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Si Los Muertos No Resucitan

Электронная книга - «Si Los Muertos No Resucitan». Краткое содержание книги:

Un año después de abandonar la Kripo, la Policía Criminal alemana, Bernie Gunther trabaja en el Hotel Adlon, en donde se aloja la periodista norteamericana Noreen Charalambides, que ha llegado a Berlín para investigar el creciente fervor antijudío y la sospechosa designación de la ciudad como sede de los Juegos Olímpicos de 1936. Noreen y Gunther se aliarán dentro y fuera de la cama seguirle la pista a una trama que une las altas esferas del nazismo con el crimen organizado estadounidense. Un chantaje, doble y calculado, les hará renunciar a destapar la miseria y los asesinatos, pero no al amor. Sin embargo, Noreen es obligada a volver a Estados Unidos, y Gunther ve cómo, otra vez, una mujer se pierde en las sombras. Hasta que veinte años después, ambos se reencuentran en la insurgente Habana de Batista. Pero los fantasmas nunca viajan solos.
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– ¿Te relleno el vaso?

– Me sirvo yo solo -dije, al tiempo que me acercaba al carrito.

Al llegar yo a su lado, se alejó. Oí el tintineo de los cubitos cuando se llevó el vaso a la boca y bebió el helado contenido.

– Lo han ingresado, está en observación -dijo.

– Buena idea.

– Esos cabrones hijos de puta le han arrancado todas las uñas.

En ausencia de López, que vería el lado gracioso, no pude seguir haciendo bromas sobre la cuestión. No quería que Noreen me sacase las uñas otra vez. Ya había tenido bastantes uñas, por ese día. Lo único que quería era sentarme en un sillón y que ella me acariciase la cabeza, aunque sólo fuera para recordarme que todavía la tenía sobre los hombros, no colgada en la pared de cualquiera.

– Lo sé. Me lo dijeron.

– ¿El ejército?

– Te aseguro que no fue la Cruz Roja la que se lo hizo.

Llevaba pantalones sueltos de color azul marino y una chaqueta rizada de punto. Los pantalones sueltos no le quedaban muy sueltos en la única parte que importaba y a la chaqueta parecía que le faltasen dos botoncitos de piel en la curva inferior de los senos. Llevaba en la mano un zafiro que parecía el hermano mayor de los que lucía en las orejas. Los zapatos eran marrones, de piel, como el cinturón y el bolso que había tirado a un sillón. Noreen siempre había tenido buen gusto para esas cosas. Sólo yo parecía desentonar con los demás complementos que llevaba. Estaba cohibida e incómoda.

– Gracias por lo que has hecho -dijo.

– No lo he hecho por ti.

– No. Me parece que sé por qué, pero, de todos modos, gracias. Te aseguro que es el mayor gesto de valentía que he conocido desde que estoy en Cuba.

– No me digas esas cosas, que ya me encuentro bastante mal.

Sacudió la cabeza.

– ¿Por qué? No te entiendo en absoluto.

– Porque parece que sea lo que no soy. Al contrario de lo que pensabas en otra época, encanto, nunca tuve madera de héroe. Si fuese siquiera un poco como me imaginas, no habría durado ni la mitad. Estaría muerto en cualquier campiña ucraniana u olvidado para siempre en un cochambroso campo de concentración ruso. Por no hablar de lo que pasó antes de todo eso, en la época relativamente más inocente en que la gente creía que los nazis eran el no va más de la maldad auténtica. Sólo por no complicarnos las cosas y conservar la vida, nos decimos que podemos dejar los principios de lado y hacer un pacto con el diablo, pero, si lo repetimos varias veces, al final se nos olvidan los principios que teníamos. Antes creía que podía mantenerme incólume, que podía vivir en un mundo horrible y podrido sin contagiarme. Sin embargo, he descubierto que no es posible, al menos, si quiero vivir un año más. Bien, aquí sigo. En honor a la verdad hay que decir que no he muerto porque soy tan malo como todos los demás. Estoy vivo porque han muerto otros, a algunos los maté yo. Eso no es valentía. No es más que eso. -Señalé la cabeza de antílope de la pared-. Él sabe a lo que me refiero, aunque tú no lo entiendas: es la ley de la selva. Matar o morir.

Noreen sacudió la cabeza.

– Tonterías -dijo-. No dices más que tonterías. Eso fue en la guerra, había que matar o morir. En eso consiste la guerra. Y fue hace diez años. Muchos hombres piensan lo mismo que tú de lo que hicieron en la guerra. Te tratas con demasiada dureza. -Me agarró y apoyó la cabeza en mi pecho-. No te permito que hables así de ti mismo, Bernie. Eres un hombre bueno. Lo sé.

Me miró. Quería que la besara. Me quedé donde estaba, mientras ella me abrazaba con fuerza. No me aparté ni la aparté, pero tampoco la besé, aunque no deseaba otra cosa. Lo que hice fue sonreír burlonamente.

– ¿Y Fredo?

– No hablemos de él ahora, por favor. He sido una estúpida, Bernie. Acabo de darme cuenta. Tenía que haber sido sincera contigo desde el primer momento. En realidad, no eres un homicida. -Vaciló. Tenía los ojos llenos de lágrimas-. ¿Verdad que no?

– Te amo, Noreen, a pesar de los años que han pasado. No lo supe hasta hace poco. Te amo, pero no puedo mentirte. Si de verdad te deseara, podría hacerlo, creo yo, podría mentirte, decirte cualquier cosa con tal de recuperarte, estoy seguro. Pero no es así. En este mundo, siempre tiene que haber alguien a quien se le pueda decir la verdad.

La agarré por los hombros y la miré directamente a los ojos.

– He leído tus libros, encanto. Sé la clase de persona que eres. Está clarísimo, entre las portadas, oculto bajo la superficie como un iceberg. Eres una persona honesta, Noreen. En cambio, yo no. Soy un homicida. Y no me refiero sólo a la guerra. Sin ir más lejos, la semana pasada maté a una persona y te aseguro que no fue cuestión de matar o morir. Lo maté porque se lo merecía y porque temía lo que pudiese hacer, pero sobre todo, lo maté porque lo deseaba.

»A Max Reles no lo mató Dinah, encanto, ni siquiera sus amigos mafiosos del casino. Fui yo. Yo lo maté. Me cargué a Max Reles a tiros.

24

– Como sabes, Reles me ofreció un empleo en el Saratoga y lo acepté, pero sólo con la intención de encontrar el momento de cargármelo. Lo difícil era cómo hacerlo. Max estaba muy protegido. Vivía en el Saratoga, en un ático en el que sólo se podía entrar mediante un ascensor que funcionaba con una llave. Waxey, su guardaespaldas, vigilaba las puertas de ese ascensor día y noche y cacheaba a todo el que debía entrar en el ático.

»Sin embargo, supe cómo hacerlo tan pronto como vi el revólver que tu amigo Hemingway te había regalado. El Nagant. Había visto esa arma muchas veces durante la guerra. Era la auxiliar reglamentaria de los oficiales del ejército y la policía rusos y, además, tenía una modificación importante: un silenciador Bramit. También la preferían los servicios especiales rusos. Entre enero de 1942 y febrero de 1944 trabajé en el centro de investigación de crímenes de guerra de las Wehrmacht, tanto en casos de atrocidades cometidas por los aliados como por los alemanes. Uno de los crímenes que investigamos fue el de la masacre del bosque de Katyn. Eso fue en abril de 1943, cuando un oficial de inteligencia del ejército encontró una fosa común con cuatro mil cadáveres de polacos a unos veinte kilómetros al oeste de Smolensk. Eran todos oficiales del ejército polaco. Los habían ejecutado uno a uno los escuadrones de la muerte de la NKVD, de un solo tiro en la nuca. Los mataron con la misma clase de revólver: el Nagant.

»Los rusos actuaban metódica y tortuosamente. Son así en todo. Lo siento, pero es la verdad. Habría sido imposible ejecutar a cuatro mil hombres a menos que, previamente, se tomaran ciertas precauciones para que no lo oyeran los que todavía habían de morir. De otro modo, se habrían amotinado y habrían acabado con sus carceleros. Los mataban por la noche, en celdas sin ventanas e insonorizadas con colchones, con revólveres Nagant provistos de silenciador. Durante la investigación, llegó a mis manos uno de esos silenciadores y tuve la oportunidad de ver cómo era y de probarlo con un arma. Por eso, en cuanto vi tu revólver, supe que podía fabricar uno en el taller metálico que tengo en casa.

»El siguiente problema fue: ¿cómo iba a entrar en el ático con el revólver? Dio la casualidad de que Max me había regalado una cosa: un juego de backgammon hecho de encargo, con forma de maletín, en el que estaban las fichas, los dados y los cubiletes. Sin embargo, quedaba sitio para un revólver y su silenciador nuevo. Me pareció que, seguramente, Waxey no lo abriría, sobre todo porque tenía dos cerraduras con combinación.

»Max me había dicho que solía jugar a las cartas una vez a la semana con algunos hampones de la ciudad. También me dijo que la partida siempre acababa a las once y media, exactamente quince minutos antes de retirase él a su despacho a llamar al presidente, que es dueño de una parte del Saratoga. Me invitó a ir y, cuando fui, llevé conmigo el maletín, cargado con el revólver y su silenciador, y lo dejé en la azotea de la piscina. Cuando salí del ático a las once y media, al mismo tiempo que los demás, bajé de nuevo al casino y esperé unos minutos. Era el Año Nuevo Chino, la noche de los fuegos artificiales en el Barrio Chino. Hacen un ruido ensordecedor, desde luego, sobre todo en el tejado del Saratoga.

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