y allí tomé un tranvía que dejaba a las puertas del monasterio de Pedralbes.

Era un día de calor insólito para la época del año y podía oler en la brisa el perfume de los pinos y la ginesta que salpicaban las laderas de la montaña. Enfilé la boca de la avenida Pearson, que ya empezaba a urbanizarse, y pronto vislumbré la inconfundible silueta de Villa Helius. A medida que ascendía la pendiente y me acercaba pude ver que Vidal estaba sentado en la ventana de su torreón en mangas de camisa y saboreando un cigarrillo. Se escuchaba música flotando en el aire y recordé que Vidal era uno de los pocos privilegiados que poseían un receptor de radio. Qué bien se debía de ver la vida desde allí arriba y qué poca cosa me debía de ver yo.

Le saludé con la mano y me devolvió el saludo. Al llegar a la villa me encontré con el chófer, Manuel, que se dirigía a las cocheras portando un puñado de paños y un cubo con agua humeante.

– Una alegría verle por aquí, David -dijo-. ¿Qué tal la vida? ¿Siguen los éxitos?

– Hacemos lo que podemos -contesté.

– No sea modesto, que hasta mi hija se lee esas aventuras que publica usted en el diario.

Tragué saliva, sorprendido de que la hija del chófer supiese no sólo de mi existencia sino que incluso hubiera llegado a leer alguna de las tonterías que escribía.

– ¿Cristina?

– No tengo otra -replicó don Manuel-. El señor está arriba en su estudio, por si quiere subir.

Asentí como agradecimiento y me colé en el caserón. Subí hasta el torreón del tercer piso, que se alzaba entre el terrado ondulado de tejas policromadas. Allí encontré a Vidal, instalado en aquel estudio desde donde se veían la ciudad y el mar en la distancia. Vidal apagó la radio, un trasto del tamaño de un pequeño meteorito que había comprado meses atrás cuando se habían anunciado las primeras emisiones de Radio Barcelona desde los estudios camuflados bajo la cúpula del hotel Colón.

– Me ha costado casi doscientas pesetas y ahora resulta que sólo dice tonterías.

Nos sentamos en dos sillas enfrentadas, con todas las ventanas abiertas a aquella brisa que a mí, habitante de la ciudad vieja y tenebrosa, me olía a otro mundo. El silencio era exquisito, como un milagro. Se podían oír los insectos revoloteando en el jardín y las hojas de los árboles meciéndose al viento.

– Parece que estemos en pleno verano -aventuré.

– No disimules hablando del tiempo. Ya me han dicho lo que ha pasado -dijo Vidal.

Me encogí de hombros y eché un vistazo a su escritorio. Me constaba que mi mentor llevaba meses, cuando no años, intentando escribir lo que él llamaba una novela “seria” alejada de las tramas ligeras de sus historias policíacas para inscribir su nombre en las secciones más rancias de las bibliotecas. No se veían muchas cuartillas.

– ¿Cómo lleva la obra maestra?

Vidal tiró la colilla por la ventana y miró a lo lejos.

– Ya no tengo nada que decir, David.

– Tonterías.

– Tonterías lo son todo en esta vida. Es simplemente una cuestión de perspectiva.

– Debería de poner eso en su libro. El nihilista en la colina. Un éxito cantado.

– El que pronto va a necesitar un éxito eres tú, porque o me equivoco o debes de empezar a estar magro de fondos.

– Siempre puedo aceptar su caridad.

Hay una primera vez para todo.

– Ahora te parece el fin del mundo, pero… pronto me daré cuenta de que es lo mejor que podía haberme pasado -completé-. No me diga que ahora es don Basilio el que le escribe los discursos.

Vidal rió.

– ¿Qué piensas hacer? -preguntó.

– ¿No necesita usted un secretario?

– Ya tengo la mejor secretaria que podía tener. Es más inteligente que yo, infinitamente más trabajadora y cuando sonríe incluso me parece que este cochino mundo tiene algo de futuro.

– ¿Y quién es esta maravilla?

– La hija de Manuel.

– Cristina.

– Por fin te oigo pronunciar su nombre.

– Ha elegido usted una mala semana para reírse de mí, don Pedro.

– No me mires con esa cara de cordero degollado. ¿Te crees que Pedro Vidal iba a permitir que ese atajo de mediocres estreñidos y envidiosos te pusieran de patitas en la calle sin hacer nada?

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