El Juego Del Ángel
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– ¿Y usted qué cree?
– ¿La verdad? La verdad es que me gustaría creer que Pedro Vidal está en lo cierto, que ha perdido usted la razón.
No le dije que, en aquel mismo momento, yo también empezaba a creerlo. Miré a Grandes y advertí que había algo en su expresión que no cuadraba.
– Hay algo que no me ha contado -apunté.
– Yo diría que le he contado más que suficiente -replicó.
– ¿Qué es lo que no me ha dicho?
Grandes me observó atentamente y luego dejó escapar una risa soterrada.
– Esta mañana, cuando me ha contado usted que la noche en que murió el señor Sempere alguien acudió a la librería y se los oyó discutir, sospechaba que esa persona quería adquirir un libro, un libro suyo, y que al negarse Sempere a vendérselo hubo una pelea y el librero sufrió un ataque al corazón. Según usted era una pieza casi única, de la que apenas hay ejemplares. ¿Cómo se llamaba el libro?
– Los Pasos del Cielo.
– Exacto. Ese es el libro que, según usted sospechaba, fue robado la noche que murió Sempere.
Asentí. El inspector tomó un cigarrillo y lo encendió. Saboreó un par de caladas y lo apagó.
– Éste es mi dilema, Martín. Por un lado creo que me ha colocado usted un montón de patrañas que bien se ha inventado tomándome por imbécil o, lo que no sé si es peor, ha empezado usted mismo a creerse de tanto repetirlas. Todo apunta a usted y lo más fácil para mí es lavarme las manos y dejarle en manos de Marcos y Gástelo.
– Pero…
– … pero, y es un pero minúsculo, insignificante, un pero que mis colegas no tendrían problema alguno en dejar de lado, pero que a mí me molesta como si fuera una mota de polvo en el ojo y me hace dudar de si, tal vez, y esto que voy a decir contradice todo lo que he aprendido en veinte años en este oficio, lo que me ha contado usted no sea la verdad pero tampoco sea falso.
– Sólo puedo decirle que le he contado lo que recuerdo, inspector. Me podrá creer o no. Lo cierto es que ni yo mismo me creo a veces. Pero es lo que recuerdo.
Grandes se incorporó y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa.
– Esta tarde, cuando hablaba con María Antonia Sanahuja, o Irene Sabino, en la habitación de su pensión, le he preguntado si sabía quién era usted. Ha dicho que no. Le he explicado que vivía usted en la casa de la torre donde ella y Marlasca habían pasado varios meses. Le he preguntado de nuevo si le recordaba a usted. Me ha dicho que no. Algo después le he dicho que usted había visitado el panteón de la familia Marlasca y que había asegurado verla allí. Por tercera vez esa mujer ha negado haberle visto jamás. Y yo la he creído. La he creído hasta que, cuando me iba, ella ha dicho que tenía algo de frío y ha abierto el armario para coger un mantón de lana que echarse a los hombros. He visto entonces que había un libro encima de una mesa. Me ha llamado la atención porque era el único libro que había en la habitación. Aprovechando que me había dado la espalda, lo he abierto y he leído una inscripción escrita a mano en la primera página.
– ”Para el Señor Sempere, el mejor amigo que podría desear un libro, por abrirme las puertas del mundo y enseñarme a cruzarlas” -cité de memoria.
– ”Firmado, David Martín” -completó Grandes. El inspector se detuvo frente a la ventana, dándome la espalda.
– En media hora vendrán a por usted y me relevarán del caso -dijo-. Pasará usted a la custodia del sargento Marcos. Y yo ya no podré hacer nada. ¿Tiene algo más que decirme que me permita salvarle el cuello?
– No.
– Entonces coja ese ridículo revólver que lleva escondido en su abrigo desde hace horas y, con cuidado de no dispararse en el pie, amenáceme con volarme la cabeza si no le entrego la llave que abre esa puerta.
Miré hacia la puerta.
– A cambio sólo le pido que me diga dónde está Cristina Sagnier, si es que sigue viva.
Bajé la mirada incapaz de encontrar mi propia voz.
– ¿La mató usted?
Dejé pasar un largo silencio.
– No lo sé.
Grandes se acercó a mí y me tendió la llave de la puerta.
– Largúese de aquí, Martín.
Dudé un instante antes de aceptarla.
– No use la escalera principal. Saliendo por el pasillo, al final, a mano izquierda, hay una puerta azul que sólo se abre de este lado y que da a la escalera de incendios. La salida da al callejón de atrás.
– ¿Cómo puedo agradecérselo?
– Puede empezar por no perder el tiempo. Tiene unos treinta minutos antes de que todo el departamento empiece a pisarle los talones. No los malgaste -dijo el inspector.
Tomé la llave y me dirigí hacia la puerta. Antes de salir me volví un instante. Grandes se había sentado sobre la mesa y me observaba sin expresión alguna.
– Ese broche del ángel -dijo, señalándose la solapa.
– ¿Sí?
– Se lo he visto a usted en la solapa desde que le conozco -dijo.
Las calles del Raval eran túneles de sombra punteados de faroles parpadeantes que apenas conseguían arañar la negrura. Me llevó algo más de los treinta minutos que me había concedido el inspector Grandes descubrir que había dos lavanderías en la calle Cadena. La primera, apenas una cueva al fondo de unas escaleras relucientes por el vapor, sólo empleaba niños con las manos violáceas de tinte y los ojos amarillentos. La segunda, un emporio de mugre y peste a lejía del que costaba creer que pudiera salir nada limpio, estaba al mando de una mujerona que a la vista de unas monedas no perdió tiempo en admitir que María Antonia Sanahuja trabajaba allí seis tardes a la semana.
– ¿Qué ha hecho ahora? -preguntó la matrona.
– Ha heredado. Dígame dónde puedo encontrarla y a lo mejor le cae algo.
La matrona rió, pero los ojos le brillaron de codicia.
– Que yo sepa vive en la pensión Santa Lucía, en la calle Marqués de Barbera. ¿Cuánto ha heredado?
Dejé caer unas monedas sobre el mostrador y salí de aquel pozo inmundo sin molestarme en responder.
La pensión donde vivía Irene Sabino languidecía en un sombrío edificio que parecía tejido con huesos desenterrados y lápidas robadas. Las placas de los buzones en la portería estaban cubiertas de óxido. En los dos primeros pisos no figuraba nombre alguno. El tercer piso albergaba un taller de costura y confección con el rimbombante nombre de La Textil Mediterránea. El cuarto y último lo ocupaba la pensión Santa Lucía. Una escalera por la que apenas cabía una persona ascendía en penumbra, el aliento de las alcantarillas filtrándose por los muros y comiéndose la pintura de las paredes como ácido. Subí cuatro pisos hasta ganar un rellano inclinado que daba a una sola puerta. Llamé con el puño y al rato me abrió un hombre alto y delgado como una pesadilla de El Greco.
– Busco a María Antonia Sanahuj a -dije.
– ¿Es usted el médico? -preguntó.
Le empujé a un lado y entré. El piso no era más que un amasijo de habitaciones angostas y oscuras arracimadas a ambos lados de un pasillo que moría en un ventanal frente a un tragaluz. La fetidez que ascendía de las tuberías impregnaba la atmósfera. El hombre que me había abierto la puerta se había quedado en el umbral, mirándome desconcertado. Asumí que se trataba de un huésped.
– ¿Cuál es su habitación? -pregunté. Me miró en silencio, impenetrable. Extraje el revólver y se lo mostré. El hombre, sin perder la serenidad, señaló la última puerta del corredor junto al respiradero del tragaluz. Me dirigí allí y cuando descubrí que la puerta estaba cerrada empecé a forcejear con la cerradura. El resto de huéspedes se había asomado al corredor, un coro de almas olvidadas que no parecían haber rozado la luz del sol en años. Recordé mis días de miseria en la pensión de doña Carmen y se me ocurrió que mi antiguo domicilio parecía el nuevo hotel Ritz comparado con aquel miserable purgatorio, uno de tantos en la colmena del Raval.