Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » El retorno de los dragones
El retorno de los dragones - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El retorno de los dragones

Электронная книга - «El retorno de los dragones». Краткое содержание книги:

Son amigos de toda la vida que siguieron caminos distintos. Ahora vuelven a reunirse, aunque cada uno oculta a los demás algún secreto particular. Hablan de un mundo sobre el que se cierne la sombra de la guerra, cuentan historias de extraños monstruos, de criaturas míticas forjadas en la leyenda, pero no dicen nada de sus secretos. Al menos, no por el momento. No los revelarán hasta ques se encuentren con una misteriosa y enigmática mujer, que porta una vara mágica. Ella hará que el grupo de amigos se vea inmerso en las sombras, y que sus vidas cambien para siempre, al tiempo que forjan el destino del mundo. Nadie esperaba que fueran unos héroes.
Y ellos, menos que nadie.
1 ... 100 101 102 103 104 105 106 107 108 ... 118
Перейти на страницу:

—Poneos en marcha —dijo uno secamente. Cuando «las mujeres» salieron al corredor, vieron que había seis enanos gully llevando inmensos pucheros llenos de una especie de estofado. Caramon olisqueó hambriento, pero arrugó la nariz asqueado. Antes de que los draconianos cerrasen la puerta de la celda tras ellos, el guerrero vio a su gemelo, envuelto en mantas, tendido en un oscuro rincón.

Fizban aplaudió:

—¡Muy bien, hijo mío! —dijo el viejo mago, entusiasmado al ver que, de pronto, parte de la pared de la Sala del Mecanismo se abría.

—Gracias —respondió Tas con modestia.

—La verdad es que ha sido más difícil encontrar la puerta secreta que abrirla. No sé cómo te las arreglaste. Creía que ya lo habíamos revisado todo.

Se disponía a asomarse por la puerta, cuando, de pronto, se le ocurrió algo y se detuvo.

—Fizban, ¿sería posible decirle a esa luz tuya que se sitúe detrás nuestro? Al menos hasta que comprobemos si hay alguien. De lo contrario, voy a convertirme en un blanco perfecto, y no estamos lejos de las habitaciones de Verminaard.

—Me temo que no. No le gusta quedarse sola en lugares oscuros.

Tasslehoff asintió —esperaba esa respuesta. Bueno, era inútil preocuparse. Como su madre solía decir, si la leche se derrama, el gato se la beberá. Afortunadamente, el estrecho corredor por el que se arrastraba parecía vacío. La seta revoloteaba cerca de sus hombros. Después de ayudar a Fizban a entrar, exploró los alrededores. Se hallaban en un pequeño pasadizo que acababa bruscamente, a menos de cuarenta pies de distancia, en un tramo de escaleras que bajaban desapareciendo en la oscuridad. Había otra salida, un par de puertas dobles de bronce en la pared este.

—Ahora estamos sobre la habitación del trono –musitó Tas.

—Estas escaleras probablemente conduzcan a ella. ¡Supongo que debe haber un millón de draconianos vigilándolas! Así qué, las descartaremos. Acercó la oreja a la puerta.

—No se oye nada. Echemos un vistazo. —Con un suave empujón las puertas se abrieron con facilidad. Haciendo un alto para escuchar, Tas entró con cautela, seguido de cerca por Fizban y por la llama luminosa.

—Una especie de galería de arte —dijo observando una gigantesca habitación llena de cuadros cubiertos de polvo y mugre. A través de unos altos ventanales, Tas entrevió las estrellas y las cimas de unas grandes montañas. Aquello le dio una idea de dónde se encontraban.

—Si mis cálculos son correctos, la sala del trono está al oeste, y el cubil del dragón aún más al oeste. Al menos, hacia allí se dirigió Verminaard esta tarde. Tiene que haber alguna forma para que el dragón pueda salir volando del edificio, quiero decir que el cubil debe tener una salida a cielo abierto, alguna clase de conducto, o tal vez otra grieta por la que podamos observar qué es lo que está sucediendo.

Tas estaba tan absorto en sus planes que no prestaba ninguna atención a Fizban. El viejo mago se movía decididamente por la habitación, examinando atentamente cada cuadro, como si se hallase buscando uno en particular.

—¡Ah! Aquí está —murmuró Fizban y, volviéndose, susurró:

—¡Tasslehoff! .

Cuando el kender alzó la cabeza vio que el cuadro comenzaba a brillar con una suave luz.

—¡Mira esto! —dijo maravillado.

—Es un cuadro de dragones... dragones rojos como Ember... atacando Pax Tharkas y...

El kender guardó silencio. ¡Unos hombres, unos Caballeros de Solamnia, montados sobre otros dragones, peleaban contra ellos! Los dragones que montaban los caballeros eran dragones bellísimos —dragones de oro y plata— y los hombres, llevaban brillantes armas que relucían resplandecientes. ¡De pronto Tasslehoff comprendió! En el mundo había dragones buenos —si se lograba encontrarlos—, que ayudarían a combatir a los dragones malos, y también había

—¡La lanza Dragonlance! —murmuró.

El viejo mago asintió para sí.

—Sí, pequeño. Lo has comprendido. Sabes la respuesta y la recordarás, pero no ahora. Ahora no. —Acarició la cabeza del kender, desordenándole el cabello.

—Dragones... ¿Qué estaba diciendo? —Tas no podía recordarlo. Además, ¿qué estaba haciendo ahí parado, contemplando un cuadro tan recubierto de polvo que ni siquiera podía saber qué era? El kender sacudió la cabeza. Fizban debía estar influenciándole.

—¡Ah, sí! El cubil del dragón. Si mis cálculos son correctos, está por ahí.

El viejo mago, arrastrando los pies, continuó caminando.

El trayecto de los compañeros a las minas estuvo exento de acontecimientos notables. Sólo vieron unos pocos guardias draconianos medio dormidos de aburrimiento, que no prestaron ninguna atención a las «mujeres» que atravesaban el patio. Pasaron ante la incandescente forja, continuamente alimentada por un hervidero de agotados enanos gully.

Apretando el paso para perder de vista aquella triste imagen, los compañeros entraron en las minas donde los draconianos, de noche, encerraban a los hombres en inmensas cavernas para luego regresar y seguir vigilando a los enanos gully. Según Verminaard, montar guardia para custodiar a los hombres era una pérdida de tiempo, pues estaba convencido de que los humanos ni siquiera pensaban huir.

Y, la verdad es que, durante un rato, Tanis creyó que aquello podía ser dramáticamente cierto. Los hombres no pensaban huir a ninguna parte. Cuando Goldmoon les habló, la miraron sin convencimiento. Después de todo, era una mujer bárbara, su acento era raro y su forma de vestir más rara todavía. La historia que ella les contó sobre un dragón incinerado por una llamarada azul a la que ella sobrevivió, les pareció un cuento infantil. Además, las únicas pruebas que Goldmoon tenía de lo que les estaba explicando, eran aquellos relucientes discos de platino.

Hederick, el Teócrata de Solace, que se hallaba entre los prisioneros, intervino para hablar en contra de Goldmoon a quien tachó de bruja, charlatana y blasfema. Les relató lo sucedido en la posada, mostrando como prueba su chamuscada mano. Pero los hombres no le prestaron mucha atención, ya que, después de todo, los dioses Buscadores no habían protegido a Solace de los dragones.

En realidad la perspectiva de escapar interesaba a muchos de ellos. Casi todos tenían alguna marca o señal de los malos tratos que allí recibían: cortes, rasguños, magulladuras... La comida era mala y muy escasa, se les obligaba vivir en míseras condiciones y todos sabían que cuando el hierro de las minas se agotase, sus vidas no valdrían nada para Verminaard. No obstante, los Buscadores —que ejercían el gobierno incluso en prisión— se opusieron a un plan que consideraban temerario.

Comenzaron las discusiones. El volumen de las voces subía. Tanis ordenó a Caramon, Flint, Eben, Sturm y Gilthanas que vigilasen las diferentes puertas, temiendo que al oír la algarada los guardias regresasen. El semielfo no había previsto una cosa así: ¡aquella discusión podía durar semanas! Goldmoon, con aspecto abatido, se había sentado; parecía estar a punto de echarse a llorar. Estaba tan imbuida de sus nuevas creencias, y deseaba tanto ofrecer sus conocimientos al mundo, que cuando éstas fueron puestas en duda se hundió en la desesperación.

—¡Estos humanos están locos! —dijo Laurana en voz baja situándose al lado de Tanis.

—No —replicó Tanis suspirando.

—Si estuviesen locos sería más fácil. No les prometemos nada tangible y les pedimos que arriesguen lo único que les queda... sus vidas. ¿Y, con qué fin? ¿Para huir hacia las colinas batallando durante todo el trayecto? Al menos aquí, por el momento, están vivos.

—¿Pero qué valor puede tener una vida en estas condiciones?

1 ... 100 101 102 103 104 105 106 107 108 ... 118
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)