La sombra [The Shadow Man - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La sombra [The Shadow Man - es]». Краткое содержание книги:
Miami, finales del siglo xx. La vida del detective retirado Simon Winter da un giro repentino cuando recibe la visita de una vecina aterrorizada. La anciana cree haber visto a un fantasma de su pasado: La Sombra. Cuando a la mañana siguiente aparece estrangulada, Winter es el único que sospecha la terrible verdad: un escurridizo asesino está exterminando a los supervivientes del Holocausto que viven en Miami.
Volvió a gritar:
– ¡Espy!
En ese momento brilló en medio de la oscuridad un haz de luz y alguien contestó:
– ¡Walter!
Gritó por tercera vez:
– ¡Espy!
Entonces los vio a los tres, que apuntaban con una linterna en su dirección.
– ¿Estás bien? -preguntó ansioso.
– Sí, sí -exclamó ella-. ¡Pero está aquí!
Robinson alargó una mano y agarró a Espy, la cual se abrazó a él con fuerza y le susurró:
– ¡Dios mío, Walter, ha estado aquí! Y ha intentado matarme. El rabino y la señora Kroner me han salvado, y él ha huido. La señora lo golpeó con una tetera de hierro. Pero sigue estando por aquí, en alguna parte.
Robinson la apartó un paso y miró a la pareja de ancianos.
– ¿Se encuentran bien? -les preguntó.
– Hemos de encontrarle -repuso el rabino.
El inspector empuñó el arma.
– Está aquí, en alguna parte de esta oscuridad -dijo el rabino-. En alguna parte del edificio.
Pero Frieda Kroner negó con la cabeza.
– No; ha huido. Puede que haya bajado por la otra escalera, la del otro extremo del edificio. ¡Deprisa, tenemos que ir detrás de él!
De modo que los cuatro, intentando darse prisa, Espy abrazada a Walter, y el rabino y la señora Kroner caminando con la lentitud de los años pero con la urgencia de la necesidad, comenzaron a bajar por la escalera. Robinson, linterna en mano, encabezó la marcha, y sólo se detuvo en el tercer piso para examinar brevemente el cadáver del joven policía. La anciana soltó una exclamación ahogada cuando el haz iluminó la roja mancha de sangre que empapaba el cuello del cadáver. Pero lo que dijo fue:
– ¡Deprisa, deprisa, hay que impedir que se escape!
Simon Winter permaneció inmóvil en su espacio oscuro, observando la escena que se desarrollaba frente al edificio incendiado. Cuando uno está pescando en aguas poco profundas, llega un momento en que uno capta hasta la menor perturbación en la superficie, un movimiento producido por una forma invisible que empuja el agua en una dirección distinta del viento o las corrientes, y entonces descubre la proximidad de su presa. Era ese sutil cambio en los movimientos que tenía lugar delante del edificio lo que estaba buscando Winter. Se dijo: «Aquí hay un hombre cuya presencia no tiene nada que ver con el incendio, ni con la alarma, ni con haberse visto obligado a abandonar su cama en plena madrugada, sino con un asesinato.»
De modo que dejó que sus ojos escrutaran la escena en busca de aquel leve movimiento contracorriente. Cuando de pronto lo vio, se irguió y una perversa emoción le recorrió de arriba abajo.
Vio un hombre corpulento y ligeramente encorvado, vestido con ropa oscura y sencilla. Salió del edificio y permitió que un bombero le diera instrucciones y lo mandara hacia el grupo de personas que habían sido apartadas hacia un lado de la calle.
Winter dio unos pasos sin perderlo de vista.
Lo vio desaparecer entre la multitud, pasar de la primera fila al fondo del grupo. Los demás estaban todos mirando al frente, a sus hogares, intentando distinguir humo y llamas pero sin alcanzar a ver nada, esperando con ansiedad alguna información por parte de los bomberos y socorristas que entraban y salían del edificio sin pausa.
Pero aquel individuo no parecía tener aquellas preocupaciones. En cambio, se abrió paso entre la masa de gente angustiada, cabizbajo y ocultando el rostro, en dirección a la parte de atrás, hacia la oscuridad de la calle.
Simon aceleró el paso.
No alcanzaba a verle la cara, pero no le hacía falta. Por un instante se giró intentando localizar a Robinson u otro policía que pudiera ayudarlo, pero no vio a ninguno. Cayó en la cuenta de que él mismo había salido de las sombras a la acera, y de que su figura estaba iluminada de lleno por el brillante letrero de una tienda. Winter avanzó hacia el centro de la calle en el preciso instante en que el hombre levantó brevemente la vista y lo vio, allí de pie mirándolo fijamente.
Los dos hombres se quedaron paralizados al reconocerse.
Entonces, a su espalda, con una potencia que se sobrepuso a sirenas, alarmas y el ruido de los camiones de bomberos, Simon oyó una voz. Era una voz aguda pero no un chillido, sino más bien el grito de alarma de un centinela.
La voz habló en alemán y rasgó la noche:
– Der Schattenmann! Der Schattenmann! Er ist hier! Er ist hier!
27 La mañana
Simon Winter corrió con una velocidad impensable para su edad.
A su alrededor, la calle se asemejaba a una maraña de coches aparcados, setos y arbustos, cubos de basura y escombros. Avanzaba con la energía de un hombre mucho más joven, con un ritmo constante, rápido, diciéndose que aquello no era un sprint sino una maratón. A duras penas lograba distinguir la figura opaca de la Sombra, el cual saltaba de las tinieblas a la penumbra borrosa, esquivando los círculos de luz que arrojaban las farolas y los letreros luminosos de los comercios.
Al inicio de la carrera la Sombra le llevaba casi una manzana de ventaja, pero cuando salió de la bocacalle que daba a Ocean Drive, el viejo policía había acortado un tercio de la misma. Oía el sonido de sus zapatillas de baloncesto contra el ladrillo rojo de la acera, y alargó un poco más la zancada para que sus largas piernas fueran acortando la distancia con voracidad.
En la oscuridad que precede al amanecer, las calles se encontraban desiertas.
La gente joven que tanto abundaba por todas partes en Miami Beach había desaparecido debido a sus compromisos o su frustración, dejando los locales nocturnos en silencio y con las luces atenuadas. El habitual retumbar de música estridente se había evaporado. No había coches rápidos que hicieran chirriar los neumáticos con el típico fanfarroneo juvenil. No se oían risas ni voces enturbiadas por el alcohol. No había grupos de gente atestando las aceras y los pasajes en busca de ligue. Era esa hora muerta de la madrugada en que el cansancio afecta incluso a los jóvenes, poco antes de que la noche se retire y el alba empiece a surgir despacio por el horizonte en busca del nuevo día.
Hasta los coches de policía y camiones de bomberos que colapsaban la calle del rabino de pronto no eran más que algo lejano para Simon Winter. Si había sirenas, las oía distantes, como recuerdos de la infancia.
Corría a solas, salvo por el fantasma que corría delante de él. Iba zigzagueando por Ocean Drive, dejando atrás las débiles luces de los restaurantes y bares que poco antes se encontraban abarrotados de gente.
Winter respiraba hondo y oía el mar.
Estaba a su izquierda, discurriendo paralelo a la trayectoria que seguía él en pos de la Sombra. Oyó las olas imponiendo su eterno tatuaje a la costa.
Pasó raudo junto al último local nocturno y se internó entre enormes rascacielos, bloques monumentales que impedían ver la playa y el mar. Comenzó a sentir un flato en un costado, pero hizo caso omiso y siguió corriendo, centrado en el constante golpeteo de sus pisadas, con los ojos fijos en el hombre que corría allá delante y que ahora había adoptado también un ritmo regular.
«Lo voy a machacar a fuerza de hacerlo correr -pensó Winter-. Voy a perseguirlo hasta que caiga de rodillas agotado y sin resuello. Y entonces será mío, porque soy más fuerte que él.»
Se mordió el labio y dejó escapar el aire de los pulmones con un fuerte jadeo.
Había otros dolores menores que pugnaban por abrirse paso -una ampolla que le había salido en el pie, un dolor sordo en la pierna-, pero no les hizo caso e intentó negociar: «Si no me causas un calambre, músculo de la pantorrilla, te sumergiré en agua tibia durante largo rato, lo cual te gustará mucho y te restablecerá. Así que te prometo una cosa: concédeme esta carrera y te recompensaré con creces, pero no me causes un calambre ahora.» Y mientras se lo decía, el dolor pareció ceder y recuperó ligeramente el ritmo, deseoso de derrotar a la figura que corría por delante de él.