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El Buen Alemán

Электронная книга - «El Buen Alemán». Краткое содержание книги:

El fin de la guerra en Europa culmina con la entrada de los ejércitos aliados en un Berlín que ha aceptado una rendición sin condiciones y cerca del cual celebran la Conferencia de Potsdam Churchill, Stalin y Truman. Pero haber acabado definitivamente con el Reich no pone fin a todos los problemas. En una zona controlada por los rusos acaba de aparecer el cadáver de un soldado del ejército estadounidense con los bolsillos repletos de dinero. Jake Geismar, periodista estadounidense que ya había estado en la capital alemana antes de la guerra, vuelve allí para cubrir el triunfo aliado y culminar su campaña particular, pero también para encontrar a Lena, una mujer de su pasado. El asesinato del soldado norteamericano se cruza en el camino de Geismar, quien irá descubriendo que hay muchas cosas en juego. Más de las que imaginaba.
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– ¿Puede dejarle un mensaje?

– No, si quiero conservar mi trabajo. Nada de prensa los días en que hay reunión. Me mataría.

– No, a él no. A uno de los rusos. Sikorsky. Es…

– Ya sé quién es. ¿Quiere verlo? ¿Por qué no les pregunta por él a los rusos?

– Me gustaría verlo hoy -dijo sonriente-. Ya sabe cómo son. Si puede dejarle una nota… Es un asunto oficial.

– ¿De quién? -preguntó en tono seco.

– Sólo una nota…

La secretaria suspiró y le tendió un trozo de papel.

– Dese prisa. Es mi hora de comer.

Ni que tuviera una cita en su cafetería preferida.

– Se lo agradezco -dijo Jake mientras escribía-. Jeanie, ¿verdad?

– Cabo -aclaró, pero le sonrió, halagada.

– Por cierto, ¿tiene al despachador de vuelo?

La secretaria se llevó la mano a la cadera.

– ¿Va con segundas o me lo pregunta en serio?

– El despachador del aeropuerto de Francfort. Muller iba a localizarlo a petición mía. ¿Le suena?

Jake observó su rostro perplejo. Por fin cayó en la cuenta.

– Ah, el trasladado, claro -dijo-. Acabamos de terminar con el papeleo. ¿Tendría que haberle informado?

– ¿Lo han trasladado? ¿Cómo se llama?

– Es imposible acordarse. ¿Sabe todo lo que pasa por aquí? -dijo, mientras señalaba los archivadores con la cabeza-. Es otro de los muchos que vuelven a casa. Sólo me fijé por Oakland.

– ¿Oakland?

– Su lugar de procedencia, y el mío. Pensé que al menos uno de los dos volvía a casa. ¿Quién es?

– El amigo de un amigo. Le dije que iría a verlo y me he olvidado de su nombre.

– Bueno, ¿qué más da? Ya estará de camino. Espere un momento, a lo mejor todavía lo encuentro entre los asuntos pendientes. -Abrió uno de los cajones del archivador y echó un vistazo por encima-. No, está archivado -dijo, y cerró. De nuevo en un callejón sin salida-. ¿Era importante?

– Ya no. -Estaría en algún buque de transporte atravesando el Atlántico-. Le preguntaré a Muller, tal vez él se acuerde.

– ¿Muller? La mayor parte del tiempo no tiene ni idea de lo que entra. Para él no es más que papeleo. El ejército… Y luego dicen que es un buen sitio para conocer gente.

– ¿Usted ha conocido a mucha gente? -preguntó Jake sonriente.

– A cientos. ¿Está escribiendo un libro o qué? Es mi hora de comer.

La mujer lo condujo por el pasillo hasta la antigua sala del tribunal y pasó como si nada junto a los guardias de la entrada, con la nota en alto. A través de la puerta abierta, Jake vio las cuatro mesas colocadas juntas formando un cuadrado; los ceniceros, desde los que ascendía humo como el vapor de las alcantarillas. Muller se sentaba junto al general Clay, tenía el rostro anguloso y adusto, su expresión mostraba la paciencia circunspecta del que está escuchando un sermón. El ruso que tenía la palabra parecía intimidar a todo el mundo, incluso a los de su propia mesa que, sentados junto a él, permanecían hieráticos y cabizbajos, como si también ellos estuvieran esperando a oír la traducción. Jake vio cómo Jeanie se dirigía a la zona de la sala reservada a los rusos, cosa que sorprendió a Muller. Siguió sus movimientos mientras ella se inclinaba para tenderle la nota a Sikorsky. Un vistazo rápido, el índice que señalaba al pasillo, un asentimiento, un gesto discreto para apartar la silla mientras el delegado ruso hablaba en tono monótono.

– Señor Geismar -dijo el ruso, una vez en el pasillo, con las cejas arqueadas y expresión intrigada.

– Siento interrumpirle.

– No importa. Entregas de carbón. -Señaló la puerta cerrada con un gesto de la cabeza. Luego se volvió hacia Jake, expectante-. ¿Quería algo?

– Una entrevista.

– Una entrevista. No es el mejor momento…

– Usted decide. Tenemos que hablar. Tengo algo para usted.

– ¿Qué?

– La esposa de Emil Brandt.

Sikorsky no dijo nada, su mirada severa recorría el rostro de Jake.

– Me sorprende -confesó por fin.

– No veo por qué. Hizo un trato para conseguir a Emil. Ahora puede cerrar otro para tenerla a ella.

– Se equivoca -dijo, sin alterarse-. Emil Brandt está en el oeste.

– ¿De verdad? Pruebe en Burgstrasse. Es probable que se alegre de tener noticias suyas, sobre todo si le dijo que su mujer iba a ir a verlo. Seguro que eso lo anima.

Sikorsky se volvió y se alejó un poco para hacer tiempo mientras encendía un cigarrillo.

– Verá, a veces hay personas que acuden a nosotros, por motivos políticos. El futuro soviético. Ven las cosas como nosotros. Imagino que no será ése el caso de la esposa de Brandt.

– Eso es cosa de ella. Tal vez pueda convencerla, explicarle lo bien que se vive en los koljost. A lo mejor puede hacerlo Emil. Es su marido.

– ¿Y usted quién es exactamente?

– Un viejo amigo de la familia. Considérelo una especie de entrega de carbón.

– De procedencia inesperada. ¿Puedo preguntarle qué le induce a hacerme una proposición así? Imagino que no tendrá nada que ver con la cooperación entre Aliados.

– No exactamente. Le hablaba de cerrar un trato.

– Ah.

– No se preocupe. No soy tan caro como Tully.

– Me está hablando en clave, señor Geismar.

– Al contrario, trato de resolver un enigma. Yo le entrego a la esposa y usted me proporciona cierta información. No es un precio excesivo, sólo le pido unos datos.

– Unos datos -repitió Sikorsky, sin definirse al respecto.

– Pequeñas preguntas que me rondan por la cabeza: por qué se encontró con Tully en el aeropuerto, adonde lo llevó, qué hacía en el mercado de Potsdam… Unas cuantas cosas por el estilo.

– Una entrevista de prensa.

– No, privada. Sólo entre usted y yo. Una buena amiga mía fue asesinada ese mismo día en Potsdam. Era una buena chica, no le había hecho daño a nadie. Quiero saber por qué. Es importante para mí.

– A veces, por desgracia, ocurren accidentes.

– A veces, sí. Pero la muerte de Tully no fue un accidente. Quiero saber quién lo mató. Ese es el precio.

– ¿Y por eso va a entregar a Frau Brandt? ¿Por eso habrá reunión familiar?

– Le dije que se la entregaría, no que pudiera quedarse con ella. Hay ciertas condiciones.

– Más negociaciones -soltó Sikorsky mientras miraba atrás, hacia la puerta-. Según mi experiencia, nunca resultan satisfactorias. Nosotros no conseguimos lo que queremos y usted tampoco. Es un proceso muy pesado.

– La conseguirá.

– ¿Qué le hace pensar que estoy interesado en Frau Brandt?

– La ha estado buscando. Tenía a un hombre vigilando al padre de Emil, por si aparecía.

– Con usted -aclaró Sikorsky sin rodeos.

– Y, como conozco a Emil, sé que se pasa el día soñando con ella. Es difícil sonsacar información a un hombre que desea tanto ver a su esposa. Resulta muy violento.

– Cree que se trata de eso.

– Nos hizo lo mismo a nosotros cuando lo teníamos. No irá a ninguna parte sin ella. Si no, ya lo habría enviado usted al este hace semanas.

– Lo habríamos hecho si lo tuviéramos.

– ¿Le interesa o no?

Tras ellos, la puerta se abrió y se oyeron unas imperiosas frases pronunciadas en ruso. Sikorsky se volvió y le hizo un gesto con la cabeza a un ayudante.

– Los británicos muestran interés. Ahora es grano, nuestro grano. Parece que todo el mundo quiere algo.

– Incluso usted -espetó Jake.

Sikorsky se lo quedó mirando, tiró el cigarrillo al suelo de mármol y lo aplastó con la bota, en un gesto crudo, un campesino con un barniz de buenas maneras.

– Venga al Adlon, hacia las ocho. Hablaremos en privado -dijo. Después señaló el bolígrafo de Jeanie, que Jake aún sostenía en la mano-. Y nada de notas. Quizá podamos llegar a algo.

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