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Ave del paraíso

Электронная книга - «Ave del paraíso». Краткое содержание книги:

Situada en la mítica ciudad de Sparta, en Nueva York, Ave del paraíso es una punzante y vívida combinación de romance erótico y violencia trágica en la Norteamérica de finales del siglo XX. Cuando Zoe Kruller, una joven esposa y madre, aparece brutalmente asesinada, la policía de Sparta se centra en dos principales sospechosos, su marido, Delray, del que estaba separada, y su amante desde hace tiempo, Eddy Diehl. Mientras tanto, el hijo de los Kruller, Aaron, y la hija de Eddy, Krista, adquieren una mutua obsesión, y cada uno cree que el padre del otro es culpable. Una clásica novela de Oates, autora también de La hija del sepulturero, Mamá, Infiel, Puro fuego y Un jardín de poderes terrenales, en la que el lirismo del intenso amor sexual está entrelazado con la angustia de la pérdida y es difícil diferenciar la ternura de la crueldad
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– ¡Eh, usted! ¿Quiere que lo lleve a algún sitio?

Se acercaba el camión de plataforma de un granjero. Faros en la niebla. Krull se había lavado la cara -necesitada ya de un afeitado y con varias heridas y cortes- y se había humedecido los cabellos, que tenían algo de púas, con el agua de una acequia; también se había arreglado la ropa, sucia y con desgarrones, y caminaba por la carretera con cierta dosis de dignidad como podría haberlo hecho un Delray de mediana edad al apearse de su Harley-Davidson sin dejar ver hasta qué punto tenía un dolor punzante en la espalda. ¡Cielo santo! Podías fingir ser casi cualquier cosa que no eras, dado que eran tan pocas las que podías ser de verdad.

– Ya lo creo que sí. Si es tan amable. Muchas gracias.

Dándose perfecta cuenta de la buena suerte que no se había merecido, Krull recorrió en el camión los veinte kilómetros que le separaban del Black River, y entró en Sparta mientras la ciudad y sus abruptas colinas glaciales pasaban del amanecer envuelto en niebla a la bruma matutina creada por la pálida luz del sol; algunas luces, sin embargo, seguían encendidas: faroles, iluminación de vallas publicitarias, luces de porches en las casas; algo en aquellas luces perseverantes le pareció a Krull patético o triste; o tal vez esperanzador. Y el granjero -que se llamaba Floyd Donahower y a quien Krull estrechó la mano- se disponía, por pura casualidad, a depositar su tractor John Deere -estropeado- en el taller de reparaciones Kruller, a cuyo propietario, Delray, conocía desde mucho tiempo atrás, por lo que llevó a Krull hasta Quarry Road y hasta su hogar, que pocas horas antes había creído que nunca volvería a ver; y, avanzada ya la tarde, sonó el teléfono en el despacho de Delray en el garaje y Krull lo descolgó y lo que sonó en su oído fue una voz entrecortada de mujer, Sarabeth informándole de que Dutch Boy quería que supiera que no «le guardaba rencor» ni existía por su parte un «deseo de represalia» y que el problema se había «resuelto», enterrado en un antiguo montón de heno y estiércol en putrefacción detrás del granero.

A Krull no se le ocurrió nada que responder. Había estado trabajando en los tubos de conducción del combustible del tractor y le faltaba muy poco para terminar de arreglar la avería. Tenía grasa en las manos, que le temblaban un poco, pero saldría adelante.

– ¿Krull? ¿Estás ahí?

Krull emitió un ruido para indicar que sí.

– ¡Estaba tan asustada anoche! No sé muy bien qué fue lo que pasó… quiero decir que no lo vi… no estaba exactamente allí. Pero ya se ha acabado, creo. Las cosas se van a arreglar, dice Dutch Boy. Sólo quiere que sepas… lo que acabo de contarte.

– Me parece muy bien -dijo Krull-. Dile a Dennis que muy bien.

Iba a hacer limpieza en su vida. No había cumplido aún veintidós años. Hay algunas cosas que te puedo enseñar, había prometido Delray. Krull procuraría enterarse de cuáles eran aquellas cosas.

TERCERA PARTE

1

Noviembre de 2002

Hoy es el día en que he visto a Aaron.

Me había visto él primero. Me estaba esperando. Antes de que pudiera hablar, pronuncié su nombre:

– Aaron.

Han pasado años. Pero Aaron Kruller habitaba mis sueños. Mis sueños más íntimos, los que nunca hubiera compartido con nadie, ni siquiera con él.

– Krista.

Dijo mi nombre sin entonación alguna. No había música en su voz, ninguna señal de nostalgia. Y entornó los ojos, desconfiado. Los ojos de un hombre de treinta y cuatro años que ha vivido todos y cada uno de ellos; pensé, sin embargo, con mucha calma, Viene para llevarme a Sparta.

También pensé No hay amor como el primero.

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