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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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«La seguridad se basa en impresiones», pensó Ricky. Tenía el aspecto adecuado y actuaba con una confianza brusca que desafiaba al guardia a que le hiciera preguntas. Creía que era una interpretación discreta, pero Virgil habría sabido apreciarla.

Al entrar en las oficinas de la Agencia Jones le recibió una atractiva recepcionista.

– ¿En qué puedo servirle? -preguntó.

– He hablado antes con alguien acerca de un anuncio publicitario que vamos a rodar -mintió Ricky-. Estamos buscando caras nuevas y qué talentos hay disponibles. Iba a echar un vistazo a su portafolio…

– ¿Recuerda con quién habló? -preguntó la recepcionista, algo recelosa.

– No, lo siento. Telefoneó mi secretaria -dijo Ricky. La mujer asintió-. Tal vez podría echar un vistazo a algunas fotos y usted orientarme después.

– Por supuesto. -La joven sonrió y sacó una carpeta grande, de piel, de debajo de la mesa-. Éstos son nuestros clientes actuales. Si ve alguno que le interese, le dirigiré al agente que se encarga de sus compromisos.

Le señaló un sofá de piel en un rincón. Ricky tomó el portafolio y empezó a hojearlo.

La séptima foto de la carpeta era la de Virgil.

– Hola -dijo Ricky en voz baja cuando volvió la página y vio su nombre real, dirección, número de teléfono y nombre del agente junto con una lista de interpretaciones teatrales en Broadway y de intervenciones en anuncios publicitarios. Lo anotó todo en su libreta. Luego hizo otro tanto con dos actrices más. Devolvió el portafolio a la recepcionista y consultó su reloj.

– Lo siento pero llego tarde a otra cita -se disculpó-. Hay un par que parecen tener el aspecto adecuado, pero habrá que verlas en persona antes de llegar a un acuerdo.

– Por supuesto -dijo la joven.

Ricky siguió aparentando prisa y agobio.

– Mire, voy muy mal de tiempo. ¿Podría llamar usted a estas tres y citarlas para que se reúnan conmigo? Veamos, ésta para almorzar a mediodía en el Vincent’s, en la 82 Este. Y las otras dos, pongamos a las dos y a las cuatro de la tarde en el mismo sitio. Se lo agradecería. Es que corre un poco de prisa, no sé si me entiende.

– Los agentes son quienes suelen acordar todas las citas, señor… -indicó la recepcionista, que parecía desconcertada.

– Lo sé. Pero sólo estaré en la ciudad hasta mañana y después regresaré a Los Ángeles. Lamento tener que tratar el asunto con tanta urgencia.

– Veré qué puedo hacer. ¿Me da su nombre?

– Ulysses -dijo Ricky-. Richard Ulysses. Pueden localizarme en este número.

Sacó una de las tarjetas de visita falsas. Ponía PRODUCCIONES EL VELO DE PENÉLOPE. Como si fuera lo más natural del mundo, tomó un bolígrafo de la mesa y tachó el teléfono falso de California para escribir en su lugar el número del último móvil. Se aseguró de tachar bien el número inexistente. Confiaba en que nadie de allí tuviera conocimientos de literatura clásica.

– Vea qué puede hacer -pidió-. Si hay cualquier problema, llámeme a este número. Venga, princesa, oportunidades más grandes han surgido de cosas más pequeñas. ¿Recuerda lo de Lana Turner en el drugstore? Bueno, tengo que irme. Más fotografías que ver, ya me entiende. En Nueva York hay muchas actrices. Detesto que alguien pierda una oportunidad por no acudir a una comida gratis.

Y Ricky se volvió y se marchó. No estaba seguro de que su enfoque dinámico y despreocupado funcionara.

Pero creía que sí.

33

Antes de dirigirse al Palacio de Justicia a la mañana siguiente, Ricky confirmó con el agente de Virgil la cita del almuerzo, además de las reuniones posteriores con las otras dos modelos-actrices, a las que Ricky no tenía intención de asistir. El hombre le había preguntado algunas cosas sobre los anuncios que Ricky, el productor, quería rodar, y éste había contestado con toda tranquilidad, mintiendo al detalle sobre la colocación de cierto producto en Extremo Oriente y Europa del Este, y los nuevos mercados que se abrían en esas zonas requerían que la industria publicitaria promocionara caras nuevas. Ricky pensó que se había vuelto un experto en hablar mucho sin decir nada, lo que, en su opinión, era la clase más efectiva de mentira que se podía decir. Cualquier duda que el agente pudiera haber albergado se disipó con rapidez en el entramado de ficciones de Ricky. Después de todo, de aquellas entrevistas podría salir algo y él recibiría un diez por ciento, o no salir nada, lo que no empeoraba su situación. Ricky sabía que si Virgil hubiese sido una artista de cierto renombre, podría haber tenido problemas. Pero todavía no lo era, lo que le había sido útil cuando le tocó arruinarle la vida, y ahora él se aprovechaba de su ambición sin sentir culpa alguna.

Dejó la pistola en el apartamento. No podía arriesgarse a que se disparara un detector de metal en el Palacio de Justicia. No obstante, se había acostumbrado a la seguridad que le daba el arma, aunque todavía no sabía si seria capaz de usarla para su verdadero propósito; un momento que creía se estaba acercando deprisa.

Antes de irse se contempló en el espejo del baño. Se había vestido impecablemente: pantalones, chaqueta, camisa blanca y corbata.

Ahora podría mezclarse con facilidad entre las personas que cruzaban los pasillos de los juzgados, lo que, de modo extraño, suponía la misma clase de protección que ofrecía la pistola, aunque fuera menos inapelable en sus acciones. sabía lo que quería hacer y que era como caminar en la cuerda floja.

Era consciente de que, para él, la línea que separaba matar, morir y ser libre era muy fina.

Mientras se miraba en el espejo, recordó una de las primeras clases que recibió sobre psiquiatría, en que el profesor de la facultad de medicina había explicado que daba lo mismo lo mucho que supieras sobre la conducta y las emociones, y lo muy seguro que estuvieras del diagnóstico y del comportamiento que esa neurosis y psicosis generaba, pues en última instancia jamás podías prever con total seguridad cómo iba a reaccionar un individuo. Según aquel profesor, había predictores y la mayoría de las veces la gente hacía lo que uno esperaba. Pero en ocasiones los pacientes desafiaban el pronóstico, lo que ocurría con suficiente frecuencia para que toda la profesión pareciera a menudo una sarta de conjeturas.

Se preguntaba si esta vez habría acertado.

Si era así, recuperaría su libertad. Si no, moriría.

Repasó la imagen reflejada en el espejo. «¿Quién eres ahora?

– se preguntó-. ¿Alguien o nadie?»

Este pensamiento le hizo sonreír. Sintió una maravillosa sensación casi de hilaridad. Libre o muerto. Como rezaba la matrícula de New Hampshire del coche: «Vive en libertad o muere». Por fin tenía algún sentido para él.

Sus pensamientos se dirigieron hacia las tres personas que lo perseguían. Los hijos de su fracaso. Criados para odiar a cualquiera que no les hubiera ayudado.

– Ahora te conozco -dijo en voz alta pensando en Virgil-.

Y ahora voy a conocerte a ti -prosiguió, pensando en Merlin.

Pero Rumplestiltskin seguía esquivo, una sombra en su imaginación.

Éste era el último temor que le quedaba. Pero era un temor considerable.

Asintió a la imagen del espejo. Había llegado la hora de actuar.

En la esquina había un supermercado grande, perteneciente a una cadena, con hileras de medicamentos para el resfriado que no precisaban receta, champú y pilas. Lo que tenía pensado para Merlin esa mañana lo recordaba de un libro que había leído sobre los gángsteres en el sur de Filadelfia. Encontró lo que necesitaba en una sección de juguetes baratos. El segundo elemento, en una parte de la tienda que ofrecía una discreta selección de material de oficina. Pagó en efectivo y, después de meterse los objetos en el bolsillo de la chaqueta, salió a la calle y paró un taxi.

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