El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—¿Vais a venir, Zahorí? —inquirió con frialdad Moraine.
Después de hacer un lento recorrido con la mirada por el bosque, preguntándose si Egwene estaría todavía allí, montó con tristeza. Lan y Moraine ya hacían girar grupas a sus caballos. La Aes Sedai demostraba gran confianza en su poder y en sus planes, caviló, pero, si no encontraban a Egwene y a los muchachos, a todos, vivos e ilesos, ni su propio poder bastaría para protegerla. Ni todo el Poder. «¡Yo puedo utilizarlo, mujer! Tú misma lo has dicho. ¡Puedo utilizarlo contra ti!»
22
La senda elegida
En una pequeña agrupación de árboles, bajo un montón de ramas de cedro rudamente cortadas en la oscuridad, Perrin durmió hasta bien entrado el día. Fueron las agujas del cedro, que le atravesaban las ropas aún mojadas, las que lo hicieron despertar finalmente a pesar de su extenuación. Abrió los ojos con la mente todavía habitada por un sueño en el que se hallaba en el Campo de Emond, trabajando en la herrería de maese Luhhan, y, aún confuso, miró el ramaje de olor dulce que le cubría la cara, a través del cual se filtraban los rayos del sol.
La mayoría de las ramas cayeron cuando se sentó, perplejo, pero algunas permanecieron colgadas de su espalda e incluso de su cabeza, confiriéndole un aspecto arbóreo. El Campo de Emond se difuminó al recobrar la memoria del tiempo reciente, de una manera tan vívida que por un instante la noche anterior le pareció más real que todo cuanto lo rodeaba.
Angustiado y sin aliento, recogió el hacha y la aferró con ambas manos, al tiempo que escrutaba minuciosamente el entorno, conteniendo la respiración. Todo estaba inmóvil. La mañana era fría y plácida. Suponiendo que hubiera trollocs en la ribera este del Arinelle, no parecían estar en las proximidades. Inspiró profundamente, bajó el hacha, y aguardó un momento a que su corazón dejara de latir con tanto apremio.
El bosquecillo de árboles de hoja perenne que lo circundaba era el primer resguardo que había encontrado la noche anterior. Su espesura no era suficiente para disimular su presencia si se levantaba. Tras deshacerse del resto de su espinosa manta, avanzó a gatas hasta la linde del soto, donde permaneció tumbado, examinando las márgenes del río mientras se rascaba los puntos que habían soportado los pinchazos de las agujas.
Las ráfagas de viento de la víspera habían cedido paso a una silenciosa brisa que apenas agitaba la superficie del agua. El río fluía, apacible y solitario. Y amplio. A buen seguro demasiado ancho y profundo para que lo hubieran atravesado los Fados. La otra orilla estaba profundamente poblada de árboles hasta donde alcanzaba su vista. Sin lugar a dudas, no había allí nada que se moviera.
No estaba seguro de alegrarse de ello. Podía prescindir de la proximidad de Fados y trollocs, aunque estuvieran en la otra ribera, pero una surtida lista de preocupaciones se habría desvanecido con la aparición de la Aes Sedai, o el Guardián o, mejor aún, cualquiera de sus amigos. «Si los deseos fueran alas, las ovejas volarían». Aquél era el dicho preferido de la señora Luhhan.
No había visto rastros de su caballo desde que se precipitó por el acantilado, pero, aunque esperaba que hubiera salido a nado del río, aquello no lo inquietaba, pues estaba habituado a caminar y sus botas eran resistentes y tenían buenas suelas.
No tenía nada que llevarse a la boca, pero la onda que colgaba de su pecho o el lazo que llevaba en el bolsillo le permitirían dar caza a algún conejo. El pedernal había quedado en sus alforjas, pero los cedros lo proveerían de yesca para encender fuego con un poco de esfuerzo.
Se estremeció al penetrar la brisa en su escondrijo. Su capa debía de flotar en algún punto del río y la chaqueta y demás prendas estaban todavía húmedas después del chapuzón. La fatiga le había impedido notar el frío durante la noche, pero ahora sentía cómo éste le mordía las carnes. A pesar de ello, no se decidió a colgar la ropa en las ramas para secarla. Aun cuando el día no era frío, no era, ni con mucho, cálido.
Todo era cuestión de tiempo, concluyó con un suspiro. La ropa estaría seca al cabo de un rato y el conejo y el fuego para asarlo llegarían también sin gran demora. Al sentir los rugidos de su estómago, creyó preferible no pensar en la comida por el momento. Cada cosa a su tiempo, y primero la más importante. Aquél era su lema.
Siguió con la mirada la caudalosa corriente del Arinelle. Él nadaba mejor que Egwene. Si ella había conseguido atravesarlo… No, no podía ser de otro modo. El lugar donde había cruzado debía de hallarse más abajo. Repiqueteó en el suelo con los dedos, ponderando y reflexionando.
Una vez tomada la decisión, asió el hacha y partió sin perder ni un minuto río abajo.
Aquel lado del cauce no era tan boscoso. Las agrupaciones de árboles formaban manchas en un terreno que se cubriría de pastos si la primavera se decidía a llegar. Algunos eran lo bastante grandes para recibir el nombre de bosquecillos, con ringleras de ejemplares de hoja perenne entre los desnudos fresnos, alisos y olmos. Más abajo la arboleda era más escasa. Aquello apenas lo resguardaría de las miradas, pero era la única protección de que disponía.
Entre soto y soto, corría agazapado, y en la espesura se tumbaba en el suelo para escrutar ambas orillas del río. El Guardián había dicho que éste representaba una barrera para los Fados y los trollocs, ¿pero sería ello cierto? Tal vez si lo veían, se sobrepondrían a su aversión al agua. Por consiguiente, vigilaba atento detrás de los árboles y avanzaba encorvado entre ellos, como una flecha.
Recorrió varios kilómetros de aquella manera, por ráfagas, hasta que de pronto, a mitad de camino hacia un atractivo bosquecillo de sauces, soltó un gruñido y se quedó paralizado al examinar el suelo. En la pardusca alfombra de los pastizales del año anterior se extendían retazos de tierra desnuda, y en medio de uno de ellos, justo debajo de él, había una huella claramente identificable. Una lenta sonrisa atravesó su rostro. Había trollocs que tenían pezuñas, pero dudaba mucho de que alguno llevara herraduras, y más aún herraduras con la doble barra que maese Luhhan les añadía para conferirles más resistencia.
Olvidado de posibles ojos que vigilaran desde la otra orilla, avanzó con intención de hallar el rastro. El tapiz de hierba seca apenas si quedaba modificado por las pisadas, pero, a pesar de ello, su penetrante visión las distinguió. Las borrosas huellas lo condujeron a una densa arboleda de pinos y cedros, más alejada del río, que formaba un muro de protección contra el viento o posibles miradas.
Todavía sonriente se abrió paso entre el ramaje sin preocuparse del ruido provocado. De pronto se encontró en un pequeño claro, en cuya entrada se detuvo. Detrás de una fogata, Egwene se acurrucaba con semblante sombrío, con una gruesa rama esgrimida a modo de garrote y la espalda guardada por el flanco de Bela.
—Me parece que debí haberte llamado —dijo avergonzado.
La muchacha dejó su improvisada arma en el suelo y corrió a precipitarse en sus brazos.
—Creí que te habías ahogado. Aún estás mojado. Ven, siéntate junto al fuego y caliéntate. Has perdido el caballo, ¿no?
Perrin la dejó que lo empujase hacia el fuego, sobre el cual se frotó las manos, fortalecido por su calor. Egwene sacó un paquete grasiento de una alforja y le dio un pedazo de pan con queso. El envoltorio estaba tan apretado que el agua no había penetrado hasta los alimentos. «Tanto preocuparte por ella, .y resulta que se las ha arreglado mucho mejor que tú».
—Bela cruzó la corriente —explicó Egwene, mientras palmeaba el peludo cuero de la yegua—. Ella me alejó de los trollocs y me llevó a cuestas. —Hizo una pausa—. No he visto a nadie más, Perrin.
Comprendió la pregunta que no había acabado de especificar. Miró pesaroso el paquete que la muchacha envolvía de nuevo y se lamió los restos de comida pegados en los dedos antes de responder.